25 septiembre 2007

La cofradia (V)

E.L.L.A.


El teléfono se estrelló contra el suelo, abriéndose la carcasa y rodando la pila por el suelo.
El ruido apenas fue capaz de sacarle del abismo en el que le habían sumergido las palabras del forense. Aunque intentó recomponer el inalámbrico rápidamente, sus movimientos le parecían ralentizados, como si el mundo hubiera empezado a girar a una velocidad muy superior a la suya; todavía tenía la boca abierta cuando alcanzó la carcasa y así permanecía cuando la pila, que huía vertiginosa, dio un giro inesperado y tropezó con su mano. Encajarla en su hueco fue otra eternidad. El crepitar de la comunicación restablecida y las voces desesperadas del interlocutor volvieron a sincronizar los universos separados en uno sólo.
- ¿Oiga? ¿Oiga? ¿Sigue ahí? ¿Oiga?
- Sí.
- ¡Estamos todos como locos! ¡Es increíble! ¡Pero lo hemos visto! ¡Lo hemos oído! ¡Lo hemos grabado! ¡Ni nosotros lo podemos creer todavía...!
- ¡Tranquilizesé!
- ¡Sí, sí! ¡Y yo que pensaba que el loco era usted cuando me pidió que le avisara si sucedía algo así! ¡Y encima me ha estado dando dinero para que no lo olvidara! ¡Y luego dicen que los milagros no existen! ¡Y ahora soy rico! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡No me lo puedo creer! ¡Ya me veo en...!
- ¡Cállese ya! – La voz, tajante, surtió efecto.
- ¿Quién más lo sabe?
- Los dos ayudantes que están conmigo.
- ¡Reténgalos allí hasta que lleguemos y no toquen nada! ¡Adiós! – Ese patán es capaz de echarlo todo a perder, pensó en voz alta mientras tiraba el teléfono a la papelera. Se dirigió al ordenador portátil para teclear un mensaje que el programa encriptó automáticamente y lo envió al tiempo que salía de la habitación repartiendo órdenes.
Casi instantáneamente, a muchos kilómetros de allí, un mensaje empezó a parpadear con insistencia en la enorme pantalla azul que colgaba de la pared:


"TENEMOS MAYORDOMO"


