No será mucho suponer que todos habréis sido testigos del nacimiento, desarrollo y, tal vez, desaparición de algún local, ya sea en vuestro barrio o en el entorno por donde os movéis. Algunos acaso halláis descubierto esos sitios imperecederos que, pese al paso de los años, se mantienen fieles a su estilo conservando el sabor añejo que les da su personalidad, en los que la mayor innovación es el televisor de plasma o aquel viejo tocadiscos que ha pasado a ser objeto de adorno; o aquellos otros en los que te preguntas si la “marquesita” que se pasea descaradamente por la barra es la tataranieta de la que se aireaba la última vez que estuviste allí.
Esta es la narración de los acontecimientos acaecidos en uno de ellos, en uno de tantos.
Aunque el primero que siempre me viene a la cabeza es el “Big Ben”, un bar de barrio con la máquina de pinball más antigua que nunca jamás haya visto, no será el protagonista de este recorrido, más o menos histórico, sino un “antiguo salón” frecuentado por muchos de vosotros. Me refiero al “Don Giovanni”, actualmente dirigido por Andrea Tumbarello y con una página web tan cursi que me hace poner en duda si pudiese ser superada por la del “Jardín de las mariposas”, en el caso de que tuviera un sitio en internet.
Debo reconocer que incluso a mí me resulta muy pretencioso lo de “más o menos histórico...” cuando, en realidad, no se trata más que de una retahíla de cotilleos más propios de la sección “Galaxia Rosa”, que en este país de patios de vecinos, corralas y sillas en la calle para aprovechar el frescor del atardecer y de paso despellejar al transeúnte, suelen ser muy del agrado. No obstante, para los que la desconocen, creo que la historia les resultará interesante, para los que la conocemos nos evocará recuerdos y a todos no permitirá comprobar si se repite o no. No esperéis una historia alegre porque no lo es. Pocas historias reales lo son.
********
Todo empezó hace tanto tiempo que ya no recuerdo cuando.
Lo que sí recuerdo es la atracción que determinados puntos de la ciudad han ejercido sobre mí desde siempre, como si algún vínculo pasado o futuro me llamara con susurros indescifrables. Esos susurros se convertían en fascinantes gritos al alcanzar la confluencia de Reina Cristina con Mariano de Cavia. Era habitual que me apeara del autobús en Menéndez Pelayo para bordear la plaza y pasear toda la calle abajo, pasando por delante del Gobierno Militar, ora desviándome hacia Moyano para hojear y ojear libros, ora subiendo directamente Atocha hasta Santa Ana para llegar a casa.
Debió ser en uno de estos paseos cuando lo descubrí allí, escondido en el posterior de la calle: el billar.
En aquella época, para mí, todos los salones recreativos eran billares aunque sólo algunos tenían mesas para jugar, como el de la calle Prado o el de la Gran Vía. Éste, por el contrario, era más parecido al que estaba en la plaza del Ángel, con máquinas de pinball, de futbolín, los primeros videojuegos, un encargado conocido como vigilante, y un grupito más o menos numeroso de asiduos y gente indeseable, que en este caso no lo debían ser tanto porque casi todos eran hijos de militar aunque yo no lo sabía.
Era un sitio estupendo: no sólo estaba lejos de casa y oculto sino que además no me conocían de nada. Podía estar horas y horas sacando partidas de las maquinitas. Lamentablemente, por aquel entonces, no tenía tanta libertad de movimientos como me hubiera gustado y no pude aprovechar todo el potencial que aquello tenía.
A partir de aquí cae el telón del tiempo sobre mis recuerdos y me es imposible continuar sin hablaros de otro local del número 23 situado, esta vez sí, en plena Reina Cristina, que estará íntimamente unido al anterior como más adelante veréis: “Mister Kopas” alias “el Copas”.
Recordaréis mi temprana afición a fumar habanos, aunque mi presupuesto apenas alcanzaba para Farias del número 5 que venían en cajas de cinco unidades. Me fumaba uno todos los sábados. Viene al caso porque un poco antes de llegar al 23 había – y creo que todavía hoy existe – un estanco donde, de vez en cuando, me aprovisionaba. No creo que estuviera prohibida la venta de tabaco a menores en aquellos tiempos pero me avergonzaba repetir la compra siempre en el mismo sitio y por eso variaba: unas veces en la plaza del Ángel, otras en Alcalá, otras en Santa Ana…
No hay nada como pasear por las amplias avenidas de Madrid, durante las tranquilas tardes de primavera y otoño en las que no hace calor ni frío, sopla un poco de aire y en el cielo se empiezan a reunir pequeñas nubes grises que, sin previo aviso, descargan una orgía de truenos y agua. Fue en una de esas tardes en la que, después de luchar con un mechero perezoso aliado con el vientecillo juguetón y salir victorioso, caminaba disfrutando de las profundas caladas que le daba al cigarro, muy satisfecho de su tiro, cuando el repentino aguacero me obligó a buscar refugio en el primer local que encontré abierto. Me colé detrás de una pareja que entraba corriendo protegiéndose de la lluvia con la chaqueta del chico y dudando si no me echarían inmediatamente.
