15 noviembre 2009
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24 julio 2009
Los Eagles en Madrid (III)
No podía estar más equivocado. La segunda parte fue todo un derroche de energía y buen hacer.
Comenzaron románticos: Amparados por un silencio casi religioso ejecutaron el “No more walks in the wood” con perfección absoluta, siguieron el “Waiting in the wheels”, “No more cloudy days” y la balada de Timothy B. Schmit “Love will keep alive” que presentó atentamente diciendo que era un muestra de su amor hacia España.
“Take it to the limit” dio paso – a estas alturas puedo estar totalmente equivocado en el orden – a “Long road out Eden”, “Somebody”, “Walk away” y “One of these nights” para llegar al “momento Joe Walsh”.
Es verdad que si la banda tiene un espíritu jovial y divertido es el que da éste virtuoso de la guitarra pero a mí, francamente, es la parte que menos me llega. Su rock que, por las casi delirantes imágenes de la pantalla, podría acercarse a la psicodelia, con pinceladas que nos llevan a pensar en las costas soleadas de California y en jóvenes surferos, rompe de cierta forma el tono de la banda, pero a cambio le da una frescura diferente: es el momento de la diversión, de la juerga a la que complacido se apunta Glenn.
“Les presento la canción del siglo. Espero que les divierta tanto como nos entretiene a nosotros”, proclama en inglés Joe, luciendo una gorra con una cámara incorporada para presentar “Life’s been good”, a la que sigue una rotunda crítica a la prensa amarillo-rosada “Dirty laundry” y “Funk 49” con maravillosos solos de guitarra, de esos que ya no se escuchan.
Más adelante Glenn Frey presentó a los músicos que los acompañaban, empezando por el ya mencionado Stuart Smith, la sección de vientos, dispuestos sus cuatro integrantes en formación a la derecha del escenario y al fondo, la percusión y los teclados. Todos ellos magníficos.
Presentó a Joe Walsh mientras este corría por el escenario, como en un intento de esconderse, y luego a Timothy B. Schmit que, cuando los aplausos se lo permitieron, tomó la palabra para disculparse en español de tener que usar el inglés para presentar a un artista, un músico que toca la guitarra, el piano y no recuerdo cuantas cosas más, “the master”... Glenn Frey. Cuando el público le dejó, Glenn tuvo el honor de presentarnos a “un músico, creador de grandes canciones, a su amigo Don Henley”. El público se volcó en vítores y aclamaciones mientras saludaba.
Tuve la sensación, tal vez por la postura o la expresión de su cara, o tal vez porque el resto de la banda se mostraba más cercana, de un cierto distanciamiento, como un estar por encima de todos ustedes y tal vez de todo. En fin, son ideas raras que a veces me asaltan y que las más de las veces se explican con mi imaginación y algún malestar físico del protagonista.
Sensación que olvidé inmediatamente porque si el interés decreció algo fue para volver a aumentar hasta el máximo con los acordes de “Heartache tonight” y “Life in the fast line”.
No sin antes hacer un bis: la emblemática “Take it easy” y “Desperado”, con la que Don Henley demostró cuan equivocado estaba con mi apreciación inicial, fueron el remate de un insuperable concierto de tres horas.
En fin, allí se congregó una muchedumbre de doce mil personas totalmente entregadas dispuestas a decirles: tocadme lo que queráis porque soy vuestra.
Posdata:
¿Alguien escuchó "Rocky mountain way"?
23 julio 2009
Los Eagles en Madrid (II)

Don Henley y Glenn Frey con un corte de pelo casi militar – ¡quién los vio y quién los ve! –
y Joe Walsh que mantenía el pelo largo y un aspecto engañosamente formal.
La quinta guitarra, algo más separada en el extremo derecho, no la portaba Don Felder pero el desconocido tuvo una actuación soberbia. No fue hasta que presentaron al grupo que me enteré de su nombre: Stuart Smith.
Otra canción del último trabajo y una más para dar paso a un preludio de trompeta que avisaba del emblemático tema coreado por todo el palacio: “Hotel California”.
Mientras el público se deshacía entre vítores y aplausos no pude evitar preguntarme si Don Henley conseguiría llegar al final del espectáculo y las condiciones en las que estaría al día siguiente.
Noté –posiblemente fuera el único – que en ocasiones se le quebraba la voz con un punto de afonía, pero debió ser una saliva inoportuna porque el resto del concierto estuvo espléndido.
Si algo ha caracterizado siempre a los Eagles es tanto su maestría a la hora de tocar los instrumentos como la prodigiosa armonización de voces que les permite dejar al espectador maravillado con sus temas “a capella”.
No recuerdo en qué momento Glenn Frey hizo el esfuerzo, siempre de agradecer, de dirigirse en español para dar las gracias y decir que les hemos tratado muy bien y que somos muy simpáticos...
