22 enero 2006

La cofradía


El viajero
La mochila descansa a sus pies. Es grande, gastada por el uso. No parece muy llena, lo imprescindible para un viaje largo. La cremallera rota, sustituida por imperdibles, deja entrever el interior oscuro. Parece una interrupción abrupta de los montones de servilletas acumulados en torno a la barra, entre los taburetes, entre la gente. Sin embargo, hay algo lineal en su posición. Se pensaría que ése era su sitio exacto, que en todo el recinto no había otro lugar para ella, si no fuera porque la dejó allí con un gesto desinteresado, involuntario, mientras saludaba al hombre de la barra. Otro tipo raro, también conocido del camarero, que se marchó enseguida.
Con un palillo pincha el aperitivo, parece patata frita con magro, lo saborea un tiempo antes de echar otro trago a la cerveza ya casi exhausta. La deja en el mostrador con cuidado de no golpearla. Se vuelve apoyando los brazos en el hueco de la barra. Mira a través de la cristalera.
El sol empieza a esconderse en esta pequeña ciudad de casitas blancas situada entre dos montes, no muy abruptos, poblados de pinos en la parte más alta y de olivos que verdean en sus lomas, mientras que la chicharra canta con voz metálica y repetitiva antes de dejar su puesto a los grillos.
Hace mucho calor, pero dentro de un rato, como todas las tardes, empezará a soplar un aire que refrescará bastante.
El paisaje, tan bonito; el contraste de colores fuertes y las diferentes tonalidades de los suaves hacen que éste sea un pueblo pintoresco. Al menos, eso he oído decir a varios turistas, aunque realmente nunca he prestado demasiada atención a ello.
El viajero se remueve en el asiento; lo gira de derecha a izquierda. Llama al camarero, se estrechan las manos despidiéndose en voz baja. Recoge la mochila del suelo, se la echa sobre el hombro. Da un traspié pero enseguida se encamina hacia la puerta de cristales. Desde allí hace un gesto con la mano correspondido por el barman. Antes de irse le compra un paquete de rubio a la cerillera, ya anciana, de la puerta y desaparece entre gentes, calles, polvo y sudor con paso decidido.
¿Adónde irá? En el ambiente desaparece cierta carga eléctrica.

El hombre de la barra
El hombre de la barra es un tipo más bien gordo, aunque alto. Su panza sobresale del pantalón azulado, que tiene el botón reventado incapaz de soportar semejante tensión, dejando ver un ombligo peludo. Tiene los brazos musculosos sin perder una cierta sensación de flojedad. La cara redonda perfectamente afeitada, con una media melena que le tapa las orejas. Ojos hundidos, castaños, de mirada fría y gesto torcido. Nariz corta y algo aplastada. Labios muy finos enmarcan una dentadura perfecta. Gasta playeras azules curvadas hacia arriba.
Vive por la Corredera, detrás de un garaje y al lado del fontanero. Una calle de casas encaladas, aceras bajas y arena en todos los rincones. Un ruido infernal acompaña a todo el que pasa por allí: rugir de motores súbitamente arrancados, sirenas y alarmas que se disparan nadie sabe de donde, que igual callan que empiezan de nuevo con sus agudos sonidos. Golpes metálicos del fontanero, constantes, que parece como si el mismo fabricara las cañerías. Motos sin silenciador que recorren doscientos metros en un cuarto de hora. Aullidos de perros. Perros locos que corren tras las sombras de los pájaros golpeándose contra las paredes. Perros ciegos comidos por las legañas, las babas y las moscas que asustan a los borrachos por la noche pero que se espantan ante cualquier movimiento imprevisto.
Las casitas por dentro son acogedoras, frescas y espaciosas, con un jardín en el que todos los años ataca la araña roja por lo que se suelen curar las plantaciones haciendo el aire, por estas fechas, irrespirable.
Entró en el bar mucho antes que el viajero. Se fue a la esquina libre y allí tomó lo de siempre. El camarero se lo puso nada más verle: un chato y un pinchito.
Estuvieron hablando un buen rato interrumpidos por la llegada de algún cliente. Su conversación era muy animada y grata para ambos. Gesticulaban y reían. Tomaban juntos un chato con unas aceitunas machás.
Entonces llegó el viajero.
El viajero con la mochila al hombro, lleno de polvo y sudor.
Se dirigió a la esquina, el único sitio despejado de la barra. Mientras avanzaba, la gente se apartaba temiendo rozarle. Dejo la mochila en el suelo. Le tendió la mano al camarero que se mostró sorprendido, aunque no pudo contener un gesto de alegría y admiración. Al gordo le tendió la mano con menor efusividad, por compromiso, aunque no parecían desconocidos.
Pronto estaban los tres bebiendo cerveza y vino. Duro poco. El camarero estuvo duplicándose ante los requisitos de la clientela pero, finalmente, el gordo y el viajero pudieron hablar a solas. Ambos parecían tensos pero en ningún momento agresivos. Mantuvieron la conversación un buen rato. De pronto, el gordo se levanta estrechando la derecha del viajero, mientras con la izquierda le sujeta el codo.
-¡Hasta luego! Le dice al camarero.
-¡Adiós! Responde.
Salió con cierta precipitación. Caminando parecía un tentetieso, dando tumbos a un lado y a otro calle abajo, como si nunca se fuera a caer.

El bar
Una caña rubia encima de la barra, con redondelitos líquidos alrededor. El sifón a la izquierda y la barra que se pierde hasta la pared del fondo con taburetes en hilera hasta el final del espacio.
Las vitrinas dejan ver bandejas, algunas empezadas, otras casi terminadas, de alimentos variados y corrientes: patatas fritas, al alioli, panchitos, boquerones, aceitunas.
La máquina de café apagada y con las piezas descolocadas. Las repisas llenas de vasos de diferentes tamaños y copas y arriba botellas, grandes, pequeñas, exóticas en la forma, extrañas por su contenido. Un espejo rompe la linealidad de cristales para luego seguir imparablemente a la derecha.
A la derecha, el ventanal y las puertas de entrada rotuladas en colorines llamativos. La entrada tiene tres escalones donde se tropiezan los borrachos y que sirven de improvisada silla a la cerillera cuando no trae la suya de madera. La pared, gris oscura - gris azulada se continua a tu espalda hasta el fondo. A su lado apoyadas, dos mesas en línea con cuatro sillas cada una y restos de alguna consumición. Dos ventanales a su altura dejan ver la calle y la terraza: cuatro mesas, sillas y quitasoles. Más allá una mesa, siempre reservada, delante de un cartel añoso y largo, muy largo, enmarcado; a primera vista, se pensaría que se trata de un cartelón anunciador de corridas de toros, pero si te fijas compruebas que está relacionado con el descubrimiento de América y sus héroes.
Finalmente, al fondo de la barra y al lado de la mesa reservada, unas escaleras conducen a los servicios y a un salón con mesas y bancadas. Un par de puertas cerradas pueden corresponder a la cocina y al almacén. En la escalera, un viejo teléfono de monedas. En la barra, los periódicos del día incrustados en tablas que cuelgan de la pared.

La historia del león de piedra
¿Qué hace ese león ahí?
La historia del león de piedra
En aquel jardín el aire era verde. Todo lo que se respiraba estaba embadurnado por el suave aroma de las plantas apelotonadas en grandes macetones multicolores.
Dos árboles asimétricos repartían majestuosa sombra al conjunto de insectos infinitos que se cobijaban en aquel paraíso silencioso. Aire fresco de tierra sembrada por el agua de pequeños riachuelos repentinos. Barro pegadizo que hunde los zapatos, desfigurando su color primitivo. Aire cargado hasta la saturación de olores penetrantes, diferentes, de ruidos zumbantes, ora más agudos ora más graves. Silencio ruidoso de naturaleza, de naturaleza febril. Buscando alimento abejas en las flores, hormigas en todas partes, arañas comiendo en su mantel de seda, donde aún pueden verse los restos de aperitivos anteriores.
En el centro una mesa redonda, blancas las patas de hierro y terminadas en un cristal tosco. Ceniceros diferentes reposaban en ella, esperando el momento de uso. Unas sillas impersonales con un par de lámparas de hierro blanco, terminadas en bombos blancos, acompañaban la solitaria mesa.
Algo no encajaba.
Tras el verde manto de hojas verde-amarillas aparecía un león de piedra, oscuro por los años. Sus ojos sin órbita. Sus fauces abiertas, sin lengua. La melena al aire. La estatua más viva del jardín.
Más incluso que aquellas dos personas de mirar cansado y voz afectada que charlaban apoyadas en las piedras del parterre; con las camisas blancas remangadas, con el cuello desabrochado y la corbata desajustada; pantalones, gris y azul, elegantes; zapatos oscuros manchados elegantemente de barro, copas de aguardiente y coñac en sus manos. Somnolencia vespertina, hora de la siesta. Las chicharras atacan fuerte su canción en los olivos. Entre los terrones levantados, una cigarra intenta acallarlas con su ruido. Insectos lejanos, ruido próximo. Los saltamontes rascan sus patas envidiosos de sus hermanas.
Un hombre rubio, ojos claros, bien encarado y atlético habla con un señor algo mayor, casi calvo, con barba oscura.
El león, impasible, les observa desde la sombra; el frío o el calor no parecen afectarle.

