26 abril 2006

Archivos rescatados

Los archivos rescatados son obras y retales que hace mucho tiempo me causaron el impacto suficiente como para guardarlos. En todos los casos desconozco su autor, si es que alguna vez se supo quién fue. Sí puedo asegurar, en cambio, que estos dos son antiguos, muy antiguos. Posiblemente estaban recogidos en un libro que creo era la recopilación del primer periódico que tuvo Madrid, llamado algo así como "el cajón de sastre" porque lo mismo encontrabas una receta de cocina o la forma de sacar una mancha, que una historia, un poema o una noticia.

Audi precor, bella Nise

Audi precor, bella Nise
Un chiste valde gracioso
Que velociter te cuento
Meliori modo quo possum
Saliste que ayer tarde,
Spontaneus quidan homo
Se fue per non repugnatiam
At mercado motu propio
Hallo una frutera tandem
Que al extrinseco su rostro
Le parecio a prima facie
Que era bonus, bona, bonum
Hallase inclinado ad intra
Y alla in interiore foro
Incipit per intellectum
Hacer estos soliloquios
Que vere et realitereces
Hemosa niña, es notorio,
Neque indignus prolatious
Neque orum, neque totum
Si per concubitum quieres
Darteme al dulce consorcio
A media carta faciamus
Legitimum matrimonium
No has de apartarte de facto
Disjunative a qualquier otro
Estas palabras prostemo
Dixitore et sudora orta
Y ya la frutera tandem
Se iba enfadando, y poco
Con fructibus le arroja
Pesos, balanzas, et totum
Cuando de improviso llega
El marido muy furioso
Suadante Diabolo embiste
Velociter como un toro
Ecceque coje una piedra
Ecceque echa a huir el otro
Trataban de volo pacem
Pues no quería alboroto
Y querían condiciones
Ajustar este negocio
Cuando llega de repente
Quedam legión de demonios
De corchetes y alguaciles
Fustibus et armis totum
Ponem al hombre en concierto
Y al marido muy furioso
Inter parientes privatos
Le entran en un calabozo
Sacanle a azotar pasive
In asnum por totum locum
Comitiva de alguaciles
Sribas et Phariseum
Ibi delante el pregon
Omnus genus musicorum
Cantándole sus hazañas
Con un instrumento ronco
I una tropa de muchachos
Et turba multo un populo
Seguentes usque ad funem
Quedam testimonio ad totum
Y el verdugo por detrás
Le iba sacudiendo el polvo
Et permodum de refresco
Le da suela por bizcoxho
Estoba y de nuevo pro nume
De alioyo no se otro
Vale Deus, pues yo acabo
Con finis coronat opus.

Oye , Bernarda rústica,

Oye, Bernarda rústica,
Esta canción zumbática
Que de tu cara lóbrega
Hace mi musa cándida.
Es tu cuello fúnebre,
Cierta mansión selvática
Donde el piojo eremita
Hace vida monástica.
Tienes la frente tísica
Llena de arrugas áridas,
Más cría pecas fértiles
A manera de zádivas.
Tienes los ojos sótanos,
Con dos niñas ceáticas
Porque como eran píldoras
Se han convertido en cámaras.
Con tu nariz levítica
Vete a vender camándulas
Ella empezó en América
Y se acabó en África.
En tu boca magnífica,
Son los labios de jáquima
Tienes un diente en Écija
Y los demás en Málaga
En tu cuello pestífero,
Son de carbón las gárgaras
Y hasta la nuez ridícula
Tiene de nuez la cáscara.
De tu esfera el círculo
Es esfera zábiga
Cuyos ángulos cóncavos
No penetró Pitágoras.
Tienes los dedos dátiles
En esas manos sátrapas
Más con los pies geométricos
No puedes hacer váciga.
Hablas como frenética,
Untaste como mágica,
Vivirás como mísera,
Morirás como bárbara.
Guárdate de los pícaros
Que han de ponerte mácula
Y aunque ahora seas dómina
Has de parar en fámula.
Esta es tu copia física
Que hize con una espátula
Y este el retrato métrico
De tu beldad mecánica.