“El Copas” era un pub acogedor, con su zona de barra y su zona de mesas, sus confortables asientos de terciopelo aptos tanto para parejas como para grupos de amigos, algún juego en los rincones, una diana en la pared, música agradable con el volumen adecuado para mantener una conversación sin necesidad de levantar la voz y, lo más importante para mí en ese momento, ceniceros en todas las mesas.
Busqué un rincón donde poder sentarme sin que el humo de mi cigarro fuera de mucha molestia, porque el placer que experimenta el fumador no suele ser compartido por las personas que le rodean. No me fue difícil encontrar el sitio adecuado ya que apenas había clientela: acababan de abrir. Para mi tranquilidad hasta el camarero se acercó con un cigarrillo en la mano. No recuerdo si tomé un refresco, una cerveza o algo más fuerte. En realidad, cuando tomaba algo con un cigarro en la mano siempre pedía lo mismo pero dudo que esa vez fuera así. La perspectiva de que me pusieran de patitas en la lluviosa calle y estropear el Farias me hacía prudente. Sí me acuerdo de la fuentecita de frutos secos variados que acompañaba a la consumición y de la afable conversación con el camarero, que resultó ser el dueño. Aquel lugar me gustó y se convirtió en uno de mis cobijos esporádicos. ¡Quién me iba a decir entonces que muchos años después lo visitaría casi a diario!
Tiempo al tiempo.
Terminada la consumición y escampada el agua la curiosidad hizo que me acercara al antiguo billar.
Ya no existía.
En su lugar un bar anodino, con una barra chapada en dorado y alargada hasta el fondo, con mesas en la terraza y una especie de salón al fondo, pasaba completamente desapercibido camuflado por el jardincillo que lo rodeaba.
Había nacido el abuelo del actual “Don Giovanni”.
Esta es la narración de los acontecimientos acaecidos en uno de ellos, en uno de tantos.
Aunque el primero que siempre me viene a la cabeza es el “Big Ben”, un bar de barrio con la máquina de pinball más antigua que nunca jamás haya visto, no será el protagonista de este recorrido, más o menos histórico, sino un “antiguo salón” frecuentado por muchos de vosotros. Me refiero al “Don Giovanni”, actualmente dirigido por Andrea Tumbarello y con una página web tan cursi que me hace poner en duda si pudiese ser superada por la del “Jardín de las mariposas”, en el caso de que tuviera un sitio en internet.
Debo reconocer que incluso a mí me resulta muy pretencioso lo de “más o menos histórico...” cuando, en realidad, no se trata más que de una retahíla de cotilleos más propios de la sección “Galaxia Rosa”, que en este país de patios de vecinos, corralas y sillas en la calle para aprovechar el frescor del atardecer y de paso despellejar al transeúnte, suelen ser muy del agrado. No obstante, para los que la desconocen, creo que la historia les resultará interesante, para los que la conocemos nos evocará recuerdos y a todos no permitirá comprobar si se repite o no. No esperéis una historia alegre porque no lo es. Pocas historias reales lo son.
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Todo empezó hace tanto tiempo que ya no recuerdo cuando.
Lo que sí recuerdo es la atracción que determinados puntos de la ciudad han ejercido sobre mí desde siempre, como si algún vínculo pasado o futuro me llamara con susurros indescifrables. Esos susurros se convertían en fascinantes gritos al alcanzar la confluencia de Reina Cristina con Mariano de Cavia. Era habitual que me apeara del autobús en Menéndez Pelayo para bordear la plaza y pasear toda la calle abajo, pasando por delante del Gobierno Militar, ora desviándome hacia Moyano para hojear y ojear libros, ora subiendo directamente Atocha hasta Santa Ana para llegar a casa.
Debió ser en uno de estos paseos cuando lo descubrí allí, escondido en el posterior de la calle: el billar.
En aquella época, para mí, todos los salones recreativos eran billares aunque sólo algunos tenían mesas para jugar, como el de la calle Prado o el de la Gran Vía. Éste, por el contrario, era más parecido al que estaba en la plaza del Ángel, con máquinas de pinball, de futbolín, los primeros videojuegos, un encargado conocido como vigilante, y un grupito más o menos numeroso de asiduos y gente indeseable, que en este caso no lo debían ser tanto porque casi todos eran hijos de militar aunque yo no lo sabía.
Era un sitio estupendo: no sólo estaba lejos de casa y oculto sino que además no me conocían de nada. Podía estar horas y horas sacando partidas de las maquinitas. Lamentablemente, por aquel entonces, no tenía tanta libertad de movimientos como me hubiera gustado y no pude aprovechar todo el potencial que aquello tenía.
A partir de aquí cae el telón del tiempo sobre mis recuerdos y me es imposible continuar sin hablaros de otro local del número 23 situado, esta vez sí, en plena Reina Cristina, que estará íntimamente unido al anterior como más adelante veréis: “Mister Kopas” alias “el Copas”.