El borracho
Cerveza cinco estrellas en la mano izquierda. Sentado en una silla coja. Con pantalones ajados, rotos por varios sitios. Camisa de algodón sintético. Medios zapatos por los que asoman los dedos de los pies. Barba de varios días, brazos musculosos, caídos. Ojos tristes. Pelo rapado, escaso. Nariz grande, labios sensuales, orejas pequeñas. Aspecto desarrapado.
Sorbos lentos, tragos insonoros. Olor a cerveza y fracaso –personal, único–. Planes de futuro hundidos en la miseria y en alcohol.
Mirada de borracho; de borracho con recuerdos, naufrago de su propia existencia.
Ahí está; con la eterna excusa de su estado, de su melopea sempiterna, con la búsqueda insaciable de ese estado.
Mugre en las manos, también en los tobillos. Un cigarrillo entre los dedos, rubio.
Edad indefinida, dientes equívocos.
Pensamientos lejanos: Tal vez en el asfalto, en las rayas divisoras de la carretera, en el vapor ardiente que se desprende con el verano, en el infierno interior sin causa que lo justifique.
La botella ambarina está casi vacía. Mira a través de la boca. Verá las burbujas rompiendo en el exterior, la semiluna formada por los espectros de los gases.
Se apoya en el mostrador. Deja la cerveza. El calor, por momentos, es asfixiante. Está borracho de verdad.
Contempla a la gente del bar, descaradamente. Analiza la situación personal de cada uno, parece que conozca nuestros secretos y debilidades. Su mirada es ardiente, difícil de sostener. Sus ojos parecen pavesas de un fuego interior no apagado por las curdas; inquietud permanente. Aparto la mirada.
Se remueve en su sitio. Termina la cerveza. El encanto se rompe.
Con dificultad saca del bolsillo unas monedas. La deja en el mostrador.
No me explico como le han dejado entrar. Aunque tampoco había motivos para impedirlo. Me siento, en parte, identificado con él. Me asquean las miradas despreciativas de los señores con corbata y traje, de las señoras que nos marean con sus colonias carísimas. No parece importarle, se diría que una risa estruendosa le sacude de nosotros, de todos. No hace nada por provocar, no se dirige a nadie, pero la gente está tensa; dispuesta a saltar.
Hace ademán de irse pero el camarero le acerca otra botella con un aperitivo.
Se lo agradece con un gesto. Enciende otro cigarro rubio. Sigue sentado en la silla coja. Un gesto de alivio desaparece de una muchacha muy pintada...

El “limpia”
Sin el gordo y sin el extraño de la mochila el bar se quedó vacío aunque una multitud llenaba todos los rincones. Sólo el camarero se duplicaba por momentos en la barra, ocupando todo el espacio.
El “limpia” cuenta chistes mientras trabaja los zapatos del hacendado elegante que lee el periódico despectivamente, sin prestarle atención. El limpia acaba el chiste y se ríe solo. Aunque se llama Soledad, modo de los calés para evitar el servicio militar, todos le conocen como “Faroles”. Es un gitano gracioso y trabajador, con una familia supernumerosa. Siempre viste de azul oscuro con mangas largas arremangadas; los pantalones suelen ser grises o negros. Presume de ser el limpia que más brillantes deja los zapatos y de conocer a todo el mundo. No dejan de ser verdades a medias.
-¡Cómo tiene el zeñorito los sapatos de barro! Pero no ze preocupe que en un zantiamén ze los dejo como nuevoz.
El hacendado llegó poco después de un grupo de jóvenes ruidosos que ocuparon la terraza entre jolgorio y cantos. Su calva reflejaba las luces del bar mientras se aproximaba a la barra para coger el diario incrustado en una tabla. Todo el pelo que le faltaba en la cabeza, lo tenía en su barba ocultándole la boca. Unas gafas oscuras Rayvan ocultaban su expresión. Sorprendía que pudiera ver algo aunque tampoco se pudiera concretar qué estaba observando en cada momento. Pidió un coñac. Tenía una botella de D’armañac reservada para él al igual que una mesa con un perpetuo cartel metálico.

La visita
- ¡Llaman a la puerta!
- ¡Eh, macho! ¿A quién esperas?
- ¡Pues ya llega tarde porque nos hemos vaciado las botellas!
- No sé quién será. Mirad detrás del biombo. Creo que queda una sin empezar.
- ¡Bien!
La alegría festiva de aquél grupo de jóvenes se había visto interrumpida por la fría llamada del timbre.
Era un salón no muy grande con un par de sillones y unas sillas poco usadas: Los muchachos habían colocado la mesa, alargada, en el centro retirando los sillones y sentándose en el suelo. El desorden si era grande; botellas y platos con aperitivos se esparcían sin orden ni concierto entre la mesa y el suelo, entre el biombo y la pequeña balconada que daba a la calle.
Uno de los chicos se levantó. Tenía esa edad indefinida, ese amplio margen de los veintitantos a los treinta y pocos. Era el responsable de aquel alboroto en su piso que apagaba el “quiere me siempre” de los Cinco Latinos.
Esquivando compañeros y comidas, con cuidado de no verter botellas ni romper platos, salió al pasillo pequeño y corto que daba a la entrada, a la derecha del salón y a la izquierda de los demás cuartos.
Sorprendido, vacilante y un poco aturdido por el calor y la bebida, abrió la puerta.
No pudo dejar de sorprenderse.
Una chica, de su edad, elegante y atractiva, pintada quizás de más, estaba delante de él con un par de maletas de viaje.
- ¡Hola Miguel!
- ¡Hola Juliana!
Su rostro pese a la sonrisa y los coloretes no podían ocultar las lagrimas y el malestar.
- ¿Puedo quedarme esta noche?
- La Paz te acompañe. Bienvenida seas a tu casa
- ¿?
- Bromeaba. Pasa, dame un beso. Ahora estaba con unos amigos.
Suena “Hey, baby” al fondo
- Dame tus maletas. Trae, te enseñaré tu cuarto.
- Oye, si molesto vengo más tarde.
- No seas tonta, pasa.
Miguel cerró con el hombro la puerta mientras terminaba de reponerse.
- Por aquí, sígueme.
Anduvieron el pasillo sin hacer caso a las voces de sus amigos. Abrió la puerta del dormitorio. Un cuarto no muy grande con una pequeña ventana y una cama, una mesilla con una lámpara y un armario; un mueble buró y una silla. Encendió la luz, una bombilla que colgaba de un casquillo en el techo.
- Pasa, siéntate y espera un momento. Ponte cómoda. La puerta de enfrente es el baño, la del fondo la cocina. Si quieres, puedes vaciar un par de cajones y meter tu ropa. No, no digas nada. Espera un momento.
Cerró la puerta de la habitación mientras salía; se dirigió al salón donde sus amigos le recibieron entre voces y canciones preguntándole quién era aquél ligue y por qué no se lo presentaba, que la querían ver.
- Bueno, bueno, tranquilos colegas, ya sé que os gustaría a todos tener vuestra pareja y montarnos una orgía, pero no hay nada de eso. ¡Obsesos, que sois unos obsesos! Yo soy el primer sorprendido y como amigo os pido que si queréis continuemos la fiesta en el bar de abajo.
- ¡Buuu!, ¡Buu! ¡Si te la quieres tirar no te vamos a molestar! ¡Ahora que acabamos de abrir la última botella! ¡Buuu!
- Tíos, de verdad, para mí tampoco es agradable; pero es una buena amiga que me necesita ahora y con vosotros aquí supongo que no tendrá confianza para contarme que le pasa. ¡Joder, comprender chavales! ¡Si a vosotros os pasa igual, a ver que hacéis!
- ¡Vaya que nos echas!
- No; os pido que os vayáis y que terminemos el guateque en el bar de abajo. ¡Ya haremos otro mejor cualquier día!
- ¡Venga, vamos! ¡No vamos a partirle el rollo, que venía con maleta!
- Vamos al bar de abajo
- ¡Nos llevamos la botella!
- ¡Vale chavales!
Poco a poco, los muchachos fueron saliendo, uno tras otro, entre risas y comentarios mas o menos jocosos o verdes
- ¡Suerte y al toro, mal cabrón!
- ¡Luego nos contarás!
- ¡Aquí tienes unos preservativos, para que no tengas que salir!
- ¡Sois todos unos salidos!
- ¡Ya podías traer una para cada uno!
- ¡La próxima vez espero que las traigáis vosotros!
- Vale, hasta luego.
- ¡Hasta luego! ¡Eh! Si acabas pronto estaremos abajo.
- Ya lo sé, ya lo sé. Bajaré si puedo
Entre una nube de humo y risas empezaron a descender la escalera, rompiendo la oscura y húmeda tranquilidad del edificio.

La sangre
- ¡La sangre! ¡Necesitamos esa sangre!
- Tenemos a nuestros mejores hombres trabajando en ello. Están tras la pista de uno. Se ha disfrazado de mochilero aprovechando el puente y aunque lo perdimos en Santa Justa, creemos que sigue en el Sur. Todas las vías de escape están controladas y hacemos grandes esfuerzos para tapar los agujeros de la red.
- ¿Todavía no los hemos cubierto?
- Es materialmente imposible. La cobertura de nuestros emisores es muy pequeña en estos pueblecitos. Le recuerdo que ése fue el principal motivo para establecer nuestra base de operaciones aquí.
- ¡Lo sé, lo sé! Como sé que estarán sobre aviso y que son muy escurridizos. ¿Cómo se les escapo? ¿Cómo? ¡De Santa Justa! ¡Si tenemos allí más agentes que en ninguna otra parte!
- No lo sabemos. Bajó del tren con su mochila al hombro. Caminaba entre la multitud cuando, de repente, desapareció. No ha salido por las puertas, le hubiéramos detectado. Rastreamos los servicios, las vías y las alcantarillas. ¡Nada!
- ¿Me está diciendo que se ha volatilizado? ¿Qué le han teletransportado? ¡Por Dios bendito, que no estamos en Star Trek!
- No; lo único que digo es que aún no sabemos como consiguió burlar la vigilancia.
- ¿Alguna idea?
- Ninguna; lo único raro ese día fue un coche de caballos; ya sabe, de esos de turistas, que se desbocó. Ahora estamos preguntando a los taxistas que no trabajan para nosotros y revisando las grabaciones de vídeo.
- Bien; manténgame informado. Echaré un rato en el jardín y luego estaré en el pueblo. En el bar de siempre. Avíseme si hay alguna novedad.
- ¡Señor! ¡Sí, señor!
El hombre rubio de ojos claros adoptó una postura militar y se encaminó hacia la puerta. Las copas de licor hacía rato que reposaban en la mesa.
- ¡Necesitamos esa sangre! Gritó el hombre de la barba.