12 abril 2006

La cofradía (III)

Frío
Tenía frío. Cómo cuando entró en casa. La sábana no le abrigaba suficiente.
¿No había cogido una colcha? –
Todavía sentía la repugnancia de los insectos en sus zapatos, el ruido de la puerta al cerrarse. Aún le dolía el tropezón con el minibar, un globo terráqueo que tiene representado el mundo conocido durante el Renacimiento. Recordaba haber subido a la galería y haberse detenido delante del cuadro con su árbol genealógico; protegido por un cristal, el pergamino marrón, viejo y arrugado, mostraba en tinta descolorida generación tras generación de hombres y mujeres que habían existido antes que él.
La de primos que tengo, ¿qué será de ellos? –
Recordaba el olor a naftalina del armario, la mirada que el obispo le dirigía mientras bajaba las escaleras. El obispo con su mitra presidiendo el recibidor, dando su bendición al que entra en la casa con una mano y sujetando el báculo terminado en una cruz con la otra. La misma cruz que la dibujada en la mitra, rojo sangre, destacando como una señal. Su mirada, ceñuda, como si no merecieras la bendición pobre pecador. Su porte altivo y señorial de aquél que está acostumbrado a que se le obedezca.
Recordaba el escalofrío que le recorrió por la espalda y que le obligó a sujetarse con fuerza al pasamanos.
¡El obispo me está mirando! –
No, no era la mirada de siempre; te pusieras donde te pusieras su mirada te perseguía. No, no era eso, había vuelto la mirada hacia él un instante, como si le recriminara algo. Con la carne de gallina, se obligó a mirarle con atención. Todo estaba como siempre, su mirada general abarcando el universo.
Estoy cansado; una buena siesta será suficiente. –
Atravesó el recibidor en dirección a su cuarto; una habitación pequeña anexa a la biblioteca. De hecho, era la prolongación de la misma; en sus estanterías se empezaban a apilar los libros que ya no cabían en la principal y daban un olor particular a la estancia. Recordaba haber comprobado la mosquitera y haber cerrado parcialmente los postigos para que entrara menos claridad. Recordaba haberse tapado con la sábana y la colcha.
Tenía frío. La sábana no abrigaba nada y fuera hacía calor, el coche era como una olla en el infierno.
¿Y la colcha? ¡Uf, qué dolor! No pensé que el golpe fuera tan fuerte. Y además los del taller dejan los martillazos y empiezan con las sirenas ¡qué horror! Será mejor ir a tomar algo que estar aquí. ¿Dónde he puesto las zapatillas? –
Vacío.
Por un momento, parece flotar sobre un océano de negrura. Nada le rodea. Tampoco por debajo. Una sensación de vértigo se apodera de él. Un nudo en la boca del estómago le grita que está cayendo. La angustia desaparece cuando se ve rodeado por una bruma pálida, liviana, agradable, diríase que templada y reconfortante.
Un rostro a su lado.
¡El viajero! ¿Qué haces aquí? ¿No has tenido suficiente? ¡Lo dejé todo! ¿Qué mas quieres? ¿Qué tenga cuidado? ¿Y vienes sólo a decírmelo? ¿Desde cuándo te preocupas por los demás? ¡Qué estoy en peligro! ¡Vaya novedad! Sólo así puedo ser útil.
¿Qué? ¡No puede ser!
Tienes razón, la verdad es que no me encuentro bien. Me voy a casa. Has tenido suerte de que siempre esté preparado. ¡Cuídate tu también!
Le estrecha la mano, sujetándole el codo con la mano izquierda, al tiempo que le desliza una caja de cerillas de manera imperceptible. Al salir tropieza con alguien. Abre la puerta.
Nada. Sólo vacío y un eco lejano que se desvanece en la lejanía:
¡Cuídate... cuídate... cuidado! –



¡Date prisa, lo vamos a perder! –
¡Qué aguante que ya llegamos! –
La ambulancia volaba por la autovía como una feria de luz y sonido. El hospital comarcal se recortaba, próximo, en el horizonte. Un coche de la guardia civil le abría paso apartando la escasa circulación.