****


Un día más. Tan aburrido como el anterior y el anterior y el anterior. Dando vueltas con la furgoneta de reparto. Soportando el tráfico y los atascos de la ciudad. Tragando humo y contaminación. Desde este punto de la M-40 puedo ver la nube de smog que cubre la ciudad. La nube de smog... lo que le gusta a la gente cambiar las palabras, llamar a las cosas por el nombre que no son y recurrir a términos raros para darse un aire de solvencia que rara vez se corresponde con la realidad, y que, más a menudo, oculta la gran ignorancia que poseen, o sus intenciones de engaño. La nube de smog... una boina de polución que se hunde hasta el entrecejo de la gran ciudad. Lo que daría por estar con mi caballo paseando por el campo, respirando el aire puro impregnado de los olores de la naturaleza, en vez de estar aquí, dando vueltas sin sentido, a la caza de transmisiones que puedan ser útiles a la defensa del estado. Al menos esa fue la justificación de la orden recibida de la autoridad al mando, antes de que desapareciera hace mas de un año. Desde entonces es como si se hubieran olvidado de nosotros, aunque la nómina sigue ingresando a fin de mes y los fondos de los que disponemos para nuestra actividad siguen manteniéndose, como una rutina más dentro del engranaje. Los expedientes se van acumulando sin que nadie se ocupe de ellos y nosotros aquí. Una unidad de elite en medio de los atascos. Aquí, con cuatro de mis hombres expertos en comunicaciones y mil cosas más, dando vueltas en una furgoneta de reparto, capturando infidelidades de personajes notables, descubriendo vicios ocultos y pasiones que serían la fortuna de los programas del corazón, descubriendo las vilezas del relumbrón y la suciedad del poder, del poder realmente poderoso, del poder oculto que maneja los hilos y no duda en perpetrar los peores crímenes para alcanzar sus objetivos más nefandos, del poder ajeno al imperio de la ley. Mi unidad es una barrera más frente a sus desmanes o al menos eso es lo que creemos y por lo que luchamos. Una unidad autosuficiente, desconocida. Siempre en el filo. Siempre con el riesgo de ser borrada, de ser una necrológica más en las páginas interiores de algún diario. Nadie nos echará en falta. Mi unidad no existe. ¿Y si no existimos qué hacemos aquí?
Algo me sacó de mis pensamientos.
- ¿Qué sucede? – Una voz me contestó desde la parte posterior.
- No sé. Ha desaparecido. Ha sido muy rápido, pero ha entrado con mucha fuerza. Debemos estar cerca.
- Mantengan la frecuencia. Avisen a los equipos B y C para triangular si se repite.
- ¡Hecho! – Contestó una voz femenina.
- ¡Pues a esperar!
No tuvimos que aguardar mucho tiempo antes de que los aparatos empezaran a trabajar de nuevo.
- ¡Informe!
- ¡Uf! Un momento. Sin duda última tecnología. No es un móvil corriente. No. Tiene sistemas de encriptación y ocultación muy avanzados, que parecen cambiar continuamente. ¡No he visto nada igual antes! ¡Juraría que tiene un fallo y por eso lo hemos detectado! No va a ser fácil descifrar la señal...
- ¿Localización?
En segundos, las otras unidades están procesando los datos.
- "....Estamos..."
- "...Locos..."
- ¡Mierda! ¡Se pierde! ¡A ver con este filtro!
- "...---...---..."
- ¡Vamos bonita!
- ¡Hago lo que puedo, guapo!
- ¡Le decía a la maquina, presumida!
- ¡Qué simpático!
- ¡Señores a lo que estamos!
- "...---:::---...:::--- Luego ---...:::"
- ¿Eso es todo lo que sabes hacer, guapo?
- Dame tiempo y verás las maravillas que hago con mi herramienta.
- "::===::...___---===:::...---...---===:::..."
- ¡Tenemos la localización!
- ¡Bien! ¡Vamos para allá! ¡Protocolo H! ¡Qué los equipo B y C procedan!
- "...---...---===---:::...:::----...---===...:::--- Adiós."
- ¡Ha cesado la transmisión!
- ¿Podrá descifrar el mensaje?
- Va a ser imposible. Ha durado muy poco y la encriptación cambiaba continuamente con lo que no tendremos una pauta certera. No obstante, esta maravilla ya está trabajando en ello. Le mantendré informado.
Bien, bien. ¿No quería entretenimiento? Pues aquí tengo dos tazas. ¿Quiénes serán? Última tecnología, casi indetectable e indescifrable ¿americana, japonesa? Desde luego, su proceder no es corriente. Merecerá la pena echar un vistazo. ¿Qué querrán ocultar? ¿Estamos, locos, luego, adiós? Un sin sentido hasta tener más datos. Al menos tendrá su utilidad. En el portátil escribo el nombre del nuevo expediente:
E.L.L.A.


El anatómico forense


- Hemos llegado. Los equipo B y C tomarán posiciones en cinco y diez minutos.
- Procedimiento habitual. Permanezcan en espera. ¿Sabemos ya a quién pertenece el inmueble?

- ¡Visto! Está a nombre de la constructora Cementown. -


Un equipo estupendo. Saben perfectamente lo que hacer en cada momento sin necesidad de estar encima de ellos. La voz femenina continua dando información.


- Puede que hayamos dado con algo. Cementown: una de las grandes, con contactos en todas las organizaciones políticas y siempre presente en los grandes movimientos de capitales de este y otros países. Sorprendentemente, nunca se ha visto involucrada en escándalos urbanísticos o de corrupción en contratas públicas. El presidente nacional es poco conocido fuera del ambiente empresarial y no aparece en la prensa rosa. Tampoco le ha dado por comprar un equipo de fútbol. No le debe hacer falta para medrar.


