10 octubre 2007

La cofradía (VI)

Desayunos

Un rayo de sol se colaba juguetón por la ventana. Podía sentirlo sobre su cara, avanzando, poco a poco, hasta alcanzar la punta de la nariz para luego escurrirse, divertido, sobre los párpados todavía cerrados. Era el momento de levantarse, no necesitaba despertador para saber la hora. Sin embargo, algo le retuvo. Una sensación irreal se apoderó de él y los versos del joven Wherter acudieron en tropel a su mente:

“¡La veré! exclamo con júbilo por la mañana, cuando al despertarme, lleno de alegría, dirijo mis miradas hacia el naciente sol. ¡La veré! y no tengo otro deseo en todo el día. Lo demás desaparece ante esta esperanza”.

Se incorporó con cuidado y abrió los ojos. Su cara se iluminó de felicidad. No había sido un sueño. Estaba allí.
Sí, estaba allí durmiendo plácidamente, el pelo rubio alborotado sobre su espalda apenas tapada por la sábana, que sujetaba con la axila y reafirmaba la voluptuosidad de sus curvas, mientras su brazo, apoyado en la cadera, dejaba su mano flotar en el borde de la cama, en tanto que la otra se escondía debajo de la almohada para dar apoyo a la cabeza. Su respiración era suave y su cara la más bonita que nunca viera. La besó con suavidad. Nada sucedió.

– Tiene el sueño de los justos. Debe estar agotada. – Pensó.

Mientras se destapaba volvió a mirar con deleite el cuerpo amado y, acompasando sus movimientos con la respiración de Juliana, se levantó sin hacer ruido. En ese momento, ella se dio la vuelta aún dormida. La sábana, libre de su atadura, dejó asomar, travieso, un seno. Miguel vaciló.

– Tenemos tiempo. Es mejor que descanse.

Recogió su ropa, salió del dormitorio y entró en el cuarto de baño sin encender el calentador. Cuando terminó, se dirigió a la cocina, tiró el café viejo, enjuagó la jarra y rellenó la cafetera, le puso el filtro y contó las cucharadas de café molido. Sabía cómo le gustaba. El agua comenzaba a burbujear cuando Miguel cerró la puerta del piso sólo con el resbalón. Deprisa, casi saltando, bajo a la calle y se dirigió a la tahona.

– ¡Ayyyy! ¡Ése es mi niño! – Gritó la panadera al verle cruzar la puerta, acallando el ruido de las campanillas.
– ¡Si ya lo decía yo! ¡Si es que me la tenía escondida!

Sin tiempo para decir nada, Miguel se vio atrapado en un abrazo sofocante de la rolliza panadera. Cuando empezaba a ponerse morado y su nariz pugnaba por encontrar un hueco para respirar, dos sonoros besos en las mejillas le dieron un momento de tregua antes de hundirse de nuevo en el delantal blanco, impoluto, que olía a jabón de Marsella.

– ¡Qué alegría más grande! ¡Y tu sin decir nada, pillín! – Un desagradable pellizco en la mejilla izquierda le permitió recuperar la respiración.

– Pero no estés tan callado. ¡Cuéntame! ¿Para cuándo la boda? No será para la Virgen, ¿verdad? ¿Quién te iba a llevar al altar entonces, muchacho? ¡Ay qué nervios! ¿Y que me voy a poner? ¡Tendré que ir a la capital a ver los trapillos que están de moda!

Miguel, con la boca abierta, no salía de su asombro.

– ¡Por Dios, Petra! ¿Qué estás diciendo?
– No nombrarás a Dios en vano. Y es en vano que disimules, que ya me lo ha contado todo la cerillera: Es una chica preciosa, educada, inteligente, un poco repolluda y hacéis una pareja perfecta. Me muero por conocerla así que a ver si me la traes pronto. Mejor. ¡Coméis en casa! Te he preparado unas madalenas de aceite y unos curasanes y toma esta barra de pan, especial para las tostadas. ¡No te pases con el ajo y no olvides la sal! ¡Y corre, que la debes tener impaciente! ¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo? ¡Vamos niño, vete ya! – Abriendo la puerta, empujó a Miguel a la calle. Con las manos llenas de paquetes, trastabilló y apunto estuvo de caerse, cuando recupero el equilibrio se volvió.

– Gracias, pero todavía no sé lo que haremos...
– Pillín, pero cuando tengáis hambre ya sabes que comida en casa no os va a faltar. – Petra volvió a entrar en la tahona dejando a Miguel con la palabra en la boca.

– ¡Ay! ¡”El chico” que se nos casa! ¡Lo orgullosa que estaría su pobre madre! – Dijo mientras se limpiaba una lagrima con la punta del delantal.