El viaje
El camino polvoriento lleno de cantos rodados. El viajero con vaqueros gastados y la mochila apoyada en el hombro caminaba dejando tras sí una nubecilla arenosa. Lentamente, sudando, rodeado de árboles refrescantes y rocas áridas subía las cuestas. Se detuvo en una fuente sombreada que nacía en una pared de piedras lisas y verticales. Encima de ella, el césped verde y un riachuelo que resbalaba por la pared pétrea. Unas vacas pastaban tranquilamente, haciendo sonar sus cencerros mientras agitaban sus colas con cierta cadencia. Todo tenía un aspecto inconsistente, como si las vacas fueran a caer al camino, como si se fuera a desmoronar la peña en cuatro trozos.
La luna redonda, oronda, pálida en el cielo morado avisa de la proximidad de la noche. Una estrella se deja caer en el firmamento; otra asoma, tímidamente, ocupando su lugar. El frescor vespertino rodea al viajero. Sonríe. Una sonrisa de felicidad, de reafirmación de futuro, de satisfacción consigo mismo, de ser consciente de que ahora empezaban los verdaderos denuedos.
La masía está constituida por un par de ruinas y una casa, reciente, de ladrillo que desentona con las cuatro piedras que aún permanecen en pie. Se llega a ella tras subir una cuesta empinada, llena de polvo y piedras en las que se pierde el resuello debido al esfuerzo.
El viajero, con la mochila a la espalda, podía lamer la arenilla y masticarla notando su peculiar sabor estropajoso. Casi a gatas terminó por llegar al final de la cuesta, donde un aparente llano le permitió recobrase, antes de enfrentarse a una curva que parecía desaparecer en el espacio del cielo celeste donde despuntaban algunas nubes blancas.
Oscuridad. Ha anochecido. La luna no puede romper la fortaleza del bosque. El viajero continua el camino. Una luz está encendida en la cabaña. El marco amarillo se proyecta hacia el exterior. Sólo un cuadrado luminoso en la noche que le sirve de referencia. De repente, se apaga. Las tinieblas lo envuelven todo. El viajero tropieza y resbala con las piedras cada dos pasos.
-Puedo torcerme un pie.- Piensa. -Tendré que pasar la noche allí.-

Santa Justa
- ¡Hola, Rocío! No te vuelvas. Me siguen
- Ya te advertí que no era buena idea. ¿Qué piensas hacer?
- ¿Has traído lo que te pedí?
- Aquí están
- Bien, sabía que no me fallarías. Que me rodeen cuando llegue a la tercera columna, al lado del alero.
El viajero de vaqueros gastados y mochila al hombro continuó su caminar en dirección a la salida. Con el bullicio, nadie podría decir que hubiese mantenido una conversación. Enseguida alcanzó la tercera columna. En ese momento, una familia gitana al completo le rodeó. Gritaban con alborozo. Saludaban a otro grupo de gitanos que se habían bajado del tren. Eran miembros de un cuadro flamenco que había triunfado en Madrid y que volvía para descansar en su tierra, antes de iniciar una gira por Estados Unidos.
Entre abrazos y besos, el viajero se agachó. Abrió el doble fondo del baúl de los artistas. Introdujo rápidamente la mochila y a continuación su cuerpo, doblándolo en postura fetal. En ese momento, un niño cerro la puerta y comenzó a bailar entre el cante y los aplausos de su gente. Mientras, subieron el baúl a un carrito y entre palmas y bailes se encaminaron a la salida. Nadie les molestó.

El caballo desbocado
Una vez en el exterior, se dirigieron hacia varias furgonetas aparcadas de mala manera en la zona reservada a los taxis. Más allá, un coche de caballos esperaba recoger a un turista rubio, elegante, que estaba comprando postales de la ciudad en un tenderete. A él se fue una gitana toda vestida de negro, con el pelo recogido en una coleta.
- ¡Ay zeñoorito! ¡Dame aalgo!
Por una moneeda,
te leo la maano.
Te digo el futuuro,
zea bueno o zea malo.
Por una monea,
Que tengo que dá de comer
A mis hermaanos
Con eze traje de Armaní
Dame un poco de moneí
¡Anda quillo!
Que tengo que dá de comer
A mis chiquiillos
El claxon de un coche suena con insistencia.
El hombre rubio, elegante, presta atención al taxista que increpa al conductor de la furgoneta que le impide salir. Mecánicamente saca la billetera del bolsillo interior de la chaqueta, dejando ver un bulto oscuro debajo del sobaco. Le tiende un billete de cinco euros a la gitana que esta se guarda rápidamente en su faltriquera.
- ¡Gracias hermoozo!
¡Que tieenes de rubio
lo que tieenes de generoozo!
Y como mi palabra
Ez canela fina
Dame la mano y verás
Que ziempre atina

Aumenta el alboroto. Los gitanos rodean el taxi y comienzan a zarandearlo. El grupo impide al resto de taxistas acudir en ayuda del compañero. Se aproxima una pareja de guardas jurados. Uno habla por el walkie. Mientras, un par de gitanos termina de meter el equipaje en las furgonetas.
La gitana ha cogido la mano izquierda del turista y pasa la uña del índice sobre las líneas de la palma. El turista está tenso; no pierde detalle de lo que está sucediendo, parece que no repara en lo que la gitana le dice:
- La mala zuerte te enviste
Zi tengo rasón
Te puedes romper el cabesón
Zi en coshe de caballos quieres irte
Es posible que ze encabrite
Te lo digo de corasón
Ten cuidado con el melón
Si la mala zuerte quieres ezquivar
Una ayudita me tienes que dar
Pá que te puea bendecir
Y en el sielo mis plegarias oír...
Algo va mal. De repente el turista rubio retira con violencia la mano
- ¿Qué paza siquillo?
¿Qué zon pa ti unos durillos?
El turista comienza a caminar rápidamente hacia el coche de caballos, con un cierto aíre marcial, mientras masculla frases ininteligibles.
- ¿Qué pasa mi arma?
Tíomatelo con carma
¡que no te vas a arruiná
zolo unos eurillos me tienes que dá

Arranca la furgoneta que estorbaba al taxista dejando tras sí una nube de humo negro mal oliente. El turista parece muy enojado. Se sube al coche de caballos sin dirigir la palabra a la gitana.
- ¡Ez que no quieres escuchá!
¡Que el caballo se va a espantá!

- Deja en paz al zeñó y no le molestes más. ¡Suba maestro!
Dice el cochero mientras azuza con la fusta al caballo que echa el paso con desganas. De repente, el caballo se para, levanta las orejas, relincha, se pone de manos y emprende veloz galope avenida abajo.
- Ya te lo advertí
Ezto ze veía vení
Azi que yo me voy de aquí
- ¿Cómo lo has hecho, máama?
Pregunta el gitanillo del baile que se ha puesto al lado de la gitana mirando como desaparece el coche de caballos dando bandazos a un lado y a otro.
- Trabajo de bruja no era
Sólo una par de moscas cojoneras.
Poco a poco los gitanos van subiendo al resto de vehículos mientras los guardas jurados separan al taxista enardecido de un gitano farruco. Para cuando llega un coche patrulla de la policía municipal los gitanos han desaparecido. Da igual, no se detiene; continua avenida abajo porque ha recibido el aviso de un coche de caballos siniestrado.