Me ha venido a la cabeza porque poco después – creo que tras otra canción – sonó el “I can’t tell you why” de Timothy B. Schmit que fue el que durante el concierto más y mejor se esforzó chapurreando en español frases amables y encantadoras. También me pareció tierno que Glenn Frey nos explicara que “Peacefully easy feeling” era country rock, antes de que Don Henley nos deleitara con “Witchy woman”.
Cierto que ya no recuerdo el orden de las canciones pero probablemente continuaron con sus “Ojos mentirosos”, otro clásico, “Los chicos del verano”, “In the city” en la que Joe Walsh se lució con lo que me pareció un nuevo arreglo del final, y después Don Henley, en inglés, nos dijo que tocarían una canción más antes de retirarse a descansar pero que luego volverían para tocar durante mucho, mucho tiempo... “The long run”.
Había pasado una hora sin darnos cuenta y la sensación era estupenda. Habían acreditado que todavía son una de las grandes bandas, unos profesionales excepcionales que consiguieron hacer sonar la mayoría de los temas en directo tan bien - sino mejor - como en las grabaciones, no en vano Glenn comentó que alguno de los temas los compusieron en el 72...
22 julio 2009
Los Eagles en Madrid.
Es emocionante vivir un momento único sabiendo que es la primera vez que vienen a tu ciudad y, muy probablemente, la última. El tiempo no perdona. Esta idea me asaltó inmediatamente mientras subía las gradas del Palacio de Deportes y observaba que la media de edad era incluso superior a la mía.
Llegué pronto, con la impericia del neófito, extrañado por la poca publicidad que se le ha dado al evento y preocupado por las condiciones físicas de estos veteranos en su penúltima etapa de esta gira europea - sino estoy mal informado hoy termina en Lisboa - ; en el último concierto de Jerry Lee al que asistí - ¡cuánto ha llovido desde entonces! – la mascarilla de oxígeno no fue suficiente y se lo tuvieron que llevar en ambulancia según informaron después. Pero ahora iba a ver en directo la banda que consiguió que ahorrara lo suficiente como para comprar mi primer disco y no había lugar para pensamientos funestos, que se desvanecieron al cruzarme con una pareja de abueletes cuyas camisetas lucían la fantástica carátula de ”One of this nights”.
Una amable señorita me acompañó hasta mi asiento, a la izquierda del escenario, desde donde se dominaba perfectamente y con una visibilidad mucho mejor de lo que la calidad de mi cámara ha reflejado. Además de la gran pantalla central, el escenario disponía de otra en cada lado, quedando la izquierda a una distancia ideal para disfrutar de los primeros planos que dos cámaras fijas, además de otras tantas móviles, nos ofrecían. La derecha quedaba parcialmente tapada por los focos que pendían sobre el escenario y el patio.
Reconozco que me sentí un tanto defraudado al ver que no había tanta gente como la que esperaba, pero la valla que separa al público del escenario ya tenía suficiente gente como para disponerse en, al menos, una docena de filas poco compactas; todo un bullicio que comía sándwichs y bebía cervezas de las que surtían no sólo los ambigús distribuidos por los pisos y en el patio, sino también unos jóvenes que me recordaron a barquilleros ultramodernos con sus banderolas terminadas en una lucecita. Era pronto. Tenía constancia de que se habían vendido muchos más asientos y no dudaba que se terminaría llenando.
La espera fue amena, la gente que poco a poco iba ocupando sus asientos, la música variada de fondo, los operarios dando los últimos retoques en un escenario apagado, la hora que se aproxima, la gente entrando en mayor cantidad, nuestra grada completa, un operario y luego otro, y otro más y otro par de ellos que trepan por una escala hasta subirse a la estructura que soporta los focos – allí pasaron todo el concierto –, las pruebas con la pantalla principal, un cable por aquí, otro por allá...
Puntualidad tal vez británica – nunca llevo reloj – , el aforo casi completo aunque con huecos en las gradas, sobre todo la derecha, y no muchas apreturas en el patio. Los acordes de “How long” abren la sesión...
28 febrero 2009
La receta prometida: Perrunilla. Pero primero el pan de varios días.

Ahora tendré que ver si compensa también desde el punto de vista económico.
Ingredientes:
Para 1 kg de manteca de cerdo se necesita 1 litro de aceite, 1 kg de azúcar y seis huevos; anís en grano y harina la que necesite. Algún huevo más para pintarlas.
Hasta aquí la receta clásica.
Evidentemente, con estas cantidades se hacen muchísimas perrunillas por lo que sino tenéis un regimiento es preferible hacer las proporciones pertinentes. En mi caso añadí almendras molidas a la masa y almendras peladas para decorar.
Instrucciones:
En un recipiente mezclamos la manteca, el aceite, el azúcar, una cucharada sopera de anís en grano y los huevos batidos con clara y yema juntos (en mi caso usé 1/4 kg manteca y 100 ml de huevo batido).