¡Varón de cuarenta y cinco años, crisis convulsiva, edema de pulmón, Glasgow 8, posible fractura del cuarto y quinto metacarpiano izquierdo! ¡Le hemos perfundido, respiración asistida, furosemida y diazepam hasta efecto! –
¡Os esperábamos! ¡Al box ocho! ¡Enfermera! ¡Aquí! –
La camilla avanzaba como una exhalación guiada por los camilleros, abriendo las puertas abatibles con un golpe seco, mientras que el médico y la enfermera se apresuraban detrás.
¡Joder! ¡Si es Cosme! –
¿Quién, el "visita"? ¡Coño, es verdad! ¡Usted échenos una mano! – Le espetó el médico a un auxiliar.
A la de tres. ¡Una! ¡Dos! ¡Treees! – Con la perfección técnica de las cosas repetidas una y otra vez, los cinco tiraron de la sábana y pasaron el cuerpo a la cama, no sin esfuerzo.
¡Cuidado con la bolsa! ¡Necesito para ya un perfil completo! –Le ausculta. – ¡200 mg de furosemida! ¡Ese oxígeno! ¿Qué pasa? ¡Abra la válvula! ¡Y póngale 1 ml de atropina! ¡En cuanto se estabilice le lavan!
¿Qué ha pasado? – Hablaba mientras le tomaba la tensión después de haber comprobado los reflejos pupilares.
Le encontraron en la calle como muerto en medio de un charco de vómitos y excrementos. La única señal de vida era el temblor de las manos. Por fortuna, llamaron a la guardia civil que le trasladó rápidamente a la casa de socorro, donde el médico le ha cogido la vía, sondado y puesto el tratamiento. Aquí tiene el informe. – Le entregó un papel arrugado que sacó de su bolsillo. – Calculo que habrán pasado alrededor de noventa minutos. –
Correcto. Nos ha llamado y estabamos prevenidos. Ahora nos toca a nosotros. ¡Buen trabajo!


Wish you were here
No sabría decir cuanto tiempo pasó. Quizás una eternidad. Quizás un instante. Se sorprendió besándola cariñosamente al tiempo que le acariciaba la cabeza. Ella no decía nada; los lloros habían cesado, su respiración ya no era agitada, parecía más tranquila. Una maraña de pelos rubios le ocultaban la cara, los apartó con la mano y le besó la mejilla húmeda, notando el sabor salado de sus lágrimas.
¡Bueno, ya! ¡Ya me siento mejor, gracias! – Separó su cara y le devolvió el beso. La pintura se había corrido dejando su marca, como arroyuelos, indicando el camino del llanto. Reaccionó como si le hubiera leído el pensamiento.
Debo estar hecha un cromo, ¿no? Te he manchado. – Le limpió con el pulgar los restos que tenía en el pómulo, al tiempo que se esforzaba por sonreír. Miguel cogió su mano y se la besó.
No importa. Y sí, pareces una acuarela. –
Voy al baño. – Se levantó y con un gesto mecánico estiró la falda.
¡Espera! Toma una toalla limpia. – Miguel abrió el armario y de un cajón sacó la toalla perfectamente doblada.
Gracias. –