- Bien. Bien. El lugar promete. Está perfectamente comunicado, con un par de vías de escape rápidas en una zona muy tranquila. Un gran muro, que sin duda oculta una mansión exclusiva, rodea toda la finca. La seguridad es impresionante, digna de un jefe de gobierno: Las lanzas que coronan el muro están electrificadas, tienen volumétricos cada pocos metros, cámaras de vigilancia permanente, hasta el clásico letrero de una empresa de seguridad junto al de ¡cuidado con el perro! Para sí la quisieran muchas embajadas.


- ¡Atención! ¡Se abre la puerta del garaje!

Deslizándose sobre el raíl, la puerta se abre como si fuera tragada por el muro. Un vigilante, del tamaño de un armario, sale y parece comprobar el tráfico de la calle. Otro, de su mismo tamaño, se coloca al lado de la puerta. El primero hace una señal con la cabeza que repite el segundo. Acto seguido una lujosa ranchera negra, de cristales ahumados, se precipita a la calle con un desagradable chirrido de sus neumáticos. Inmediatamente desaparece el segundo vigilante; el primero espera hasta el último momento, justo antes de que la puerta le pudiera partir en dos.


- ¡Vamos! ¡No los pierdas! ¡El equipo B que vigile el lugar! ¡El C que nos acompañe!


Ha sido un impulso. Tengo curiosidad por saber a donde se dirigen. Quizá no sea nada, pero esa salida tras una llamada es sospechosa. Aunque tenemos un gran conductor, la furgoneta no puede pasar desapercibida con facilidad, así que hemos de turnarnos con el equipo que todavía está en la autovía.
Nos volvemos a sumergir en el denso tráfico de la M-40. El seguimiento parece realizarse sin dificultad. No les importa el límite de velocidad, ni siquiera la disminuyen en el radar fijo, cambian de carril constantemente sobrepasando a todos los vehículos. ¿Por qué tendrán tanta prisa? Da igual, no podrán esquivar la retención que hay un par de kilómetros más adelante.


- ¡Atención! ¡Toman el desvío de la M-30!
- ¡Equipo C! ¡Son vuestros!
- ¡Los tenemos!


***


Nunca le habían gustado los hospitales. El olor a desinfectante que satura un ambiente ya de por sí excesivamente cargado, las papeleras asquerosas rodeadas de restos de bebidas, la gente amontonada en la sala de espera... Le parecían el lugar ideal para contraer lo que uno no tiene: una enorme incubadora de gérmenes.
Esa misma sensación tuvo al entrar en el viejo pabellón que albergaba las instalaciones del anatómico forense.
El patán del forense hablando sin cesar, como en una carrera sin fin de palabras y frases, les precedía, excitadísimo, a través de fríos pasillos mal iluminados y de estrechas escaleras con olor a humedad que conducían a la morgue y a la sala de autopsias.
Por fin llegaron.
El forense abrió la puerta con el hombro y entró con la naturalidad del que se encuentra en su terreno; sujetó la puerta con la espalda mientras dejaba pasar a sus acompañantes y continuó pasillo adelante, entre cámaras frigoríficas, hacia la sala del fondo. En lugar del desagradable olor a descomposición y formol que esperaba, se extendía un suave aroma a rosas que aumentaba de intensidad a medida que se aproximaban a la siguiente habitación y que, poco a poco, parecía penetrar por todos sus poros, como una sensación de paz y bienestar que estuviera enfrentada a su disposición de ánimo.


- ¿Lo notan? - Preguntó el forense mientras les sujetaba el último batiente.
- No es ningún ambientador, no. ¡Es el cuerpo!


Allí estaba.


En el centro.


Sobre una mesa de Mayo.


Sobre una bandeja plateada.


Mirándoles sin pestañear.


Con barba de varios días. El pelo negro, peinado con raya a la izquierda, sobre las orejas. La nariz prominente. Los labios agrietados y un poco separados dibujando una medio sonrisa que parecía burlarse de los recién llegados. Un aparatoso trípode soportaba una pequeña cámara que le grababa de forma automática. Ningún movimiento alteraba la expresión de su rostro.