En el jardín
Estaba furioso.
- Teníamos que haber actuado en el tren. Pero no; el viajero venía a nuestro territorio. No podía escapar. Era más fácil llamar la atención en el tren. En la ciudad no habría escándalos. Hemos actuado con extremo cuidado durante años para mantener nuestras actividades en secreto y no lo íbamos a echar todo a perder en un momento. Lo teníamos meticulosamente preparado. El dispositivo era perfecto. ¿Era perfecto? ¿Qué ha fallado? ¿Cómo ha fallado?
Vertió algo más de D’armañac en la copa vacía. Con ella en la mano se dirigió hacia un rectángulo del jardín pasando al lado de un león de piedra que le observaba indiferente tras su manto de hojas verde- amarillentas.
En un rincón había un armario de plástico. Con la mano libre abrió las puertas. Dejó la copa en el techo ligeramente inclinado. Del armario sacó una esterilla y un bulto azul. Desplegó el bulto, un mono de trabajo, y lo dejo colgando de la puerta mientras se quitaba los zapatos y se situaba en la esterilla. Se despojó de la corbata deshaciendo el nudo con un suave tirón de uno de los extremos. Acto seguido se quitó la camisa dejando ambas prendas en una percha que prendía de uno de los numerosos ganchos de la parte interna de las puertas. A continuación, se puso el mono abrochando la doble cremallera hasta la mitad del torso. La sombra del emparrado dibujó una suerte de puzzle en su calva mientras se agachaba para sacar del armario unas botas de agua. Se las puso teniendo cuidado de dejar por dentro las perneras. Se irguió, cogió la copa y la apuró de un trago. Encasquetarse un sombrero de paja y echar mano al zacho fue todo uno.
Sin prisas se encaminó al rectángulo del jardín donde, a modo de huerto, se veían crecer unas tomateras con tomates semejando racimos rojos y verdes que doblaban las ramas hasta tocar el suelo, y un pequeño melonar con plantones de los que surgían sandías grandes como balones, hermosas, de piel oscura, que contrastaban con los melones pequeños y amarillos de sabor muy dulce situados en línea paralela.
- ¿Qué había fallado? ¿Cómo?
Levantó el zacho por encima de su cabeza y con rabia empezó a reabrir los surcos que el agua y el aíre habían medio borrado.
- ¿Descubrió que le seguíamos? ¿Cómo ha desaparecido? ¿Un chivatazo? ¿Tenemos un topo en la organización? Calma. Piensa con tranquilidad. Controla la respiración.
La herramienta subía y bajaba con rapidez y precisión.
- ¿Cómo ha desaparecido? Debía tener preparado un plan de evacuación. Eso supone que...
El zacho golpea la tierra.
- a.- Es inverosímil que un hombre sólo haya esquivado nuestros controles. Lo más probable es que haya recibido ayuda en la estación, que es donde ha desaparecido. Más temprano que tarde daremos con los responsables y entonces...
El zacho golpea con fuerza la tierra.
- b.- Si tenía un plan, sabía o sospechaba que le seguíamos. Esto implica que...
El apero cae pesadamente en el surco.
- 1.- Nuestro seguimiento ha sido defectuoso desde el principio.
- 2.- Alguien le ha informado. Lo que nos conduce a pensar que...
Gotas de sudor perlan su frente y resbalan por la nariz hasta mojar el suelo.
- ...tenemos un topo. Si tuviéramos un topo en la organización...
Ha terminado la fila. Un surco perfecto se abre en toda su longitud. Se seca el sudor con el brazo y comienza una nueva hilera.
- a.- ¿Por qué no nos han desarticulado?
- b.- ¿Cómo puede superar los controles de protección?
- c.- ¿Por qué le pone en evidencia el viajero? ¿Por qué viene el viajero hasta aquí?
El trabajo avanza rápidamente. Ahora los golpes son más suaves, la tierra está más blanda.
- No; no tiene sentido. No puede haber una delación. El viajero se ha percatado de nuestro seguimiento. Lo que significa que conocen nuestra existencia y la investigarán. Tendremos que ser más cautelosos y prevenidos. Aún así reforzaré los controles internos para detectar posibles fugas.
Ha terminado. Se dirige hacia una fuente con noria. A los pies del brocal un botijo reposa a la sombra. Levantándolo, echa un trago tras otro de agua como si estuviera dispuesto a vaciarlo del tirón. Cuando lo suelta va hacia un madero que sobresale de la noria. Originalmente estaba destinado para uncir una bestia a la que se hacía dar vueltas alrededor de la fuente, poniendo en movimiento el mecanismo que hace girar la noria y extraer el agua. Sujetándolo con los dos brazos y haciendo fuerza con las piernas, hundiendo los pies en el suelo, comenzó a caminar. La madera se quejó ante el esfuerzo pero el mecanismo se puso en marcha y el artilugio comenzó a funcionar. El agua discurría por una canaleta hasta el surco principal a través de cuyas ramificaciones alcanzaba toda la plantación y permitía que el jardín mantuviera el frescor.
Tras media docena de vueltas, quizás alguna más, se paró acariciándose la barba. Observó complacido como el agua alcanzaba los rincones más apartados del jardín, permitiendo a un gorrión y a una aceitunita darse un baño en el charco formado delante del león de piedra cuyas fauces parecían querer devorarlos.

En el cuarto
La joven estaba sola en el cuarto. Falda blanca y camisa de seda azul cubrían su cuerpo, unos zapatos de tacón imposible apretaban sus pies. Tiene los ojos celestes con un halo amarillo, casi imperceptible, que rodea la niña y los hace enigmáticos. El pelo rubio; una melena que se desparrama por su espalda como un glacial amarillo: poderoso, deslumbrante; tez blanca y maquillada, labios carnosos perfilados. Olor exquisito.
La música retumbaba en el cuarto y en los oídos mientras le echa un vistazo.
- El cuarto no es muy grande aunque para un chico sólo está bien.
¡Uf! ¡Qué dura es la cama! Creo que no podré dormir.
¿Deshago las maletas? Tendré que sacar lo imprescindible de ese revoltijo.
¡Que almohada más blanda! Zapatos fuera.
¡Ah! Tiene ventana. ¡Vaya patio cochambroso!
Un despertador en la mesilla, los interruptores... ¡se enciende la luz y la radio!
No está del todo mal. Se agradece la moqueta, los zapatos me estaban matando.
Es un buenazo, pobre hombre, en cuanto pueda me voy de aquí.
Se tiró de nuevo en la cama con una postura poco ortodoxa; la falda subió lo bastante como para dejar ver las sensuales curvas de un muslo infinito.

En la escalera se oyen los ruidos y carcajadas de los amigotes, sorprendidos por la visita excepcional, que se dirigen al bar de abajo. Detrás de la puerta se queda el chico tan sorprendido como ellos y sin saber que hacer; al menos, que hacer primero.
- Sin duda, hablar con ella. Con una copa en la mano será lo mejor, pero estos cabrones me han dejado seco. ¡Ah, sí! El “bailys” lo escondí en el baúl. ¡Venga a buscarlo!
Se dirigió hacia una pieza de madera rectangular, situada al lado del perchero, que tenía unos almohadones rojos, cuadrados, en su parte superior a modo de asientos. Abrió la tapa y empezó a rebuscar entre mantas y sábanas dobladas hasta dar con la botella. Entonces se encaminó hacia el salón. Bajó el volumen del aparato de música, lo suficiente como para que se pudiera escuchar sin necesidad de hablar a voces. Carol King se preguntaba si la seguirás amando mañana. Abatió la puerta del mueble bar de donde sacó dos vasos de boca ancha que milagrosamente aún no se habían utilizado. Esquivando los restos de la fiesta dejó la botella y los vasos encima de la mesa. En una bolsa térmica quedaban algunos cubitos de hielo. Los cogió con la mano y los echó en los vasos, secándose las manos en el pantalón. Desenroscó con cierto esfuerzo el tapón de la botella, saltando la masilla pegotosa a la mesa. Escanció el líquido espeso en los vasos hasta algo menos de la mitad de su capacidad y con uno en cada mano, en una suerte de equilibrio inestable, se dirigió hacia el dormitorio.

La masía
El viajero con la mochila al hombro continuó su camino trastabillando aquí y allá. Al girar a la izquierda apareció la casita blanca incomprensiblemente debajo de él y, sin esperarlo, se topó con el espacio ruinoso en el que dos edificaciones, roca sobre roca, mantenían a duras penas su antigua forma. Un par de diminutos puntos luminosos aumentaban y disminuían su brillo a intervalos irregulares mientras un aroma dulzón lo llenaba todo. Una guitarra empezó a sonar mientras unas voces cantaban:
- L’avi Siset en parlava
De bon matí al portal
Mentre el sol esperàvem
I els carros vèiem passar.
Siset, que no veus l’estaca
On estem tots ligats?
Si no podem desfer-nos-en
Mai no podrem caminar!
Si estirem tots, ella caurá
I molt detemps no pot durar,
Segur que tomba, tomba, tomba
Ben corcada deu ser ja.

El viajero ni corto ni perezoso añade:
- Si jo l’estiro fort per aquí
I tu l’estires fort per allà
Segur que tomba, tomba, tomba,
I ens podrem alliberar.

Se hace el silencio. Una voz masculina pregunta ¿quién anda ahí? Mientras se enciende una linterna que ilumina al viajero. Instintivamente, éste se protege los ojos con el dorso de la mano.
- Sólo un peregrino en busca de refugio para pasar la noche.
- Muy lejos del camino te han llevado tus pasos.
- ¿Qué mérito tiene caminar por donde lo hace todo el mundo?
- El mérito de lo cotidiano.
- La vida es cambio, aventura. La rutina es lo más cercano a la muerte.
- ¡Vaya; un amigo del eremita! Ven, acércate. Tendrás un sitio entre nosotros esta noche.
Todavía deslumbrado siguió la voz que sostenía la linterna hasta un grupo de personas sentadas en el suelo formando un circulo, suavemente iluminado por la luna.
- Buenas noches, bienvenido. –Le dice una mujer.
- Bien hallados, buenas noches.
Se sentó en el hueco que le dejaron mientras el hombre de la linterna hacia lo propio al lado de la mujer.
Era un grupo variopinto. El hombre de la linterna y su compañera así como la mujer con el par de hombres que estaban a su lado no tardarían en alcanzar la decena de lustros. El resto, tres chavales y siete chicas apenas sobrepasarían la veintena.
Cierto aire festivo rodeaba al grupo que observaba al recién llegado con curiosidad.
- ¿Quieres cenar? Nos queda algo de ensalada y croquetas. Tendrás hambre después de la caminata.
La voz dulce tenía un tono de firmeza y seguridad extraordinario. La mujer, morena, de pelo largo poco cuidado, le examinaba descaradamente con la severidad de la que es interrumpida en su quehacer por una visita intempestiva. Los pómulos o quizás los ojos le daban un aspecto oriental. Vestía con una túnica holgada y estaba sentada de manera poco ortodoxa.
- Gracias, eres muy amable.
La mujer se levantó encaminándose hacia una de las ruinas. Al poco, volvió a aparecer el rectángulo de luz en una ventana a través de la cual podía observarse de vez en cuando la silueta de la mujer que iba y venía fugaz. En un instante se apagó la luz y retornó con una bandeja de madera en las manos, sujetándola por las asas. La colocó en el suelo, delante del viajero que ya se había adaptado a la luz existente. Al agacharse sin ningún pudor, el viajero pudo comprobar que sólo la túnica cubría su cuerpo. Un vaso de vino tinto de pitarra, un trozo de pan de hogaza, negro, con mucha miga y nada tierno, un tenedor de metal y un plato llano grande con lechuga, tomate y zanahorias embadurnadas de aceite rodeando dos croquetas gigantes como pelotas de tenis componían su cena.