Recordaréis mi temprana afición a fumar habanos, aunque mi presupuesto apenas alcanzaba para Farias del número 5 que venían en cajas de cinco unidades. Me fumaba uno todos los sábados. Viene al caso porque un poco antes de llegar al 23 había – y creo que todavía hoy existe – un estanco donde, de vez en cuando, me aprovisionaba. No creo que estuviera prohibida la venta de tabaco a menores en aquellos tiempos pero me avergonzaba repetir la compra siempre en el mismo sitio y por eso variaba: unas veces en la plaza del Ángel, otras en Alcalá, otras en Santa Ana…
No hay nada como pasear por las amplias avenidas de Madrid, durante las tranquilas tardes de primavera y otoño en las que no hace calor ni frío, sopla un poco de aire y en el cielo se empiezan a reunir pequeñas nubes grises que, sin previo aviso, descargan una orgía de truenos y agua. Fue en una de esas tardes en la que, después de luchar con un mechero perezoso aliado con el vientecillo juguetón y salir victorioso, caminaba disfrutando de las profundas caladas que le daba al cigarro, muy satisfecho de su tiro, cuando el repentino aguacero me obligó a buscar refugio en el primer local que encontré abierto. Me colé detrás de una pareja que entraba corriendo protegiéndose de la lluvia con la chaqueta del chico y dudando si no me echarían inmediatamente.
“El Copas” era un pub acogedor, con su zona de barra y su zona de mesas, sus confortables asientos de terciopelo aptos tanto para parejas como para grupos de amigos, algún juego en los rincones, una diana en la pared, música agradable con el volumen adecuado para mantener una conversación sin necesidad de levantar la voz y, lo más importante para mí en ese momento, ceniceros en todas las mesas.
Busqué un rincón donde poder sentarme sin que el humo de mi cigarro fuera de mucha molestia, porque el placer que experimenta el fumador no suele ser compartido por las personas que le rodean. No me fue difícil encontrar el sitio adecuado ya que apenas había clientela: acababan de abrir. Para mi tranquilidad hasta el camarero se acercó con un cigarrillo en la mano. No recuerdo si tomé un refresco, una cerveza o algo más fuerte. En realidad, cuando tomaba algo con un cigarro en la mano siempre pedía lo mismo pero dudo que esa vez fuera así. La perspectiva de que me pusieran de patitas en la lluviosa calle y estropear el Farias me hacía prudente. Sí me acuerdo de la fuentecita de frutos secos variados que acompañaba a la consumición y de la afable conversación con el camarero, que resultó ser el dueño. Aquel lugar me gustó y se convirtió en uno de mis cobijos esporádicos. ¡Quién me iba a decir entonces que muchos años después lo visitaría casi a diario!
Tiempo al tiempo.
Terminada la consumición y escampada el agua la curiosidad hizo que me acercara al antiguo billar.
Ya no existía.
En su lugar un bar anodino, con una barra chapada en dorado y alargada hasta el fondo, con mesas en la terraza y una especie de salón al fondo, pasaba completamente desapercibido camuflado por el jardincillo que lo rodeaba.
Había nacido el abuelo del actual “Don Giovanni”.
Era la época en la que nuestros ufanos próceres se “inventaban verbenas y movidas horteras”, cuando nos invitaban desde sus púlpitos a colocarnos – y no se referían al trabajo precisamente -; había que vivir la vida: nacía la movida madrileña. Aquel ambiente fue el abono para la cosecha de múltiples historias diferentes que han tenido siempre el mismo final...
Por razones que no vienen al caso, comencé a visitar con cierta frecuencia estos dos lugares.
El bar era un antro en el que la higiene brillaba por su ausencia, carencia acusada aun más si consideramos que en la cercanía existían y aun permanecen cafeterías, tabernas, bodegones y tascas mucho más adecentadas, así que las cañas normalmente me las tomaba en otro sitio aunque, de vez en cuando y sin muchos remilgos, tampoco le hacia ascos a los abundantes aperitivos de paella con los que obsequiaban los domingos. No era raro que terminara la jornada tomando la última en “El Copas” antes de emprender la larga caminata hasta casa. Una forma como cualquier otra de esconder los excesos etílicos. Sin embargo mis visitas al “Copas” no se limitaban al fin de fiesta sino que a veces suponían la fiesta completa.
De esta manera llegué a conocer un poco al propietario. Apenas era mayor que yo aunque la diferencia de edad me pareció entonces toda una vida; será porque con quince años uno se cree el rey del mambo y considera que un lustro más supone una seria candidatura para la jubilación, o quizás por el lema de vivir deprisa para dejar un bonito cadáver. No lo sé. Sin embargo, ahora que echo la vista atrás, esa sensación no disminuye sino que se refuerza, no por la edad –“que veinte años no son nada” – sino por las experiencias acumuladas en el mismo periodo de tiempo por los dos, tan radicalmente diferentes, que abren un auténtico abismo en la forma de ver el mundo que nos rodea y la justifican plenamente.
Para muchos era la bala perdida de una familia numerosa. Una familia numerosa de las de antes. Su padre, mando del ejercito, le había comprado el local y montado el negocio, según se dice, para darle ocupación ya que los estudios no parecían ir con él. Tenía un trato cordial y sencillo, incluso alguien dirá que encantador y fascinante pero eso yo me lo perdí o no supe verlo; las malas lenguas dirán que era débil y propenso al vicio, eso tampoco lo sé ni nunca lo vi. ¿Acaso importa? ¿Quién no tiene debilidades? ¡Qué fácil es criticar a los demás sin notar la viga en el ojo propio! Lo que sí sé es que se casó joven y pronto fue padre, sé que siempre fue correcto conmigo y me atendió espléndidamente, sé que tuve interesantes conversaciones con él y sé que cuando dejé de ir por allí el negocio iba viento en popa.