A esta mezcla se le va añadiendo la harina de trigo necesaria hasta conseguir una masa de textura como la del pan. Yo le añadí 85 gramos de almendra molida para mejorar el sabor dulce.
De la masa se van haciendo pequeñas bolas que se aplastan para darle la forma deseada. Las colocamos en la bandeja del horno sobre papel cebolla y las pincelamos por encima con clara de huevo batida, espolvoreando azúcar a continuación y añadiendo las almendras peladas como adorno.
Se ponen en horno medio hasta que cojan el color dorado, momento en que se retira (en mi caso 170 ºC unos 20 minutos).
Tened cuidado al sacarlas porque están blandas pero se endurecen al enfriarse.
Por lo que he visto después es una receta base a partir de la cual se pueden desarrollar muchas otras pastas.
¡Que os aproveche!
25 febrero 2009
Bitácoras
No es la primera vez. De vez en cuando se repite en distintos aspectos de mi vida. Algunos dirán que es casualidad, mera estadística; otros pensarán en la confluencia de astros que nos marcan las pautas de nuestro acontecer o cualquier otra superchería. Lo cierto es que aun no he conseguido dejar de sorprenderme: en periodos de tiempo muy cortos me suceden una serie de hechos tan infrecuentes y poco probables que no puedo evitar contemplarlos con algo de incredulidad y admiración.
Esta semana he vivido uno de esos episodios.
De sobra es conocido que el éxito de una bitacora no sólo reside en que los contenidos sean interesantes para los lectores sino también en un trabajo de actualización que los mantenga atentos al mismo.
El objetivo de esta en la que te encuentras, amable lector, nunca fue ese. Surgió como respuesta a la demanda de tener reunidas las fragmentadas historias que colgaba durante días, a modo de diversión, en el foro. Más adelante descubrí su utilidad para enlazar las fotos que tenía y que permitían ilustrar algunos post. De ahí a colgar fotos relacionadas con los fogones fue un continuo. Nunca he pretendido ser un escritor o un cocinero pero es cierto que me satisface el realizar un plato que sea del agrado de mis comensales y disfruto durante su elaboración y con el resultado final. Escribir me resulta más complejo, doloroso en ocasiones, alejado de mis circunstancias actuales, donde únicamente busco un refugio en momentos de tedio o de pasión (perturbación o afecto desordenado del ánimo) para satisfacerlos con ripios, sátiras, o historias que sé como empiezan y raramente discurro como terminan hasta que llego al final. Con eso me basta. Si además algún lector pasa un rato entretenido mejor que mejor.
Como decía y habréis visto, en esta semana decidí remozar un poco la cara al blog añadiéndole alguna cosa que creo me puede ser de utilidad -ya veremos-. En el ínterin descubro las bitácoras de mis amigos a las que sin dudar me enlazo y desde aquí invito a todos a visitar. Merecen la pena porque son tan interesantes y tan distintas que enriqueceran vuestras vidas sin lugar a duda. Por otra parte, hoy mismo, he recibido el segundo comentario a un post en el blog: ¡Anonimo se interesa por la receta de las perrunillas! No te preocupes, en cuanto saque el rato la cuelgo, igual que la del pan: por fin conseguí lo que buscaba.
Por otro lado, y en honor de mi único seguidor, os dejo el inicio de otra historia en la que trabajé hasta los atentados de Bombay -resulta que uno de los protagonistas venía a estudiar a España a consecuencia de los atentados que sufrieron en aquella ciudad años atrás-. La verdad es que me dio un no sé qué, nunca he sido agorero pero fue mucha casualidad que se produjeran apenas una semana después de haberlos escrito, así que de momento duerme en un archivo.
Espero que os guste.
*****
Se me va la vista.
Primero hacia la derecha; luego hacia la izquierda.
Lo noto con los ojos cerrados. La oscuridad se desplaza lentamente de un lado para otro pero no gira.
Tampoco sube.
Ni baja.
La presión en la nuca avanza hasta la frente donde el hueso la retiene como una prensa que atenaza el cráneo apretándolo y deshaciéndose en una nieve de chispas estrelladas, que se depositan dolorosamente en el fondo de los ojos.
Noto la garganta seca y la lengua pastosa. Reconozco la ronquera de mi voz sin necesidad de decir media palabra. El fuego en la boca del estómago no me sorprende: es mi compañero, el recordatorio diario de que aun sigo vivo, el molesto inquilino que prefiero ignorar.
Las rodillas apenas me responden. Un dolor lacerante que parte de ellas me adormece los pies cuando intento moverme. Los brazos parecen estar mejor: sólo los nudillos quieren salir por las palmas de las manos como maíz inflado apunto de estallar. La columna parece íntegra, el dolor en la espalda y en el cuello es llevadero.
He tenido suerte, sigo vivo.
¡Es un milagro!
¡Sobrevivir a una caída así!
Aunque no sé si es una buena noticia: la teoría de Halley ha resultado ser cierta. Ahora debo estar en…
La Tierra hueca