El abandono
- ¿Se puede?
- ¡Claro, pasa!
Abrió el picaporte con el codo y empujó la puerta con el hombro. Pasó a la habitación donde estaba la chica sentada en la cama, sin zapatos.
- Traigo unas copas. Has tenido suerte, es lo último que queda. Lo tenía escondido.
- Gracias.
Se levantó de la cama y se acercó a Miguel, que dejó los vasos en el buró.
La abrazó. Fue un abrazo corto, intenso, buscado e imprevisto al tiempo. Él lo buscó; ella dio un paso hacia delante y se paró como dando a entender que compartía la intención pero no iba a tomar la iniciativa. Él la abrazó entonces y tuvo conciencia, como nunca antes, de su cuerpo. Se separaron enseguida como si de una reacción instintiva, que no hubieran superado aún, se tratase.
- Toma. –Le dice mientras le tiende uno de los vasos.
- Siéntate y cuéntame que te trae por aquí.
- Tenía unos días de vacaciones y me acordé que te habías venido a este pueblecito del Sur...
Miguel la interrumpió, acariciándole suavemente la barbilla y levantándole la cara para mirarla a los ojos.
- Creo que... por fuerza me tengo que equivocar, pero siempre empiezas igual. Eres muy poco original querida. Si haces como siempre lo mismo, vas mal encaminada. Pese que tengas los ojos azules con un halo amarillo rodeando la niña que me desgarra el alma cada vez que te miro, no me engañas.
Una sonrisa triste cruzó su cara. Con amargura empezó a contar su relato. El tiempo pareció congelarse alrededor de la pareja mientras sonaba wasted time de los Eagles.
Entre sorbos de licor, de rabia y de lágrimas, ella fue desgranando su historia. Finalmente, el llanto superó la barrera de las palabras y acudió como un torrente a sus ojos, como si el océano se desbordara a través de sus corneas. Él la abrazó, mientras ella hundía la cara en su pecho mojándole la barbilla y el cuello; la besó dulcemente en la sien intentando reconfortarla con cariño y palabras dulces.
- Por lo que me has contado y he oído, todo sucedió así: Primero te deja después de seis años. Luego vuelve y le rechazas. Más tarde se hace el encontradizo acompañado de una niña nueva. Después os enfadáis una vez más. Luego habla con tu cuñada para ver como lo solucionáis.
¿Por qué te dejó? Lo normal es que lo rechazaras aunque te doliera. Lo explicaría como orgullo herido ¿no?. Si tu puedes pasar de mí, yo puedo hacerlo de ti mucho más. ¿Además, cuánto durará la situación, cómo, cuando podré confiar en ti? El chaval se resiente porque vuelve con el rabo entre las piernas y también tiene su orgullo. Consciente o inconscientemente decide presentarse con su nueva chica. Te da celos y te muestra que él puede estar con quien quiera cuando quiera pero también te da a entender que tu ya no eres la única en el mundo. Así que, ni corta ni perezosa, te aprovechas de un amigo que casualmente estaba allí para darle la vuelta a la tortilla. El chaval se cabrea y ahí empiezan los despropósitos y la ceguera mutua. La pregunta que os tenéis que hacer es muy sencilla: ¿Te amo? La respuesta es dura; la ecuación sólo funciona con dos afirmaciones.
Mientras la abraza tiernamente contra su pecho, y le da un beso en la cabeza, suena you’ve got a friend.

El gordo
No sabía que le estaba afectando más si el calor de la tarde, las copas en el bar o el encuentro con el viajero. Lo cierto es que no lo podía evitar, caminaba como si estuviera a bordo de un barco en plena tempestad. Tenía plena conciencia de ello. No había bebido mucho. De hecho los whiskys de la mañana, que se tomaba entre visita y visita a los ambulatorios de la comarca, los había impedido el control de la guardia civil.
Como en cualquier otro puente, fin de semana y sobre todo en verano con la llegada de turistas, los controles de alcoholemia eran frecuentes. Todos en el pueblo sabían cuando y donde se encontraban. En épocas de más transito, cuando la carretera pasaba por el centro del pueblo, tuvieron un radar móvil en un coche camuflado: El bx blanco parado de manera llamativa en el arcén, a veces más arriba, otras abajo a la salida de una curva. Siempre había algún despistado que no frenaba a tiempo o lo suficiente. Entonces un fogonazo le deslumbraba por el espejo retrovisor y en la siguiente recta le paraba la pareja de guardias para enseñarle lo bonito que había salido en la foto y de paso aligerar el peso de su cartera. Eran otros tiempos. Desde que hicieron la autovía y abrieron una zona de servicios, treinta kilómetros atrás, apenas hay tráfico y los guardias se ven menos pese a tener una casa cuartel a la entrada del pueblo. La carretera es ahora la avenida principal y comparte con el resto de las calles sus agujeros, piedras y grava; a duras penas puede hacer ver que tuvo un pasado mejor.
No; no había bebido mucho. Vino con casera en el restaurante. Rutinariamente comía de menú. Pocas veces tenía la oportunidad de comer en casa. Sus rutas semanales le habían llevado a un profundo conocimiento de todos los bares, restaurantes, chiringuitos y tascas de la provincia. Muchos días eran comidas de trabajo con posibles clientes; otros muchos eran aperitivos entre copas con clientes que el tiempo había transformado en algo parecido a amigos. Los menos comía solo haciendo tiempo para la siguiente cita. Estos días escogía bares que ofrecen comida o restaurante de menú económico que preparan una comida sencilla pero sabrosa. Subconscientemente buscaba esa dieta hogareña que le faltaba. Tenía sus lugares favoritos donde, aunque parezca imposible, había encontrado los gustos perdidos desde la infancia y alguna que otra exquisitez. Viejas cocineras en antiguas cocinas de hierro calentadas con madera o carbón desde temprano; cocineras con las manos arrugadas y temblorosas que conservaban la maestría de la experiencia y daban a los platos ese toque especial, tradicional, único, del que carecen la mayoría de los restaurantes, le saludaban como si de un hijo se tratase. Lugares que el tiempo apagará como una vela por la mañana.
Hoy había terminado temprano. La mitad de las visitas se habían pospuesto por el puente. Una charla rápida con el médico de guardia en la casa de socorro, unos folletos y el informe técnico, y por supuesto el libro. No podía olvidar el libro; un maravilloso atlas fotográfico del planeta a vista de satélite.
– ¡Que tenga poco trabajo! – Se despidió.
Hacía mucho calor. Estaba deseando llegar a casa para darse una ducha y quitarse el traje y la corbata. Ponerse cómodo. Quizás echarse una siesta aunque no tuviera la costumbre. Así lo hizo. Se encaminó al automóvil aparcado en la puerta, un familiar con amplio maletero y asientos transformables, que sufría las embestidas de los rayos solares y parecía a punto de derretirse.
El coche era un horno; ni el climatizador conseguía refrescar el interior. La goma del volante estaba blanda al tacto y quemaba. No quería imaginar como hubiera estado si no hubiese puesto los protectores refractantes. Sabía por experiencia los peligros de dejar el coche al sol y en la casa de socorro no había un mísero sombrajo. Todavía sonríe al recordar el día en que empezaron a explotar los mecheros de promoción que llevaba en el maletero y los problemas que tuvo con el seguro. O aquel otro cuando los bolígrafos se doblaron en formas extravagantes y perdieron su tinta dejándolo todo perdido.
El trayecto era corto, no más de veinte minutos por la autovía hasta el desvío y la mitad hasta el pueblo.
El pueblo situado entre montes, rodeado de olivos, coronado de pinos, en el centro de todo. El lugar ideal para vivir teniendo su trabajo. No lo dudó cuando se separó. Su mujer, harta de viajes, resacas y a saber qué más, le puso de patitas en la calle. El pueblo siempre le había gustado y tuvo la excusa perfecta para dejar la ciudad. Pasaba con frecuencia y había visto una casa en venta no hacía mucho. No estaba muy bien situada pero era espaciosa, tenía jardín y cochera. Además, estaba al lado del mecánico y del fontanero. Nunca imaginó que pudieran tener tanta actividad. Al poco tiempo de mudarse comprendió por qué se habían ido los antiguos inquilinos. Los ruidos eran atronadores y casi constantes. Afortunadamente, el se pasaba la mayor parte del día fuera y rara vez le molestaban. Eran peores los perros. ¡Cómo aúllan por las noches!
Estaba llegando. A través del parabrisas observó descargar un camión, ¡otro más!, en la fontanería. Hierros alargados, tubiformes, mas o menos gruesos, que se doblaban vibrando iban saliendo uno a uno de su interior y se perdían en la garganta oscura del portón abierto. Dos operarios, que lucían el logotipo de la empresa en su camiseta sudada por el esfuerzo, los llevaban con desgana maldiciendo por trabajar en puente.
Accionó a distancia el mando del garaje. La puerta se abrió con el chirrido de las juntas mal engrasadas y un golpe seco final. Pensó en la comodidad de la tecnología, de su avance en el medio rural. Siempre se había imaginado pueblecitos serranos donde no existía el agua corriente y había que ir a buscarla a la fuente o sacarla del pozo; aldeas donde se iluminaban con velas o con lámparas de petróleo por las noches. Esos tiempos, afortunadamente, habían quedado atrás. Por lo que había oído, hasta el grupo de hippys instalados en el monte, cerca de un pueblo abandonado, contaba con paneles solares que les proporcionan la electricidad que necesitan.
Se bajó del coche con dificultad. El aparcamiento era bastante justo para el vehículo y un bordillo, de función desconocida, estorbaba a la hora de abrir la puerta. El primer intento fue un fracaso; con la misma fuerza que había tomado para levantarse, había vuelto a caer en el asiento. No sabría decir si era el contraste entre la luminosidad de fuera y la semipenumbra de dentro, del calor que sentía con el frescor de la casa, pero tenía una sensación extraña. Lo volvió a intentar haciendo fuerza con las manos regordetas en el chasis y en la puerta, esta vez con éxito. Mientras la puerta de la cochera se cerraba con otro estruendoso golpe, él salía al patio por una puerta lateral.
Era sorprendente como se conservaba la tradición romana en las casitas del sur. Aunque muchos ignorantes señalaban a los musulmanes como los creadores del llamado patio andaluz, estos no hicieron más que perpetuar las construcciones de los romanos. Eso decía uno de los muchos libros de arquitectura y arte que repartió, por gentileza de los laboratorios, entre los médicos de su zona. Además, igual que estaba seguro de donde estaba la torre de la iglesia con sus nidos de cigüeña que salía en una de las fotos principales, también estaba convencido de que su patio era el de una foto pequeña en la esquina de una de las páginas. Tenía que ser su higuera.
Una higuera enorme ocupaba casi toda la superficie del patio con su tronco que difícilmente abarcarían siete personas. Las ramas con sus hojas grandes y gruesas sobresalían por encima de los tejados y proporcionaban sombra y hogar a cientos de pájaros. Era responsable de que la temperatura fuera más soportable y también de los múltiples higos secos, picados, maduros o no, llenos de hormigas, que salpicaban el patio, de las deposiciones de los pájaros y quizás lo peor, de la presencia de roedores incapaces de resistir la tentación de tan suculenta despensa. Las trampas y los venenos estaban estratégicamente distribuidos pero aún así, las noches que no podía dormir, se sentaba a oscuras con una escopeta de balines y esperaba. Cuando oía el ruido característico del roedor encendía una linterna en su dirección y disparaba. Hacía tiempo que dejó de contar el número de ratas y ratones que cazaba en esas noches. Por si fuera poco, la araña roja hacía estragos en el pueblo por estas fechas y el ayuntamiento acababa de fumigar, con lo que multitud de insectos formaban una capa oscura en el suelo del patio que tendría que barrer. El olor del pesticida era insoportable.
Atravesó el patio sin poder evitar el crujido de los insectos aplastados por sus zapatos. Intentando no pensar en el asco que le producía esa sensación llegó a la puerta lateral de su vivienda. Antes de entrar restregó los pies en el parterre para quitarse los bichos pegados en las suelas. Abrió la puerta, cerrada con llave, y pasó al interior. Era una casa fresca y no pudo evitar un pequeño estremecimiento.