Llegaron los tiempos de facultad. Estudios y desparrame, desparrame y estudios, me alejaron de la zona y de mi barrio de forma inexorable y presumiblemente definitiva. A pesar de ello Laquesis enrolla los hilos del destino mucho más allá de lo razonablemente previsible, riéndose de las expectativas y cuestionando la solidez del futuro inmediato. Cuando más distante me encontraba yo, ciego e ignorante de sus intenciones, más próximo me hallaba del regreso.
Largo y fuera de lugar sería explayarme en la concatenación de sucesos que durante el año que pasé en Africa me condujeron de vuelta al “Copas” y al recién bautizado “Don Giovanni”. Lo cierto es que pese a mi conmoción inicial allí estaba de nuevo. Las parcas se debían estar desternillando...
Pero regresemos al protagonista del relato.
Del antiguo local sólo quedaba la terraza exterior, ahora ampliada, y la dorada barra enfrente de la cual, sobre un escalón, se alineaban unas cuantas mesas adornadas con unas lamparillas, bastante molestas cuando se sentaban más de dos personas, separadas del pasillo con unos maderos pintados a modo de valla y que dificultaban el movimiento de las sillas un tanto grandes e incómodas. El pasillo llevaba al salón, totalmente remozado, dejando a un lado la entrada a la barra, la zona de camareros y el paso hacia la cocina y los servicios. Era más bien oscuro, con las mesitas de distintos tamaños adornadas coquetuelas, con cestillas de colines y picos o con botellas variadas de vino italiano, porque el primitivo bar se había convertido en el restaurante regentado por Ornella, una italiana que ya había trabajado en otros países a parte del suyo y tiene lo que se ha dado en llamar “saber hacer”.
Ornella es una mujerona rubia, de ojos limpios y claros, desenvuelta, briosa, simpática, buena persona y muy buena cocinera. Convivía con Alfredo, un español viajero, moreno, delgado y amable, que también trabajaba allí y que, tal vez, fue la causa de que Ornella se asentara en estos pagos y se decidiera a montar el negocio que tan bien le había funcionado en otros lugares.
De este periodo recuerdo con nostalgia la jarra de cerveza y su pizza de ahumados. No quiero decir con esto que fuera su mejor plato, lo cual siempre va en gustos, sino que era lo que más me satisfacía. No perdáis la oportunidad de probar sus ensaladas con mozzarella, o sus tostadas de auténtico provolone, o sus platos de pasta…
Sí; en aquellos tiempos frenéticos lo que más agradecía era la jarrita de cerveza después del trabajo. Me resulta imposible elegir entre las que tiraban en el “Jaci II“ o las de Ornella. Según el día optaba por los aperitivos del primero o los paninos de la segunda. En cualquier caso, para rematar la jornada como se merecía, siempre acababa en el “Copas”.
Es complicado describir la sensación, un tanto embarazosa y algo espinosa, que produce la posible coincidencia con un pasado dispuesto a saltarte al cuello; pero se dice que la mejor manera de superar un miedo es enfrentarse a él y ahí estaba yo abriéndole la puerta de par en par.
El reencuentro con el “Copas” fue natural y tranquilo. Lo encontré como lo recordaba. Salvo el nuevo camarero, todo parecía estar como antes. No reconocí a ninguno de los clientes que charlaban en la barra mientras tomaban una copa, ni a nadie de los grupitos distribuidos por las mesas, de hecho me costó trabajo reconocer al propietario cuando entró un poco antes de que me fuera; evidentemente el ya no se acordaba de mí.
Poco a poco la costumbre se hizo rutina y me convertí en un parroquiano asiduo, en un elemento más del ambiente, integrado en ese pequeño universo “after works” que nacía alrededor de estos dos locales, se expandía hacia algunos otros situados en las proximidades y se evaporaba a primeras horas de la madrugada.
Empero nada es eterno y algunos cambios sutiles empezaron a hacerse palpables: Todo el éxito que estaba consiguiendo el “Don Giovanni” coincidía con la lenta pero inflexible agonía del “Copas”.
El buen hacer de Ornella y su facilidad para los idiomas no sólo había conseguido atraer a la gente del vecindario sino que le había permitido echar sus redes sobre los grupos de turistas que pernoctaban en un hotel cercano, que a su vez la recomendaban a sus amigos hospedados en otros más alejados, de forma que era habitual que se reunieran para cenar allí antes de visitar la noche de Madrid, convirtiéndose en un punto de referencia para todos ellos.
La reserva previa empezó a ser una necesidad si tenías un compromiso y querías cenar a una hora determinada aunque, con un poco de suerte, Ornella siempre se las apañaba para arreglarte alguna de las mesas de la entrada. Comías igual de bien en un ambiente más informal.
Por otra parte, en el “Copas” los habituales, con un pausado goteo, cada vez éramos menos. El camarero dejó de ser necesario y el dueño volvió a hacerse cargo en solitario del servicio. Su aspecto cada vez estaba más deteriorado y aparentaba muchos más años de los que tenía.
Hasta que un buen día, de repente, como si se hubiera quitado una losa de encima, apareció radiante.
Volvía a ser el joven que recordaba.
Mi memoria no alcanza cuanto duró este periodo en el que esparcía felicidad a diestro y siniestro y las cosas parecían funcionar mejor; sólo llega hasta el momento en el que descubrí la causa.