Mientras desaparecía por la puerta, Miguel permaneció quieto, intentando memorizar todas las sensaciones del momento, intentando que no se desvanecieran, que permanecieran en sus sentidos el mayor tiempo posible; al rato, respiró profundamente y se dirigió al salón donde empezó a organizar el caos de platos, botellas y vasos que se esparcían por doquier; las botellas las fue colocando en una mesa auxiliar que poco a poco se iba saturando, los restos de aperitivos los iba concentrado en un par de platos sobre la mesa principal mientras construía una pequeña torre con los platos sucios de manera que rápidamente despejó el paso y podía moverse sin peligro de pisar nada, cogió los platos de loza para llevarlos a la cocina, allí los dejó en la encimera, del armarito extrajo unas bolsas de basura y volvió al salón; su experiencia en fiestas clandestinas le había enseñado que en los saraos era mejor usar vasos y platos desechables para ahorrarse tener que limpiarlos luego, su limpieza consistía en abrir la boca de la bolsa y adentro, cuando estuviera llena, un nudo y listo, así prácticamente sólo hay que barrer, fregar y dejar las cosas en su sitio como si no hubiera pasado nada; eso sí, sin olvidar ventilar bien, que aunque el hogar de uno sea de fumadores el olor de las fiestas es diferente y resalta en los olfatos sensibles, ¡qué se lo dijeran a su madre!, tal vez por eso abrió el balcón de manera automática al tiempo que Ruby Tuesday dejaba paso a Brown Sugar; la bolsa con las botellas estaba a punto de reventar, tendría que poner otra de refuerzo o dividir el contenido entre las dos; cuando llegó a la cocina Juliana estaba terminando de aclarar los platos en uno de los dos senos del fregadero, el otro estaba lleno de espuma.
No tenías que haberte molestado. –
Lo sé. ¿Dónde los pongo? –
Tienes el escurridor encima. – Juliana abrió la puerta y empezó a colocar los platos. Miguel dejó las bolsas en un rincón, echo mano a la escoba y al recogedor para regresar al salón donde, con soltura, empezó a agrupar las migas y restos que había por el suelo para después pasarlos al recogedor.
Se te da muy bien. – Parecía como si llevara un rato observándole en silencio.
La práctica hace maestros. Ya está.– Miguel vació el recogedor en la basura, dejo las herramientas en la cocina y volvió al salón donde estaba Juliana mirando por el balcón, ligeramente recostada sobre la barandilla, rascándose con un pie la pantorrilla contraria, la falda blanca resaltando sus curvas mientras un airecillo insolente le revolvía el pelo y se escurría por los huecos de su blusa, a modo de dedos invisibles que pugnaran por arrebatársela, sintió una repentina presión en su entrepierna que no pudo solucionar, Juliana se había dado la vuelta y le miraba más bella que nunca, con la cara lavada, con su mirar azul eléctrico, con su pelo rubio que la envolvía en un aura radiante, como la reina de las hadas del bosque encantado surgiendo ante Tancredo, y él, pobre mortal, arrobado ante su visión tal que estuviera en éxtasis, sin poder articular movimiento.
¿Quién es ése? – Juliana rompió el hechizo al tiempo que señalaba el cuadro del fraile. Era la pregunta inevitable; todo el que entraba por primera vez la formulaba y con razón. El cuadro, más propio de un museo que de un piso pequeño, ocupaba toda la pared opuesta a la balconada, protegido del entorno por un cristal, la parte superior estaba tan próxima al techo que debió ser extremadamente difícil colgarlo, la parte inferior apenas distaba dos palmos y medio del suelo; representaba, a tamaño natural, un fraile con su casulla atada con una cuerda, de rodillas, rezando el rosario, con la cabeza cubierta, su cara mirando al cielo, con un bigote y una barba fina y arreglada, iluminado por el conocimiento de Dios, un rayo de luz en medio de los cielos tempestuosos que le envolvía destacando la venera que colgaba de un costado, mientras a sus pies, dispersas, yacían calaveras humanas y un libro; se diría una obra del Greco sino fuera por la habitación en la que se encontraba.