El rubio
Todo iba mal. No podía suceder. ¿Dónde se había metido? ¿Tendrán que ver las furgonetas? Pensaba mientras iba recibiendo informes sin hacer caso a la gitana que le estaba leyendo la mano.
- ¡No pude ser! ¡Le hemos perdido!
Aparta a la gitana que sigue erre que erre intentando sacarle algo más de dinero. Mientras da órdenes en voz baja a través del imperceptible micrófono, se sube al coche de caballos.
- Hay que poner localizadores en esas furgonetas antes de que se vayan. No podemos dejar ningún cabo suelto.
No tuvo tiempo para reaccionar. El primer golpe fue en la cabeza cuando el caballo salto hacia delante; lo amortiguó el asiento acolchado. El caballo galopaba despavorido sin que el conductor logrará hacerse con el control. Los ojos parecían querer salirse de sus órbitas y piafaba al tiempo que resoplaba. En la primera curva casi vuelca el coche; en la segunda el cochero perdió el equilibrio y las riendas; a duras penas pudo sostenerse en el pescante.
El turista rubio, con una frialdad insospechada, se agarraba firmemente a la capota con una mano; su cuerpo oscilaba y saltaba al ritmo de la infernal carrera pero se mantenía en su sitio, no como el pelele del cochero que parecía a punto de salir despedido. Con cuidado sacó un guante de uno de sus bolsillos. No pudo reprimir una maldición; era de la mano equivocada. Lo volvió a guardar para extraer el correcto y llevárselo a la boca; sujetándolo con los dientes fue capaz de ponérselo. Acto seguido, echó mano a la hebilla del cinturón, que le daba un aspecto informal al traje elegante que vestía, desabrochándola.
- Mira por donde - pensó- vuelvo al rodeo.- Entre saltos y tumbos, una mano en la capota y otra en la hebilla esperó el momento oportuno.
El fin era inminente; el coche estaba totalmente descontrolado y si no se estampaba contra el muro que se avistaba, cada vez más cerca, al final de la arboleda lo haría en el cruce de la avenida cuyo semáforo en ese momento acababa de cambiar. El cochero rezaba en voz alta y pedía ayuda a todos sus antepasados.
-¡Salte!- Gritó al cochero.
-¡No! ¡Eztá loco!
-¡Salte si no quiere morir, maldita sea! – Ya no fue un grito; fue una orden ineludible, una orden que no admitía réplica.
Tal vez el tono de la voz, tal vez el tremendo golpe de la rueda de madera contra el bordillo de la acera, que además de elevar el coche varios metros, la hizo astillas; tal vez el gesto del rubio lanzando algo hacía arriba y delante, o simplemente porque le fallaran las fuerzas, el cochero salió despedido aterrizando malamente en lo que hubiera sido el césped del paseo si hubiese estado regado. Rodó y rodó como un muñeco de trapo hasta dar con sus huesos en el muro. Allí quedó tendido sin moverse preguntándose si seguía vivo o ya estaba muerto.
Justo a tiempo. En el momento que lanzó la hebilla hacia la rama del árbol, apenas veinte metros antes del muro, la rueda se destrozaba en mil pedazos contra la acera elevando el carro al romperse las sufras y golpear las varas con violencia extrema el suelo. Como si estuviera en un trampolín saltó hacia delante mientras sujetaba con la mano enguantada la fina cuerda que se había desenrollado al tirar la hebilla enredada ahora en la rama del árbol. Los viandantes hubieran podido creer que estaban viviendo un episodio de Tarzán al observar como el rubio trajeado describía un arco perfecto en el aire al tiempo que la carretela pasaba a milímetros de su espalda para luego, como si estuviera colgado de una liana invisible, deshacer el camino recorrido. El coche, tras dar una vuelta de campana, se reventó contra el suelo en grandes trozos que continuaron avanzando y girando en distintas direcciones. El caballo, libre de sus ataduras y espantado aún más por el ruido, redobló su galope atravesando milagrosamente el cruce y provocando un par de colisiones entre los automóviles que circulaban en aquel momento. El ruido de los herrajes y de la madera deshaciéndose amortiguaron el crujir de la rama del árbol al partirse en dos como si la hubieran cortado con una sierra eléctrica. El turista rubio apenas trastabilló al tocar el suelo. Con calma inusitada recogió la hebilla del suelo, con un movimiento imperceptible accionó un mecanismo que recogió el cordón y volvió a situar, sin ninguna dificultad aparente, la hebilla en su sitio. Mientras se sacudía los pantalones y se arreglaba la chaqueta daba instrucciones para que le recogieran. Todo había sido muy rápido. Cualquiera hubiese dicho que sólo era un viandante más que pasaba por allí.