Al principio no me di cuenta, la chica me pareció algo mayor como para ser su hija y demasiado joven como para ser otra cosa. Una colegiala. Tal vez me fallaban las cuentas, el tiempo pasa y los niños crecen tan deprisa... pero ese día la imprudencia de la pasión delató cual era la verdadera naturaleza de su relación.
Cada cual es responsable de su vida y en aquel tiempo yo ya empezaba a encauzar la mía en un sentido que dificultaba la asiduidad con la que antes visitaba esta zona. Aun así dos o tres veces al mes pasaba por allí.
Empecé a encontrar el “Copas” habitualmente cerrado y cuando no lo estaba sólo las amistades me retenían para tomar algo. En aquellos momentos el estado del propietario era lamentable y su trato diferente, lejano e irritable. Mientras a algunos nos daba pena a otros les producía grima sus ojeras y el estado casi famélico en el que se encontraba.
Por lo que pude saber, el escándalo estalló poco después de que yo lo descubriera.
La chica tenía dieciséis años y vivía en el bloque de al lado. La pelotera en su casa dicen que se escuchó hasta en el Retiro. Finalmente y para evitar males mayores, la familia se había trasladado a otra ciudad.
Su mujer al enterarse, como es natural, montó en cólera y, según unas versiones, le echó de casa; según otras, le abandonó. Lo cierto es que el hombre se quedó completamente solo. Con sus miserias y agonías. La viva imagen de la amargura y del fracaso.
No pasó mucho tiempo.
Estaba sentado en la terraza del “Don Giovanni” donde había quedado con unos amigos.
Tomábamos algo y echábamos unas risas por el retraso injustificado de uno de ellos, cuando el aludido apareció de forma precipitada y nos dio de sopetón la noticia.
Aun veo su cara desencajada.
El dueño del “Copas” estaba muerto en los urinarios.
Llegados aquí no debemos olvidar que ésta es la historia del “Don Giovanni” y que este funesto acontecimiento ocurrió en pleno desarrollo de su actividad empresarial.
Como es lógico el “Copas” cerró sus puertas y así estuvo una larga temporada.
Es sensato pensar que una oportunidad de negocio no se debe dejar pasar, más si cabe cuando tienes el ciclo a favor y un local amplio, bien situado, con una clientela acreditada, a tu alcance. Desconozco los detalles pero no el resultado: Alfredo se puso al frente del “Copas”.
Y funcionó.
Ornella al frente de los fogones haciéndonos disfrutar de sus sabrosos platos y Alfredo en el local de al lado ofreciéndonos todas las comodidades para tomar unas copas con los amigos, eran un buen motivo para no tener que buscar alternativas más alejadas. Apenas disponía ya de tiempo libre y la seguridad que da el saber lo que te espera empezaba a pesar mucho a la hora de decidir en donde emplearlo.
Por esta razón, como mucho una vez al mes, reservaba mesa en el primero y terminaba en el segundo. Si querías cenar en la terraza, la reserva era obligada desde hacía algún tiempo pero encontrar sitio en las mesas de la entrada empezaba a ser difícil también.
El “Copas” resurgió de un mes para otro. A determinadas horas era complicado descubrir un hueco libre donde sentarse. Contrataron un camarero y regresó el ambiente de los buenos tiempos coincidiendo con otro de mis periodos de alejamiento prolongado por los imponderables de la vida.
Soy animal de costumbres así que en el momento que pude volví a hacer mi habitual recorrido por los dos locales.
Ornella, encantadora como siempre, se alegró mucho de verme de nuevo por allí y, aunque nada en su conversación lo indicara, noté cierto grado de tensión que achaqué a la saturación de trabajo. Después de una gloriosa cena me fui en buena compañía a rematar la velada con una tranquila charla acompañada de un provechoso “pelotei”.
Si bien en el “Copas” el mobiliario permanecía inmutable, un no sé qué en el ambiente había cambiado radicalmente. No eran los clientes o tal vez sí. Por más que los analicé no encontré diferencias significativas con la clientela que siempre había habido. Quizás en ese momento hubiera más grupitos de chicos sin pareja que otras veces pero no eran más numerosos que los mixtos, tal vez las conversaciones fueran un poco más escandalosas que antes, o que las risas a veces acallaran la música ambiental.
La conversación de mi pareja y la pronta solicitud del efusivo Alfredo me distrajeron y rápidamente olvidé tan extravagante impresión.
Fue un breve momento.
Enseguida descubrí el motivo de mi desazón.
Avanzaba sonriente hacia mí contoneando sus caderas mientras la bandeja con las consumiciones parecía bailar insinuantes ritmos caribeños.
Un pequeño codazo me hizo recuperar la compostura y el hilo de la conversación hasta que fue definitivamente interrumpida por la llegada de la camarera que, como una antigua diosa sirviendo ambrosía, nos lleno los estrechos vasos de tubo y se alejó con su balanceo para atender las peticiones de otros clientes.
Qué podría decir de ella...
Es difícil.
Objetivamente no era ni bonita ni guapa pero cualquier hombre la consideraría una belleza preciosa.