Despacio, dio una vuelta alrededor de la cabeza observándola con admiración. El grifo del lavadero goteaba con lentitud cansina. Más allá se oía, mudo, el trasteo de instrumental sobre las bandejas.


- ¿El cuerpo? - Preguntó señalando hacia ese lugar.
- Sí. Estamos terminando la autopsia...
- ¡Le dije que no tocarán nada!


De un brinco se precipitó sobre la primera cortinilla que ocultaba una camilla vacía. Con desesperación la empujó a un lado para descorrer la siguiente que parecía querer enredarse entre sus brazos, antes de dejar ver a dos hombres con pijama quirúrgico, botas de agua, delantal plástico y guantes de goma, que se reclinaban sobre un cuerpo descabezado.
El más cercano se volvió al escuchar el ruido dejándole ver lo que estaba haciendo el segundo.


- ¡Noooooo!



Vigilancia


Sentado sobre un taburete, agarrado a una taza de café, rodeado por el humo de mi tabaco, sorbo lentamente una copa de anís y garrapateo en una libreta.
El sabor recio de las sales alquitranadas me llena la boca mientras el café caliente forma una extraña mezcla con el licor dulzón, irritando suavemente el esófago antes de caer en el estómago como una patada que me recuerda el motivo de mi regreso a casa. Nada mejor para sustentar esta farsa de escritor que un nuevo libro en ciernes.
"Ahora que el tiempo pasó puedo contar los escalofriantes sucesos..."
Escribo parafraseando al desconocido autor del último relato que leí. Mientras, Faroles termina de pulirme los zapatos por tercera vez. Cuando escribo guarda silencio:
"Ziento musso respeto por la creasión artística". "Yo también zoy un artista de lo mío".
Así que escribo al ritmo de su gamuza. Nunca he sido hombre apasionado por las letras pero el destino quiso que me tuviera que infiltrar en un poderoso círculo editorial corrupto. Para ello, tuve que escribir un relato:
"No hay presupuesto". "Hazlo tú mismo." Me ordenaron.
En fin, gané el certamen amañado, me infiltré y descubrí los entresijos de la organización con la misma rapidez que aumentaban las ventas del libro hasta situarlo entre los diez más vendidos. Tal éxito me obligó a escribir la segunda parte del relato al tiempo que desarticulábamos toda la banda y oficialmente el círculo editorial quebraba. El resto de editoriales, en una especie de subasta, pujaron por los derechos como gaviotas sobre despojos. El libro lo publicó el mejor postor y duplicó las ventas del primero. Así que, sin quererlo ni pretenderlo, me encargaron una tercera historia.
"A la gente le entusiasma las trilogías".
Debo reconocer que no es la tapadera ideal pero me permite estar aquí y ahora, sin levantar sospechas mientras actúo como un escritor excéntrico y medio chiflado que se puede pasar toda una tarde en el bar, rompiendo hoja tras hoja antes de escribir dos líneas. Por otra parte, el sobresueldo compensa con creces las molestias.
Doy una larga calada. El humo me envuelve y lentamente desciende. Paladeo el anís. Faroles da su trabajo por terminado. Le doy una buena propina que agradece con alegría. He de tener contentas a mis fuentes aunque ignoren su condición.


"Ahora que el tiempo pasó puedo contar los escalofriantes sucesos..."


No.


No creo que pueda narrar los sucesos acaecidos en el anatómico forense. Al recordarlos todavía se me ponen los pelos de punta.


Cierto que no fueron comparables con la crueldad de las matanzas entre los Utus y los Tutxis, ni con las masacres de Yugoslavia.


No. No tuvo nada que ver.


La muerte no deja de serlo, aún en sus formas más execrables que sólo demuestran la maldad yacente en el ser humano.


Cuando has visto tantas formas de morir, tantos muertos a tu alrededor, llega un momento en el que la muerte se integra en tu vida como un elemento cotidiano más.


No.


En el anatómico la muerte no era un elemento más.


No.


En el anatómico la muerte no era ningún elemento.


En el anatómico la muerte...


¡Estaba presente!