Realmente no lo sé; la tradición familiar dice que es San Agustín, los expertos echan en falta la aureola de santidad en su coronilla y piensan que se trata de algún fraile importante o el prior de algún convento, pero nosotros siempre le hemos llamado el santo y con el santo se ha quedado. –
Es impresionante. Nunca me hablaste de él. –
No habría motivos, yo tampoco recuerdo que me hayas hablado de los cuadros de tu casa. –
Tienes razón, pero tampoco tengo nada parecido. ¿Organizamos esto? –
Vale, coge de ese lado. – Entrambos movieron la mesa hasta la pared, colocaron las sillas aprovechando el hueco que dejaba, pusieron la mesa auxiliar en el centro y los sillones en medio arco a su rededor de manera que se pudiera ver la televisión cómodamente, después Miguel situó el biombo de forma que la habitación tuviera dos ambientes y se convirtiera propiamente en un salón-comedor.
¡Que original, tiene relieves! ¿Qué son moros y cristianos? –
En efecto, esta hoja representa la toma de Jerusalén por los cruzados y la otra la caída de San Juan de Acre. –
Un poco "gore", ¿no? Todas esas cabezas por ahí rodando, esos combates cuerpo a cuerpo tan reales, tanta sangre... da escalofríos pensarlo. –
La verdad que sí, las guerras siempre son muy crueles y las tallas están muy logradas; el paso de los siglos no ha hecho que pierdan fuerza. ¿Sabes que fue tallado en el siglo XIV? Incluso puede que sea anterior. –
¿Ahora coleccionas antigüedades? –
No exactamente, es una herencia familiar que ha ido pasando de generación en generación. ¿Te apetecen unos panchitos o prefieres unas palomitas? Mis amigos han arrasado con todo lo demás.
¡Vaya fiestas que te montas, quién me lo iba a decir! ¡Tan modosito que parecías! –
Venga, no me tomes el pelo. Me conoces bien. Piensa que esto es un pueblo pequeño y no hay muchos sitios donde ir, así que, en los días de fiesta, nos reunimos en casa de alguien antes de dar una vuelta. Cuando salgamos, estoy seguro de que al principio te sorprenderá que las frases más habituales de saludo sean: ¿Vas p’arriba? ¿Vas p’abajo? Enseguida te darás cuenta que la calle, donde se concentran los garitos y la gente, está en cuesta y que es ahí donde se pasa el rato, subiéndola y bajándola. Como novedad es divertida, como rutina un asco. – Juliana sonrió deslumbrante.
Te veo totalmente integrado en la comunidad. –
Normal, desde pequeño viniendo... pero ya me lo dirás dentro de un rato. –
Estoy cansada, el viaje ha sido largo, el autobús parecía una carraca y ya es de noche, prefiero quedarme aquí... ¿Me concedes este baile? – Juliana se había acercado mientas ciudad solitaria dejaba paso con suavidad a otra melodía aterciopelada.
Por supuesto, pero ¿no tendría que ser yo el que preguntara? – "...Nights in white satin never reaching the end. Letters I've written never meaning to send..."
Por si acaso no la hacías. – Respondió con voz dulce mientras pasaba sus brazos por el cuello de Miguel, éste le sujetó el talle y comenzaron a bailar en el pequeño espacio libre del salón, durante un momento Juliana apoyó su cara en el pecho de Miguel para poco después levantarla, mirándole con picardía y apretándose más a él mientras se movía insinuante.
Observo que te has puesto muy contento de verme. – "...Beauty I'd always missed with these eyes before. Just what the truth is I can't say any more…"
No sabes cuanto deseaba que estuvieras aquí... – "...Cause I love you.Yes I love you. Oh how I love you..."