Quizás la suavidad de sus facciones, quizás el color tostado de su piel o su sonrisa deslumbrante, o quizás fueran sus ojos juguetones, o su mirada traviesa que parecía exclusivamente destinada a ti, o, porqué no, la armonía de su voz y el cimbreo salsero de su cuerpo y el azúcar chispeante de su conversación, o la longitud de sus dedos prometedores de caricias inolvidables, enmascaraban la delgadez de su figura, su escurrida cadera y su poco pecho, que no le restaban un ápice de feminidad.
Al contrario.
Lo único que puedo decir con total seguridad es que era muy femenina, exageradamente femenina, con esa feminidad que ignoro si es el resultado del ambiente isleño donde se crió, de la necesidad, de la potencia de sus ferhormonas o de la confluencia de múltiples factores desconocidos por la humanidad. Una feminidad que la envolvía con un halo que te atraía con la intensidad de una poción mágica y te atrapaba en una red encantada de la que era imposible escapar.
Si esta es la impresión que me causó las contadas tres veces que la vi, siempre acompañado, y con la conversación limitada a la comanda, os podéis imaginar lo que debió ser trabajar con ella un día sí y otro también...
Tampoco hay que tener mucha imaginación para desentrañar lo que sucedería.
Y aunque no me enteré hasta mucho después, no me sorprendió.
Los radicales cambios acontecidos en mi vida durante ese periodo de tiempo apenas me permitieron visitarlos un par de veces en el año.
En la primera, una auténtica visita de cortesía, un “pasaba por aquí y he entrado para saludarte y tomar algo como en los viejos tiempos”, el “Don Giovanni” estaba prácticamente vacío y el “Copas” había lavado su cara convirtiéndose en “De Copas”.
Aunque el trato en el “Don Giovanni” seguía siendo excelente, la menor calidad de la pizza – la masa era diferente, los ingredientes más escasos – me llamó la atención.
En el “Copas”, el camarero era un completo desconocido.
Una amistad que estaba allí me puso al corriente: Ornella y Alfredo habían roto y, por supuesto, éste estaba liado con la cubana. Cada uno gestionaba sus locales de forma independiente.
En la segunda, muchos meses después, el “Copas” tenía el cierre echado y “Don Giovanni” parecía funcionar a medio gas. Puede que fuera temporada baja, puede que fuera una hora algo temprana, pero ciertamente puedo decir que me seguía sintiendo como en casa.
No puedo asegurar cuanto tiempo pasó desde aquella visita pero sí que fue la última… bueno, para ser exactos, la última con Ornella al frente.
Tal vez fueran varios años.
Mis noticias sobre la zona y los locales que antes frecuentaba me llegaban a través de ocasionales encuentros con amiguetes que vivían por allí.
Así me enteré de que Ornella, con bastante éxito, había abierto un local en el 16 de Cavanilles. Me contaron que conservaba el gusto por la luz tenue y la musiquita, que abría desde media tarde hasta poco después de la medianoche, que era una pequeña “delicatessen” donde tomar cerveza y vinos italianos y tapitas y minipizzas y cosas por el estilo, ya que el tamaño de la cocina, del local o los permisos municipales le impedían preparar sus grandes platos, pero que seguía siendo la gran chef de siempre embutida en menos metros cuadrados.
Del “Copas” me dijeron que seguía cerrado y que algún desaprensivo había garabateado la fachada.
Al cabo del tiempo, también me informaron de que el “Don Giovanni” había vuelto a funcionar y de qué forma…
Finalmente – ¡Por fin! diréis – llegamos al momento actual.
No puedo negar que tenía curiosidad por probar los cambios y que hice propósito de conocer el nuevo “Don Giovanni” en la primera ocasión que se presentara. Ocasión que tardó en presentarse y, en el entretanto, las ganas de visitarlo y los motivos para hacerlo cada vez eran menos.
La primera noticia que tuve sobre él fue la peligrosidad de la esterilla afelpada situada en la entrada.
Recuerdo la pesadez incómoda de la puerta del antiguo “Don Giovanni” y desconozco si la han cambiado. Espero que sí, aunque no recuerdo a nadie que se aplastara la mano con ella. En cambio, sí sé de alguien que – afortunadamente el susto sólo quedó en eso – tuvo un esguince de tobillo y una baja laboral de al menos cuarenta y cinco días por dicho elemento. Según me comentaron los presentes, ninguno de los empleados del local se dignó interesarse por el caído, mas al contrario se escondieron como ratas.
Achacando tal circunstancia al azar y la desatención a la profunda concentración en el trabajo de un incomparable personal, – lo cual siempre debe ser valorado y reseñado – el gusanillo de las viejas costumbres y el deseo de averiguar los secretos que la nueva cocina podía ofrecerme seguían intrigando para que regresara al lugar donde se desarrolla esta historia.
Desgraciadamente, mi primer encuentro con el tal Andrea, aunque indirecto, fue de lo más desagradable.
Por experiencia personal conozco de primera mano lo insoportable que puede llegar a ser el trato con el público y especialmente con algunas personas. Entiendo que todos podemos tener un mal día y que no todos los días estamos del mismo humor. Lo que no puedo comprender es que alguien que decide libremente “entregarse a la cocina y compartir con todo gourmet la herencia de sabores familiares de su tierra” salga de sus fogones sino tiene la más mínima paciencia y educación para tratar al prójimo. Mas si éste es un anciano que puede ser su padre.