La “serillera”
La cerillera es una anciana muy especial.
Al verla de lejos diríase que asemeja un rectángulo azul rematado con un pañuelo negro. Al acercarte podrás ver debajo de ese pañuelo las arrugas profundas de su cara, que pareciera llegaran al hueso; los ojos grises, vivos, luminosos, irradiando una energía que contradice el resto del cuerpo; el labio superior donde despunta una pelusilla blanca; la nariz grande con una verruga y dos pelos; su delantal azul chillón bajo el que se oculta un riguroso luto; sus zapatillas de felpa negra que resisten todas las estaciones del año; la chapa ovalada prendida de su pecho, lucida con el orgullo de un general, grande y dorada, con una leyenda y unos números; su tenderete ambulante, tan sencillo como un maleta en un armazón de tablas con unas correas para podérselo colgar, donde en filas ordenadas se disponen las cajetillas de tabaco, los puritos con boquilla y los farias, mecheros y cerillas de madera, encargos como aquel paquete de captain y el otro de gravina, librillos de papel para liar tabaco, bolígrafos desechables azules y rojos, pañuelos de papel, bolsas de pipas de girasol y de calabaza, caramelos, chicles y regaliz.
Desde que recuerdo, se sienta en los escalones de la entrada utilizando la puerta cerrada como respaldo; allí todos los días permanece desde primera hora de la tarde hasta poco antes del cierre. En los días que llueve o hace mucho frío la dejan estar en el interior, detrás de la puerta cerrada, pero ella prefiere su sitio en la calle con una manta por encima de las rodillas. En ocasiones viene cargada con varias bolsas llenas de cartones de tabaco que le guardan en el bar y una silla de madera plegable para sentarse.
También lleva décimos de lotería colgados de pinzas de tender la ropa sujetas a los tirantes del delantal.
Si te fijas, verás que entre todos los números nunca le falta el sesenta y cinco. No te extrañe; desde que fue premiado unas Navidades, la fama de la cerillera corre pareja a la del bar. El camarero le compró unos billetes como favor e hizo participaciones. Unas las vendió; otras las regaló a sus amigos y aunque la lotería no toca si no se paga, las reglas tienen su excepción. Tocó. Salimos en todas las televisiones. Fuimos famosos unos días. Encontrábamos banqueros en todos los rincones buscando clientes, que no les faltaron, porque fue un premio muy repartido en una zona sumida en una profunda crisis económica, después de haber tenido que arrancar olivos y viñas centenarias por no sé qué política comunitaria. Muchas familias tuvieron que emigrar entonces. Ahora vuelven en vacaciones; la mayoría en verano con sus niños -"El aire zano del campo que le zienta muy bien al dezarrollo"- unas pocas en Navidad para pasarlas con sus padres ya ancianos. Casi todas ellas fueron agraciadas. Todavía hoy hay muchos que le piden el número, por eso lo tiene. Además, tiene fama de buena mano y de dar suerte porque reparte premios menores o mayores con frecuencia.
Se ha convertido en una institución del pueblo; no es raro oír hablar de "la serillera del bar" o "del bar de la serillera". Expresiones como "Quedamos en el bar de la serillera" para concretar encuentros o "No zé. Pregúntele a la serillera del bar que zeguro que ella le indica" para dar explicaciones a los turistas se han convertido en frases hechas.
Las malas lenguas dicen a sus espaldas que tiene una fortuna pero que la avaricia le puede desde que enviudó y por eso sigue con el tenderete, que un día -"¡Dios no lo quiera! Que yo no le deseo mal a nadie" - se va a morir y encontrarán millones en el colchón.
A mí siempre me ha parecido una mujer de carácter fuerte que no se mete con nadie ni permite que lo hagan con ella, educada y en el fondo de buen corazón, pero con una forma de hablar tan característica que no pocas veces provoca la risa o la incomprensión del que la escucha. No puede evitarlo; es su forma de ser.
Allí estaba ella, como siempre, sentada en los escalones del bar con el puestecillo apoyado en las rodillas. Tomando el sol como si el calor de la tarde no pudiera vencer el frío de los huesos.
-"Ya me lo dirás cuando llegues a viejo". "La edad es la peor enfermedad pero más malo es no llegar". Solía decir.

Sentimiento
Mientras la abrazaba un tropel de sensaciones le asaltaban, invadiéndole poco a poco.
Quizás fuera ese olor tan maravilloso mezcla de perfume y piel, tan delicado y cautivador que siempre le había permitido reconocer su proximidad incluso antes de verla; quizás el color blanco de su piel y el dorado de su pelo que le estaban rozando la mejilla y el cuello; o la cercanía de su orejita a los labios con los que susurraba las palabras más tiernas que de tarde en tarde se le ocurrían, intentando consolarla, y que le provocaban escalofríos; o tal vez fuera el estrecho contacto de su pecho firme y suave que le permitía continuar sus curvas mas allá de la mera contigüidad.
No podía evitarlo; siempre había estado enamorado de ella. El día que la conoció, como si de una aparición se tratara, una especie de explosión veló todo a su alrededor iluminando su sonrisa y sus ojos azules; ella era lo único que existía; fueron unos segundos dulcísimos que le parecieron una eternidad y que acabaron abruptamente, como si se hubiera caído de un árbol. La cara de bobo que se le quedó fue la risa del corrillo de amigotes y del sonrojo mutuo.
Lamentablemente para él, antes casi de terminar las presentaciones, ella le dijo que estaba comprometida desde hacia tiempo, que estaban buscando piso,... en definitiva sin decírselo directamente le indicaba que no se hiciera ilusiones. Ni si quiera lo consideró como un jarro de agua fría, mas al contrario, le gustó su manera de abordar las cosas de cara, sin dilaciones. Raro sería que una chica así no tuviera pareja. Pero no tenía nada que hacer.
Fueron momentos duros para él. Consiguió con mucho esfuerzo enterrar sus sentimientos pese al inevitable trato diario. Trabajando más de lo necesario, tonteando con unas y otras, saliendo con esta y con aquella, logró superarlo; incluso empezaron a salir en grupo cada uno con su pareja.
Era evidente que al chico de ella no le hacía gracia que con el paso del tiempo hubieran forjado tal grado de compenetración y de amistad como la que tenían; sin embargo, tampoco consideraba a Miguel una amenaza para su relación. Ciertamente no lo era. Miguel había asumido la situación y se encontraba muy a gusto. Sin proponérselo Juliana y él congeniaban perfectamente; mas de una vez decían lo mismo al mismo tiempo y se desternillaban; o se pasaban horas jugando en una máquina de pin-ball, juego que les encantaba pero que a sus respectivas parejas aburría soberanamente; pulsando cada uno un mando y con un poco de suerte empezaban a conseguir partidas, una tras otra, hasta que se cansaban y se las regalaban a alguien. Sin darse cuenta se convirtieron en confidentes; de una forma natural se contaban sus problemas y preocupaciones con la seguridad de que el secreto de uno era el secreto del otro. Siempre estaban dispuestos a prestarse ayuda mutuamente sin necesidad de requerirla y formaban un gran equipo de trabajo.
Miguel nunca se planteó por qué su relación no era tan satisfactoria con otras chicas o por qué se contaban cosas que ni a sus propias parejas confesaban; le parecía algo normal. Consideraba fascinante tener una amiga como Juliana; de hecho estaba convencido de que la definición de amistad era una palabra: Juliana. Y estaba feliz y seguro de ello; hasta hoy.
El se vino al pueblo, donde tenía un piso de soltero, para hacerse cargo temporalmente de unos asuntos familiares. No había nada que le atara; sus noviazgos no habían prosperado; ninguna chica le había conquistado y estaba harto de las tonterías de la última. Juliana seguía con su vida y últimamente se veían menos; acababa de volver de un viaje a Canarias y en unos días partiría hacia el Mar Rojo.
- “Te vas muy lejos” – Le había dicho ella con cara de pena.
- “La distancia de una llamada, ven siempre que quieras. Sólo tienes que preguntar por Miguel “el chico” en la tahona del pueblo o a la cerillera”.
Al tiempo que Revolver firmaba su “Rendición”, le apuntó el teléfono en una servilleta del pub donde se tomaban una cerveza aquella tarde, con la certeza de que nunca vendría; con el dolor de la separación definitiva.
Se equivocó. Ahí estaba ella. Refugiada en su amistad, en su piso, en su dormitorio, entre sus brazos. Llorando como una niña en su hombro. Aflorando con sus sollozos lo que tanto tiempo y esfuerzo le había costado enterrar. Ofreciéndole la ocasión que nunca tuvo.
- ¡No, no puedo traicionar así su amistad! ¡Soy un caballero! ¡Soy un jilipollas! ¡Es mi amiga! ¡Ahora tengo la oportunidad! ¡Pero no es el momento, está destrozada, ella le quiere! ¡Pero acude a mí! ...-
Mientras ella se iba serenando poco a poco él tomó una decisión: Haría lo que fuera para que se quedara con él. Ni podía ni quería seguir luchando contra sus sentimientos. Sabía que era la mujer de su vida y ya no había nada que le impidiera batallar por su amor. Le sorprendió que en ese momento Revolver estuviera cantando “Si es tan sólo amor”.