Galimatías
Tenía un mal día. No lograba dominar esa sensación molesta en la boca del estómago que a duras penas amortiguaba con el D’armañac. ¡Estaban tan cerca! Cómo si una mano invisible les estuviera facilitando el camino después de tantos años y de repente desapareciera.
Ya fue una extraordinaria casualidad dar con el león en un anticuario del Rastro de Madrid. Odiaba las aglomeraciones, pero aquél Domingo era el lugar más cercano que tenía para reponer el euroconector que había salido ardiendo la noche anterior y que necesitaba para la transmisión rutinaria. Hacía años que no pasaba por allí pero poco había cambiado, descontando la presencia de inmigrantes, la bulla y los chorizos eran los mismos de siempre. Compró el cable, casi le parte la muñeca al supuesto tonto que entre risas, descaradamente, le palpaba el bolsillo del pantalón mientras que el gancho, presunto padre de la criatura, se meaba encima cuando le sugería, al tiempo que le apretaba el cuello y se amorataba su cara, que podía darse por muerto sino se esfumaba. Es sorprendente como entre tanta gente nadie observó lo que ocurría, salvo los cuatro pillos merodeadores que desaparecieron como tragados por la tierra.
Decidió dar un paseo.
El anticuario estaba en un soportal pero la entrada la tenía por el patio interior de la casa. La casa era vetusta, con cierto aire de corrala, adornado el rectángulo arenoso central con macetas, y allí, en la puerta, el león mirándole desorbitado, con las fauces abiertas, sin lengua. No daba crédito a lo que veían sus ojos, después de tantos años allí estaba la pieza que faltaba en el rompecabezas.
Hubo una temporada en la que, donde y cuando los gobiernos no les eran favorables, tuvieron que ocultar sus tesoros. En estos lugares hostiles por donde tenían que transitar con frecuencia, tenían depósitos a modo de cajeros automáticos, con cantidades más que suficientes para ayudar a los miembros durante generaciones. Para localizarlos, tenían claves sutiles que estaban a la vista de todos pero que sólo los iniciados eran capaces de reconocer.
Ahora han pasado siglos y muchas de las señales se han borrado para siempre, otras aparecen como por encanto y te marcan el camino a seguir.
El león era importante; pertenecía a una pequeña abadía de la orden, en una encrucijada de caminos que ahora no es más que un pueblo abandonado, pero que, antiguamente, tenía una gran importancia estratégica ya que era lugar de parada obligada en la ruta del Sur. Según la tradición, indicaba el lugar donde se guardaba el legado de la orden en aquella zona.
Pero el león no estaba donde tenía que estar. Desapareció, sin que nadie lo echara en falta, siglos atrás. No fue hasta la quema de iglesias en Barcelona, cuando un freire rescató unos documentos históricos de la iglesia de Santa Ana, donde se indicaba que este emplazamiento tenía mucha importancia ya que encerraba un tesoro espiritual de valor incalculable. El gran maestre, emocionado, movió todos los hilos para excavar en la zona nada mas acabada la guerra civil, pero fue inútil, no había rastro del león ni de ningún tesoro, ni ninguna clave que ayudara a descubrirlo en caso de que siguiera existiendo; decepcionados por la falta de resultados se abandonó la investigación, ¡y ahora estaba allí!, delante suya, con su mirar pétreo, mudo en un rugido sin lengua.
Era antiguo, sin duda, y correspondía con la época. La misma piedra, el mismo estilo, la misma marca. No tenía dudas; era él. Preguntó el precio y lo compró, sin regatear, junto con unos cuantos cachivaches. – Para el jardín, mi mujer anda como loca buscando uno de estos. – Le dijo al vendedor mientras llamaba para que le fueran a recoger, tras rechazar el ofrecimiento de enviárselo a casa.
No tardaron en comenzar los preparativos para reiniciar las excavaciones y fue una razón mas, quizás la única, para trasladar la base de operaciones hasta la zona. Infiltraron a varios agentes, labor que les llevó tiempo pero que les ha permitido pasar desapercibidos en una comunidad pequeña, antes de empezar a tocar contactos al más alto nivel y obtener los permisos y bendiciones necesarios para la prospección, camuflada como trabajo de restauración del pueblo abandonado, financiada por una de sus empresas tapadera, con jóvenes voluntarios que no tienen ni idea de lo que realmente se pretende, con el suficiente unto para evitar que la comunidad autónoma o el estado intervenga si aparece algo importante... pero no aparece.
–¿Tendremos que realizar los cálculos de nuevo? – Esa idea le asaltaba cada vez con mas frecuencia a medida que pasaban las semanas y no obtenían resultados.
Hasta que recibió la llamada del anatómico forense.
Fue un accidente mortal. Uno de tantos. Choque en cadena, día de niebla, velocidad excesiva, un coche que enviste a otro por detrás y le envía barranco abajo. Nadie podría sobrevivir a esa caída. El conductor tampoco. Marco... no conseguía recordar los apellidos. ¿Los supo en algún momento?
Un hombre solitario en viaje de negocios.
Un hombre inexplicable.
Murió decapitado.
¿Y qué? – Recuerda haberle preguntado al forense que parecía histérico mientras le contaba la historia al otro lado de la línea.
¡Acaba de gritar Dios le wet! –