Como decía, aquella vez pasaba por allí con la intención de ver la reforma y, si acaso, tomar una cañita rápida. Visto lo visto me di media vuelta. Mi natural pacífico empezaba a estar en peligro y estaba demasiado ocupado como para perder el tiempo en comisaría.
La segunda vez hice el firme propósito de que no hubiera una tercera.
Veníamos un grupito del Retiro, la tarde bastante avanzada, cansados y pensando en las obligaciones del día venidero, con la intención de recogernos a la voz de “cada mochuelo a su olivo”.
Acompañando a unos amigos, que viven en las proximidades de donde teníamos aparcado el coche, pasábamos por delante de las mesas vacías colocadas en la acera al lado del quiosco cuando alguien, observando que una de ellas estaba sin el rótulo de reserva y sin montar; propuso tomar algo allí para ya ir cenados a casa. Tras un momento de tira y afloja, de que sí, de que no, finalmente nos sentamos. No tardo en llegar a paso ligero un sofocado camarero que parecía a punto de un ataque de nervios o bajo la influencia de un exceso de cafeína.
Su saludo fue preguntarnos si teníamos reserva hecha.
Hasta ahí todo hubiera sido medianamente normal. A ninguno nos molestó especialmente el que la mesa estuviera reservada, ya que no teníamos la intención clara y determinada de cenar allí, han podido carecer de tiempo para preparar la mesa, se les puede olvidar poner el letrero...
Lo que nos pareció surrealista y patético fue el esfuerzo que hacía el pobre hombre para hacernos entender, como si le fuera la vida en ello, la importancia de la reserva. Personalmente me recordó el gag del genial dúo cómico que popularizo aquello de: “el que tiene pase, pasa y el que no tiene pase, no pasa” así que cuando, ya marchándonos, nos pidió disculpas y por enésima vez insistió en la reserva para concluir con un “¿lo entienden verdad?”, no pude reprimir la sonrisa ante su cara de perplejidad cuando le contesté muy serio:
– “¡Qué va, qué va! ¡Yo leo a Kierkegaard!”
Se ha dicho que “el hombre propone y Dios dispone” y también que “no hay dos sin tres” y aquello de que “a la tercera va la vencida” – o la definitiva según la versión que se escoja –, el caso es que hubo una tercera vez, que en realidad fue la primera, hace escasos días.
Un compromiso y el antojo de un familiar nos llevaron a cenar allá – previa reserva de mesa, claro –.
Mi primera sorpresa fue que hubieran reservado en la terraza, cuando normalmente somos más de interior que los champiñones, pero el tiempo acompañaba y ese detalle no iba a estropear lo que pretendíamos fuera una velada agradable.
Era temprano, ya que nos gusta cenar pronto, y la terraza estaba desierta. Nos sentamos en una de las mesas, creo que numeradas, por indicación del autor de la reserva sin esperar a que nos colocara nadie. Como ya he dicho pretendía que todo fuera bien y, no queriendo ser ave de mal agüero, oculté mis temores de que luego nos tuviéramos que cambiar de sitio y ya empezáramos con trifulcas.
Al rato se acercó uno de los camareros con su saludo de serie estándar:
– “¿Tienen reserva?”
Ciertamente pareció defraudado ante la respuesta positiva.
– “¿A qué nombre?”
Supongo que la formación del economista empapa la estrategia comercial de la empresa, creando una especie de obsesión por las reservas que llega a transmitirse al consumidor, cliente potencial o no, de una forma que a mí me resulta especialmente desagradable.
Ya no es que se necesite una reserva previa, cada cual organiza su negocio como mejor le parece, es la manera de restregarlo más que de hacerlo saber.
Esta impresión se vio reforzada por la impericia del camarero para entender y encontrar inmediatamente el nombre al cual habíamos reservado, lo que le volvía cada vez más impaciente y nervioso. Finalmente, al cuarto o quinto intento, consiguió localizarnos en sus apuntes.
Un gesto de fastidio se le escapó al comprobar que estábamos sentados en la mesa correcta con una puntualidad anglosajona, antes de retirarse para traer las cartas del menú.
No me considero un gourmet ni soy quién para realizar una crítica gastronómica que vaya más allá del me gusta o no me gusta, está rico o soso, sabroso o saborío. Cómo será que acabo de enterarme de la existencia de un quinto sabor: el umami. Espero poder apreciarlo alguna vez aunque si considero los otros cuatro creo que lo tengo difícil.
Pedí una de las especialidades de la casa, la “Lassagna della mamma”, una lasaña muy suave y delicada, tal vez por la nata, tal vez por el apio, a la que le eché en falta algo, no os sé decir el qué. Un plato correcto, estupendo para niños, pero que a mí, personalmente, más que saberme a poco me dejó insatisfecho.
Picoteé de las pizzas ajenas, encontrando la masa muy agradable y crujiente, con una buena distribución de los ingredientes que, en general, estaban bien combinados – vamos, que ni yo mismo –.
Poco a poco la terraza se fue llenando y tuve la oportunidad de saludar al Sr. Javier que también se disponía a cenar dentro. Como curiosidad os diré que en la mesa de al lado teníamos a la viva imagen de magno A. Suelo ser despistado y muchas veces no atiendo a lo que me rodea y sino llega a ser por el comentario de “tu amigo no está con su mujer”, no hubiera reparado en él. Sin duda el parecido era asombroso aunque no tan grande como para engañarme. Debía ser su hermano.