Los hippys
El silencio embarazoso que siguió a la llegada del viajero sólo era interrumpido por el desgranar inconexo de notas en la guitarra y algún que otro comentario jocoso de los jóvenes seguidos de risas. El par de cigarros iban avanzando en sentido opuesto pasando de mano en mano con mucha parsimonia; entre calada y calada, se elevaban volutas espesas y aromáticas. Un aroma que al viajero le pareció muy próximo al gusto de la bechamel de sus croquetas. Un gusto muy diferente al de la ensalada elaborada con los ingredientes del huerto que sin duda tenían; no le extrañaría que fuera algún eco-cultivo tan de moda actualmente pero que sabía se realizaban desde al menos una veintena de años atrás. El vino, basto en la boca, le calentó el estómago inmediatamente y facilitó el paso de las croquetas y del pan elaborado artesanalmente en horno de leña, como mínimo la semana anterior. Le fascinó el cambio de gusto que experimentaba la miga endurecida cuando la mezclaba en la boca con un poco del vino haciendo ambas cosas agradables al paladar y el sabor del aceite tan diferente en esta zona dedicada casi en exclusiva a su producción. La caminata le había dado hambre y la cena fue reconfortante, como una inyección de energía sencilla y sabrosa; no tardó en dar buena cuenta de ella.
- Delicioso. ¿La cultiváis vosotros?
- Si, las verduras son de nuestro huerto. Totalmente naturales, sin abono ni pesticidas.
Contestó uno de los hombres sentados al lado de la otra mujer. Vestido con una especie de camisa hawaiana abierta, pantalones cortos y sandalias, melena rizada hasta los hombros pero afeitado; con unas gafas redondas que junto a la guitarra que colgaba de su hombro hacían inevitable el recuerdo de Lennon.
Apoyando el brazo izquierdo sobre el mástil de la guitarra dio una larga calada al cigarro que le acababan de pasar, iluminándole temporalmente la cara mientras la gafa reflejaba la luz dando a sus ojos una apariencia terrorífica.
- Lo he notado; por eso me extraña que los picoletos hayan permanecido indiferentes a las croquetas.
- Vienen de tarde en tarde para comprobar si hay alguien nuevo y comprobar su identidad. No nos molestan como nosotros no les molestamos. Saben que hemos establecido aquí una pequeña comunidad basada en una economía de subsistencia. Lo que cultivamos es para cubrir nuestras necesidades y nunca sobra nada. Cuando necesitamos algo de dinero, vendemos manualidades y artesanía a los turistas. Además no olvidan nuestra labor social de poblar esta zona que si no permanecería desierta. ¿Tienes problemas con los guardias?
La mujer habló al tiempo que tomaba el cigarro que le pasaba el guitarrista. Era enjuta, de pelo claro, con una camiseta blanca de cuello cuadrado colorido, alegrada por unos bordados arabescos, que le llegaba hasta la pantorrilla. No se podría decir que sus piernas desnudas terminasen en unos pies calzados.
- ¡No, no, que va! Soy senderista. Estoy haciendo la “ruta de la veleta” aprovechando el puente, pero he calculado mal el tiempo que me llevaría y mis fuerzas. No creí que tuviera cuestas tan grandes este camino. Al pasar por el pueblo, he visto la casa cuartel y por eso mi pregunta. La verdad es que os estoy muy agradecido porque se me ha echado la noche encima y caminar a oscuras es muy complicado.
- En el plano el camino parece más fácil, de esa manera se anima a los turistas. Sin embargo, no parece que de resultado y de forma esporádica aparece alguno, que normalmente empieza la ruta cuando sale el sol y llega aquí a la hora del aperitivo. Tu te has retrasado mucho.
- Sí; salí por la tarde con la esperanza de pasar la noche en Aldeavieja y terminar el trayecto mañana.
- Te quedan unos tres kilómetros. Aquí estarás mejor. Al menos, será más difícil que te pique un escorpión. Allí no queda nada; sólo piedras, escorpiones y morgaños.
- ¿Pero no estaba la Comunidad rehabilitando el pueblo?
- ¡Nosotros somos el equipo de trabajo! – Intervino uno de los jovencitos.
- ¡Vamos a convertir Aldeavieja del Trabuco en Pueblonuevo del Fusil! – Añadió otro. Las risas de sus compañeras se dejaron oír.
- Con el ritmo de trabajo que mantenéis, mucho será si se acaba el aljibe. –Replicó la mujer con cierto enojo.
- Ya sabes que sólo tenemos una carretilla, que con las cuestas se necesitan dos personas para empujarla, que las herramientas parecen de la época de los romanos,...
- Bueno, bueno, todas conocemos vuestras excusas.
- Ahora a los hechos se les llama excusas. En fin, a vosotros os viene bien porque mientras mas tiempo estemos mas subvenciones recibís. – Añadió una de las jovencitas, delgada, morena, con el pelo ensortijado y la nariz respingona.
- Querrás decir que recibiremos y eso si tenemos suerte, que ya conocéis a la administración, paga tarde, mal o nunca. Además que no os renovarán el contrato indefinidamente. Raro será que os mantengan un par de meses. Siempre hay otras prioridades que atender más importantes que un pueblo desierto en medio de la nada.
- No seamos tan prosaicos que no va en nuestra manera de ser. Cuando nos instalamos aquí, sabíamos los que queríamos y ya veis todo lo que hemos conseguido con nuestro esfuerzo, sin necesidad de vendernos por unas monedas. –Dijo con voz muy fina el otro hombre mientras recibía el cigarro que le pasaba la mujer. Era calvo o tenía el pelo cortado al cero, sin barba, con una camiseta oscura muy ceñida de manga corta que destacaba los bíceps, pantalones cortos y deportivos con una banda fluorescente. Al llevarse el cigarro a la boca y exhalar el humo haciendo volutas redondas, le pareció apreciar al viajero cierto amaneramiento en su gesto.
- El aljibe está bastante avanzado y creo que lo podemos terminar a tiempo. Pensad lo bien que nos vendrá: Luz eléctrica y agua corriente en chalets individuales de tropecientos metros cuadrados, rodeados de vegetación en plena Sierra Campera. Necesaria alguna reforma. –Dio otra calada al cigarro antes de pasárselo al hombre de la linterna.
El viajero terminó el vino, adelantó un poco la bandeja para tener más espacio y apoyó la espalda en la mochila.
- Sin duda sois la brigada de trabajo más original que haya visto nunca. Hubiera jurado que erais estudiantes de excursión por estos pagos.
- Si y no. Estamos aquí por un convenio del Instituto de la Juventud con la Comunidad para la rehabilitación de pueblos abandonados y la potenciación de áreas deprimidas. A nosotros nos pagan el mantenimiento y unas dietas y a ellos les subvencionan por los materiales y el tiempo que nos tienen que aguantar. – La voz provenía de una de las chicas, morena, de cara redonda, con coletas y evidente sobrepeso que parecía estar haciendo nudos con unos hilos prendidos de un alfiler en su vaquero.
- Son peores que la marabunta. Se fuman nuestro tabaco, esquilman nuestro huerto, aprenden nuestras manualidades... –Bromeó el hombre de la linterna.
- Y nos quitarán las pocas ventas del verano. –Le respondió la mujer de pelo claro muy seria. – No deberíamos enseñar a la competencia.
- ¡Que cosas dices! Ellos nunca serán competencia nuestra y no hay nada mejor que difundir los conocimientos que se tienen.
- ¡Anda, toca la canción del gato, a ver si nos la aprendemos! –Interrumpió uno de los jóvenes.
Echándose hacia atrás y estirando el brazo cogió una guitarra que permanecía en el suelo oculta a la mirada del viajero. Comprobó la afinación dio una calada y le pasó el cigarro a su compañera.
Pronto los acordes de las dos guitarras acompañaban la canción coreada por todos:
“Me pondré triste como un sauce
el día que me llame Dios.
Palmeándome un hombro me diga
Venidme a ver donde estoy...”

19 enero 2006

Canciones de campamento


Inserto estas letras de canciones porque creo que van a formar parte de la historia aunque no en su totalidad.
Imaginaros una noche de verano estrellada, una fogata de campamento, un grupo de chavales alrededor, unas guitarras...

El 10 de Julio de 1984, Claudina y Alberto Gambino dedicaban esta canción a G. Brassans.

Testamento
Me pondré triste como un sauce
El día en que me llame Dios
Palmeándome un hombro me diga
Venidme a ver donde estoy
Entonces por cielos y tierra
Llanto y dolor yo guardaré
Ya me pregunto si los robles para el cajón están de pie
Si ahí que marchar al cementerio
La senda larga tomaré
Haré novillos a la tumba
La vida arrastras dejaré
Que el funebrero me regañe
Creyéndome loco de atar
Quiero partir al otro mundo
Alegre como un escolar
Antes de requebrar mis huesos
En los dominios de Plutón
Sueño con una boyerita
Para enredarme con ardor
Una vez más decir te amo
Perder el Norte una vez más
Y desojar un crisantemo
La margarita del dolor
¡Ojala mi viuda se alarme
cuando sepulte a su mitad!
Y que no apele a las cebollas
Cuando me tenga que llorar
Que ella se case, se lo ruego
Con otro tipo igual que yo
Que se aproveche de mis ropas
De mis pantuflas y el reloj
Con mi mujer puede acostarse
Y mi tabaco terminar
Pero jamás muerte de mi alma
Al pobre gato castigar
Aunque no tengo yo diez gramos
Ni de rencor ni de maldad
Si es que le pega al pobre gato
Del otro mundo volveré
Aquí termina una hoja muerta
Mi testamento terminó
Ya colocan en mi puerta
Cerrado está por defunción
Ya no me dolerán las muelas
Dejo la vida sin rencor
A la fosa común del tiempo
Y del olvido ya me voy.

Todavía hoy la recuerdo; me consta que guarda diferencias claras con la versión de P. Ibañez pero prefiero ésta aunque sea menos "literal".

Sin embargo, la canción que hizo furor en esa época era de Rubén Blades:

Plástico

Ella era una chica plástica
De esas que veo por ahí
De esas que cuando se agitan
Sudan Chanel number three
Que sueñan casarse con un doctor
Pues el puede mantenerlas mejor
No le hablan a nadie si no es su igual
A menos que sea fulano de tal
Son lindas delgadas de buen vestir
De mirada esquiva y falso reír.
El era un muchacho plástico
De esos que veo por ahí
Con la peinilla en la mano
Y cara de yo no fui
De los que por tema en conversación
Discuten que marca de carro es mejor
De los que prefieren el no comer
Por las apariencias que hay que tener
Para andar elegantes y así poder
Una chica plástica recoger.
Era una pareja plástica
De esas que veo por ahí
El pensando sólo en dinero
Ella en la moda de Paris
Aparentando lo que no son
Viviendo en un mundo de pura ilusión
Diciendo a su hijo de cinco años
No juegues con niños de color extraño
Ahogados en deudas por mantener
Su estatus social en boda o coctel
Era una ciudad de plástico
De esas que no quiero ver
De edificios cancerosos
Y un corazón de oropel
Donde en vez de un sol amanece un dólar
Donde nadie ríe, donde nadie llora
Con gente de rostro de poliéster
Que escuchan sin oír y miran sin ver
Gente que vende por comodidad
Su razón de ser y su libertad.
Oye latino, oye hermano, oye amigo,
Nunca vendas tu destino
Por el oro y la comodida
Nunca descanses pues nos falta andar bastante
Vamos todos adelante
Para juntos terminar
Con la ignorancia que nos tiene sugestionados
Con modelos importados que no son la solución
No te dejes confundir,
Busca el fondo y su razón
Recuerda se ven las caras
Pero nunca el corazón
No te dejes confundir
Busca el fondo y su razón
Recuerda se ven las caras
Pero nunca el corazón
Se ven las caras, se ven las caras, pero nunca el corazón
Estudia, trabaja y se siempre el primero, ahí está la salvación
Se ven las caras, se ven las caras, pero nunca el corazón
Del polvo venimos todos y allí regresaremos, como dice la canción
Se ven las caras, se ven las caras, pero nunca el corazón