Alborada
Los primeros rayos de sol todavía no acariciaban los restos desgarrados de la tormenta que se abrían en el cielo permitiendo a las estrellas parpadear brillantes, cuando los mirlos iniciaron su canto.
El viajero apartó el pelo moreno para besar, con detenimiento, el cuello de la mujer que tenía a su lado.
– ¡Es muy pronto! – Dijo sin abrir los ojos. – ¡Sólo un ratito mas! ¡Venga! – Susurraba con voz mimosa a la vez que se apretujaba contra el viajero y la carne se le ponía de gallina mientras éste la seguía besando.
– Tengo que marchar. – Le suspiró el viajero al oído mientras con la palma de la mano apretaba su seno y con el pulgar y el índice acariciaba el pezón que, como un resorte, aumentó considerablemente de tamaño. Volvió su cara hacia él, sin despegarse.
– Te acompaño hasta el lago, pero antes... – Sus labios se fundieron en uno.
Clareaba cuando dejaron a un lado Aldeavieja. Precedido de la mujer, que hacía de guía, habían hecho el camino a través del bosque. Había sido un viaje rápido pese a ser en su mayor parte cuesta arriba y casi a oscuras.
El viajero no tardó nada en recoger sus cosas y empaquetarlas en la mochila. En la masía todo era calma y tranquilidad. El suave y rítmico ruido procedente de las tiendas no se vio alterado por el cantar de los pájaros ni por el embalaje del equipo. Partieron sin ser vistos acompañados por el olor a tierra mojada que empapaba todos los sentidos. Pese a la lluvia, el suelo había absorbido muy bien el agua y apenas quedaban charcos. Más molestos resultaban los goterones que, de vez en cuando, venían de los árboles, a veces como pequeñas duchas heladas.
Estaban atravesando un pinar muy antiguo, milenario quizás, salvado milagrosamente de incendios y de la acción humana que apenas se observaba mas que en unos pequeños cortafuegos, utilizados como pistas forestales, similares al que habían seguido inicialmente y que daban lugar a las distintas rutas turísticas del entorno.