Como en toda buena comida terminamos por los postres.
Sin duda, fue lo que más disfruté.
Pedimos algunos helados que tenían buena presentación y mejor sabor y aparte los dos postres caseros que ofrecían. Lamento no poder indicaros los nombres ya que, curiosamente, la carta de postres no aparece en su página web y no los recuerdo pero, para mí, fue lo único destacable y digno de repetir, en especial una especie de flan de queso exquisito, del que, en cuanto recupere el nombre, busco la receta y me pongo a trabajarla ahora que ya he superado la prueba del tiramisú.
Finalmente decidí adormecer las papilas gustativas con un café solo, negro y amargo, que también me gustó sin llegar a deleitarme.
Y la vida sigue.
Esperemos que la historia de este economista que dejó Italia por una rubia sea feliz y duradera y sobre todo espero que podamos seguir contando las peripecias del “Don Giovanni” muchos años más.
Pero no os olvidéis de lo más importante:
¡La reserva!
Se ha dicho que “el hombre propone y Dios dispone” y también que “no hay dos sin tres” y aquello de que “a la tercera va la vencida” – o la definitiva según la versión que se escoja –, el caso es que hubo una tercera vez, que en realidad fue la primera, hace escasos días.
Un compromiso y el antojo de un familiar nos llevaron a cenar allá – previa reserva de mesa, claro –.
Mi primera sorpresa fue que hubieran reservado en la terraza, cuando normalmente somos más de interior que los champiñones, pero el tiempo acompañaba y ese detalle no iba a estropear lo que pretendíamos fuera una velada agradable.
Era temprano, ya que nos gusta cenar pronto, y la terraza estaba desierta. Nos sentamos en una de las mesas, creo que numeradas, por indicación del autor de la reserva sin esperar a que nos colocara nadie. Como ya he dicho pretendía que todo fuera bien y, no queriendo ser ave de mal agüero, oculté mis temores de que luego nos tuviéramos que cambiar de sitio y ya empezáramos con trifulcas.
Al rato se acercó uno de los camareros con su saludo de serie estándar:
– “¿Tienen reserva?”
Ciertamente pareció defraudado ante la respuesta positiva.
– “¿A qué nombre?”
Supongo que la formación del economista empapa la estrategia comercial de la empresa, creando una especie de obsesión por las reservas que llega a transmitirse al consumidor, cliente potencial o no, de una forma que a mí me resulta especialmente desagradable.
Ya no es que se necesite una reserva previa, cada cual organiza su negocio como mejor le parece, es la manera de restregarlo más que de hacerlo saber.
Esta impresión se vio reforzada por la impericia del camarero para entender y encontrar inmediatamente el nombre al cual habíamos reservado, lo que le volvía cada vez más impaciente y nervioso. Finalmente, al cuarto o quinto intento, consiguió localizarnos en sus apuntes.
Un gesto de fastidio se le escapó al comprobar que estábamos sentados en la mesa correcta con una puntualidad anglosajona, antes de retirarse para traer las cartas del menú.
No me considero un gourmet ni soy quién para realizar una crítica gastronómica que vaya más allá del me gusta o no me gusta, está rico o soso, sabroso o saborío. Cómo será que acabo de enterarme de la existencia de un quinto sabor: el umami. Espero poder apreciarlo alguna vez aunque si considero los otros cuatro creo que lo tengo difícil.
Pedí una de las especialidades de la casa, la “Lassagna della mamma”, una lasaña muy suave y delicada, tal vez por la nata, tal vez por el apio, a la que le eché en falta algo, no os sé decir el qué. Un plato correcto, estupendo para niños, pero que a mí, personalmente, más que saberme a poco me dejó insatisfecho.
Picoteé de las pizzas ajenas, encontrando la masa muy agradable y crujiente, con una buena distribución de los ingredientes que, en general, estaban bien combinados – vamos, que ni yo mismo –.
Poco a poco la terraza se fue llenando y tuve la oportunidad de saludar al Sr. Javier que también se disponía a cenar dentro. Como curiosidad os diré que en la mesa de al lado teníamos a la viva imagen de magno A. Suelo ser despistado y muchas veces no atiendo a lo que me rodea y sino llega a ser por el comentario de “tu amigo no está con su mujer”, no hubiera reparado en él. Sin duda el parecido era asombroso aunque no tan grande como para engañarme. Debía ser su hermano.
Como en toda buena comida terminamos por los postres.
Sin duda, fue lo que más disfruté.
Pedimos algunos helados que tenían buena presentación y mejor sabor y aparte los dos postres caseros que ofrecían. Lamento no poder indicaros los nombres ya que, curiosamente, la carta de postres no aparece en su página web y no los recuerdo pero, para mí, fue lo único destacable y digno de repetir, en especial una especie de flan de queso exquisito, del que, en cuanto recupere el nombre, busco la receta y me pongo a trabajarla ahora que ya he superado la prueba del tiramisú.
Finalmente decidí adormecer las papilas gustativas con un café solo, negro y amargo, que también me gustó sin llegar a deleitarme.
Y la vida sigue.
Esperemos que la historia de este economista que dejó Italia por una rubia sea feliz y duradera y sobre todo espero que podamos seguir contando las peripecias del “Don Giovanni” muchos años más.
Pero no os olvidéis de lo más importante:
¡La reserva!
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