Realmente la actividad se inicio la noche del Sábado, con desgana y por petición familiar.
Tenía varias recetas para elaborar el mismo bizcocho de chocolate, ahora bien, la única coincidencia entre ellas era el empleo de cuatro huevos. Por no ponerse de acuerdo no lo hacían ni en el uso de levadura ni en el momento del desmolde.
Intentando vencer la confusión organicé los ingredientes -descubriendo que las jarras medidoras pueden valer para líquidos pero para sólidos son un asco y no sustituyen a una báscula- y me puse a la labor con una idea en la cabeza que cambié inmediatamente antes de empezar a trabajar con ellos: En vez de usar cacao en polvo para el chocolate, derretí chocolate de cobertura en un cazo y mantequilla en otro (ésta en el microondas). Separé con cuidado las yemas de las claras y batí las yemas con la mitad del azúcar. Aquello empezó a espesar de forma importante, aunque, como ya había hecho algún pinito previo, no le di importancia. Al tiempo que estuvo batido, la mantequilla y el chocolate se habían enfriado, así que los añadí y seguí batiendo “hasta obtener una masa homogénea y ligera” decía la receta con la que en ese momento me guiaba.
No discuto que la masa fuera homogénea: lo era. ¡Pero ligera...! No sé que concepto tiene el autor (autora en este caso) de ligera. Sólo os indico que tuve que sustituir las varillas por un tenedor ante el peligro más que real de romperlas.
El volumen empezaba a disminuir aunque todavía no me preocupé. La preocupación vino en el siguiente paso: “añadimos la harina (con la levadura ya que finalmente opté por la calle del medio, seguí las instrucciones del sobre de levadura en parte, ya que en vez de emplear medio sobre usé sólo una cucharilla de café) tamizada y batimos bien”. En ese momento y a medida que fui usando la harina pensé que el verbo sería amasar y que podría hacer un pan con aquello, aunque a medida que lo trabajaba más que un pan pensé que con suerte me daba masa para un par de flaneras individuales...
Llegado ese momento, el cabreo después de todo un día de trabajo agotador empezaba a manifestarse. Lo cual tuvo su lado positivo porque levantar las claras a punto de nieve -con ayuda de un chorro de limón- no me llevó mucho trabajo -deduzco que unos quince minutos- y después de dejarlas reposar un poco, para comprobar que no quedaba clara sin subir, les fui añadiendo poco a poco el resto del azúcar. ¡Por lo menos haré merengue!, pensé, pero como estaba ya enfangado hasta los codos me decidí a mezclar, poco a poco y con ayuda de una espátula, las claras con las yemas. Después del primer par de claras decidí que aquella masa seguía muy dura, por lo que ni corto ni perezoso le añadí un chorreón de brandy para alegrar el asunto. A medida que iba mezclando la clara montada, poco a poco se fue deshaciendo el engrudo y cogiendo volumen, con un resultado final similar al de las claras montadas. ¡Que alegría! ¡Iba a poder estrenar el molde!
Siguiente paso: verter la masa en el molde, previamente impregnado con mantequilla y harina por encima, con ayuda de la espátula -gran invento- y hornear. El horno estaba ya más que precalentado puesto que fue lo que primero encendí. Según la receta -y dependiendo del horno- había que tenerlo veinticinco minutos antes de abrir y comprobar como estaba y luego otros veinticinco. A los veinte el olor desprendido empezaba a resultar muy agradable, así que lo abrí a los veinticinco exactos, comprobando, para mi sorpresa, que estaba en su punto.
Éste es el resultado:
Lo saqué. Lo puse en algo parecido a una rejilla que tenía por casa - restos de algún microondas, imagino- y decidí que lo desmoldaba en frío. Me fuí a dormir, que ya era hora.El Domingo por la mañana lo desmoldé; sin problemas la cintura, pero la base... Realmente tampoco fue costoso, tuve que usar la punta de un cuchillo por la periferia, con cuidado, y se desprendió bastante bien, muy similar a quitar la chapa a una botella.
Metido en el berenjenal, animado después de dormir bien y despierto tras el café de rigor, decidí que se le podía dar mas gracia al tema. Así que lo partí por la mitad - que como veréis tenía una pinta fabulosa que hizo que me arrepintiera de mi atrevimiento, encima de que sale ¡hala! ¡a fastidiarlo!-
A lo hecho pecho, por lo que preparé un almíbar con azúcar agua y brandy -para animar ya sabéis- y empapé una mitad con la amalgama. No conforme con esto, cogí un bote de mermelada de albaricoque y pasé la mitad por la batidora para que quedara más fina -se me fue la mano en la cantidad, lo reconozco, pero uno es de ideas fijas: burro grande ande o no ande-. Quedó así:

Claro que según estaba incorporando la mermelada me di cuenta de que el bizcocho empezaba a estar muuuuuuy blando. Estaba añadiendo los potingues a la mitad superior del bizcocho.
¿Quedará más resistente si utilizo la inferior como base? Ya os diré la próxima vez. Ahora lo único que podía hacer era taparlo con la base como si fuera un bocadillo y ahí tenéis:

A todo este montaje, en peligro de derrumbamiento inminente según me iba pareciendo, había que darle consistencia, por lo que derretí mantequilla, le añadí un bote de nata líquida que tenía olvidado en la nevera y chocolate de cobertura hasta que se deshizo, y luego, encima de un plato recubrí el bocadillo. La espátula también me fue de mucha utilidad en este caso. Quedó así:
Lo más difícil fue pasar el invento a un plato. Utilice dos paletillas para sujetar el bizcocho chocolateado y colocarlo en el plato. Una vez en él, la primera salió muy bien, pero la segunda no. Momentos de pánico, casi grito socorro ¡Se me iba a romper al final! ¡No podía creerlo! Por desgracia, estoy acostumbrado a este tipo de momentos, por lo que recuperé la serenidad y con delicadeza no exenta de contundencia, conseguí sacar la paletilla sin apenas desplazar la base y lo más importante sin romperla.Relajado le hice sitio y la dejé enfriando en la nevera para que se endureciera. Así quedó después de la primera atacada.
Seguiré informando.
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