Cuando abandonaron la pista forestal pareció que empezaran a caminar sobre una cama elástica construida sobre generaciones de agujas de pino que ocultaban inmediatamente sus pasos y les hacía andar casi a brincos.
Después de un rato, ella señaló algo. Allá, ladera abajo, estaba el esqueleto de Aldeavieja. Restos de muros de piedra, los menos de pie, los mas venidos al suelo delimitando lo que fue la calle Mayor y la pequeña plaza, que sólo conserva el pilón lleno de agua clara. Una pequeña caseta, de creación reciente, estaba en las proximidades de una construcción mucho mayor que el resto, alrededor de la cual se apiñan zanjas y maderos como si de una excavación arqueológica abandonada se tratara. Siguiendo el camino, casi equidistante de la caseta y un poco más arriba, entre dos prominencias del terreno, se veían sacos, palas y picos, una carretilla y piedras alrededor de un agujero rectangular próximo a un arroyuelo que se precipitaba entre las rocas.
Siguieron caminando a buen paso. En un momento determinado, ella se paró y, agachándose, cogió algo del suelo que probó para después ofrecerle al viajero que sonrió complacido. Eran fresas silvestres, pequeñas y tan rojas como sabrosas. Decidieron improvisar un pequeño desayuno y tras buscar por los alrededores consiguieron una cantidad suficiente como para satisfacer a los dos.
– Ha sido una pena que lloviera anoche. Están mucho mejor cuando se cogen el día anterior o posterior a la lluvia. –
– Aún así no están nada mal. No recordaba que fueras tan sibarita.
– En cambio, tu siempre estás en mis pensamientos. Te echo de menos.
– Yo también a ti.
– Lo pude comprobar anoche. No suponía que mantuvierais las viejas costumbres. ¿Cómo te las apañas para ganar siempre en el concurso?
– Jugaba con ventaja. Las demás estaban confiadas porque no ganaba desde entonces. No, no pongas esa cara. Es cierto. Además, no he olvidado lo hábil que eres con los dedos así que, aprovechando las guitarras, fue fácil hacerles creer que la idea de si sabías tocar o no partía de ellos. Por supuesto, no imaginaban que un tipo como tu supiera arrancar un acorde o un simple silbo. Yo elegí el sí, ella el no y el resto ya lo sabes. –
– ¿Y el otro?
– No se te escapa una. ¿Eh?. No, el otro no participó. No eras su tipo. Lo siento. – Dijo con una sonrisa cómplice. – Te has arriesgado al venir tan pronto. ¿Ya no podías estar mas tiempo sin verme? – De repente se puso seria. – No. No digas nada. Bromeaba. Mientras menos sepa mejor. Se que vas a ver al eremita y eso ya es mucho.
– Me descubrieron pero he conseguido despistarles, al menos de momento. Saben que estoy por la zona pero no sospechan que estoy delante de sus narices y en mi terreno. Debéis tener mucho cuidado porque la situación puede complicarse. –
– ¿Cómo? –
– Anoche hurgaron en mi mochila sin mucho éxito pero la culpable se llevó un bonito arañazo de recuerdo. –
– ¿Ella...?
– Creo que sí. Cuando iba a la tienda, me la encontré. Parecía que volvía de la letrina pero se tapaba una mano. –
– Tú y tus alfileres. ¿De dónde sacarías la idea? Ya me veo corriendo al hospital. –
– En unas cuarenta y ocho horas, según lo sensible que sea al germen. Una herida infectada que la fastidiará al menos una semana, pero que no debe dar mayores problemas. –
– No cambiarás. –
– Otra cosa, la fecha tope para que estalle el pastel será el veintidós de Abril.
– ¿Cómo lo sabes?
– Cosme me ha pasado la información. Veintidós cerillas en una carterita del bar Abril. Muy clásico el amigo. Tenía mala cara. En cambio, la que se conserva fenomenal es la cerillera. –
– Con sus achaques, ya la conoces. No me extraña la fecha. Desde que encontraron el león están trabajando día y noche en ello. Ya has visto que el aljibe apenas lleva retraso. Cuando lo terminen se darán cuenta de que están buscando en el sitio equivocado. –
– Peor será cuando descubran el sitio correcto y después de tanto esfuerzo y tiempo comprueben que han llegado con siglos de retraso. Espero que no sufráis las consecuencias –
– ¡Así sea! ¿Continuamos? –
– Termino éstas poquitas y seguimos. ¿Sabes de dónde vienen las fresas? –
– ¿De América? –
– Cuenta la leyenda que..., en cierta ocasión..., estaba un agricultor trabajando el pequeño huerto que tenía escondido en el bosque..., para evitar el saqueo al que era sometido constantemente por las huestes que contendían en la zona y asegurar de este modo la subsistencia de su familia..., cuando se encontró una bolsa llena de monedas de oro...
Terminé. ¿Seguimos? – Se pusieron de pie y el viajero se colocó la mochila. La mujer comenzó a andar seguida del viajero. –
– ¿Y qué pasó? –
– El hombre volvía a su casa tan feliz, pensando en lo que iba a hacer con aquella fortuna, que casi se da de bruces con una anciana que desesperada buscaba entre los matorrales la bolsa, los ahorros de su vida. –
– Cuidado con las ramas. – Dijo la mujer mientras apartaba con el brazo unas ramas que estorbaban la marcha. El viajero las sujetó, agachándose un poco y continuaron el camino. –
– El hombre se apiadó de la anciana y le devolvió la bolsa. La anciana, en agradecimiento, le dio otra bolsa igual, llena de semillas, diciéndole que la cosecha de esas semillas sería la prosperidad de él y de su familia y que traería la paz al territorio. Se despidieron y continuaron camino en sentido opuesto. Al momento se dio cuenta el hombre de que no podía recordar el aspecto de la vieja; se volvió y ya no había nadie. Todo le hubiera parecido un sueño sino fuera por la bolsa de cuero llena de semillas que tenía en su mano. El agricultor sembró las semillas y de ellas nacieron unos frutos rojos, las fresas. Al tiempo de su cosecha se firmó la paz entre los bandos contendientes y en las celebraciones de la misma se dio a conocer el nuevo fruto, que tuvo tanto éxito que fue la fortuna del agricultor y su familia durante generaciones. –
– ¡Qué bonito! ¡Qué fantástico! ¿Realmente crees que un pobre hombre iba a rechazar una fortuna para cultivar unas semillas? –
– Cosas más raras se han visto. Y una leyenda es una leyenda. ¿No? –
– Es verdad. Ya hemos llegado. – Sin darse cuenta, la pared de árboles se abrió dejando paso a un remanso de agua transparentemente verde, limitado por una pared no muy alta pero casi vertical de la que caía a plomo un torrente de agua. Peces plateados podían verse nadar con rapidez entre las piedras redondeadas del fondo mientras las ranas cesaban su croar en presencia de los desconocidos. Mas allá, el agua rebosaba formando un arroyuelo cantarín que se perdía entre bosque y rocas iluminadas por el Sol. –
– Sigue tan bonito. – El viajero parecía feliz mirando el paisaje; respiró profundamente. –¿Nos damos un baño? – Al volverse, descubrió a la mujer desnuda que se dirigía al agua sin vacilar.
– ¡Estás tardando! –