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– ¿Cómo está?
– Muy mal. No entiendo como aguanta. Glasgow 3. Con la respiración asistida y sedado apenas hemos podido controlar las fasciculaciones y el edema. Necesita un hígado pero aunque lo encontremos no creo que resista.
– ¿Se ha informado a los familiares?
– No es de aquí y vive solo. La guardia civil está intentando encontrar a sus parientes.
– Mira que lo dijimos y nada. ¡Tenía que pasar! ¡Mierda de fumigaciones! – Bebió de un trago el contenido de un vaso de plástico, un asqueroso café que le taladró el estómago, el primero de la mañana.
– Bueno, me voy que ya amanece y quiero llevar “calentitos” para desayunar con la familia. ¡Suerte con la guardia!
– Va a ser un puente muy largo. ¡Que lo disfrutes! – Contestó aplastando el vaso con la mano y arrojándolo en una papelera, sin mirar si acertaba. A través de una ventana, mientras comenzaba la ronda, pudo ver al Sol elevarse majestuoso en el cielo.

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Febo comenzaba su ascensión rápida por el cielo y sus rayos empezaban a templar el frescor de la mañana. Aunque quedaba mucho para el mediodía, el viajero ya podía sentir que iba a ser una jornada de mucho calor. Atrás quedó el frío del agua y la quemazón de la despedida. Atrás quedó, una vez más, un pedacito de su ser.
Ascendía entre riscos cada vez menos arbolados y más rocosos, siguiendo lo que, a ojos expertos, podía ser un vericueto de cabras, ayudándose con un bastón improvisado y con la mano en las zonas difíciles, resbalando de tarde en tarde, elevando una pequeña nube de tierra con sus pies y precipitando pequeñas piedras saltarinas ladera abajo.
Siguió avanzando más despacio de lo que le hubiera gustado, aproximándose a la cima del monte que parecía dominar el paisaje con su altura. Luego se desvió y descendió un poco para alcanzar un trozo de terreno más favorable al caminante. Tras un rato de marcha, una sonrisa asomó a su cara. Un agradable olor a guiso complementaba las fragancias del bosque.

– Gracias a Dios está en casa. Unos comen cuando otros desayunan. – Masculló.

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Estaba en casa. ¿Pero cómo? No lo recordaba. Se levantó como pudo del sofá. Le pesaba la cabeza. Con paso inseguro se dirigió hacia la cocina y sacó un paquete de leche abierto de la nevera, casi vacía y con las paredes churretosas. Cogió un vaso del escurridor y el café soluble del aparador. Abrió el bote. Rebuscó por los cajones una cucharilla. Al fin la encontró. Volvió al café para sacarla medio llena. Intentó vaciarla en el vaso. Apenas lo consiguió, el café se desparramó por la encimera. Lo volvió a intentar. En esta ocasión la cucharilla tropezó con el borde del bote y, como lanzado por una catapulta, parte del café cayó en el vaso; la mayor parte no. Se sintió satisfecho con el resultado. Vertió leche por encima del café que había en el vaso, salpicando apenas la encimera. Animado, abrió la puerta del microondas y ayudándose con las dos manos dejó el vaso en su interior. Mientras se calentaba la leche encendió un cigarrillo rubio sujetándose una mano con la otra. Daba una calada cuando el microondas avisó de su parada. Abrió la puerta con la mano del cigarrillo y con la otra sacó el vaso. El temblor hizo que se derramara la leche quemándole la mano. Soltó una maldición mientras dejaba el vaso con precipitación para introducir la mano herida en el chorro de agua fría. Estirando el otro brazo para no estropear el cigarrillo, se mojo la cara y metió la cabeza, empapándose la nuca y las sienes. Chorreando dio una calada. Echó un rápido vistazo a su alrededor, agarró del gaznate la botella de brandy Gladiador, le quito el tapón con los dientes, lo escupió en el fregadero y comenzó a dar largos tragos para ahuyentar la resaca.

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Como si de una mala resaca se tratara, me envuelve una espiral de imágenes, confusas y vertiginosas, que me provocan dolor de cabeza y mareos.
Extraños sueños me acechan por la noche.
La cruz pintada en el suelo… ¡No! Está bordada en mi pecho. Rojo sangre. Soy un cruzado en Tierra Santa. Un gigante de casco brillante, cual triángulo dorado sobre su cabeza, señala algo desde aquel otero. La sangre me llega a las rodillas mientras lucho intentando no resbalar. Resbalar es morir.
De repente estoy en la cima de un monte.
Mediodía.
El sol aplasta sus rayos contra la gruta. Dentro hace fresco. La hoguera está apagada. He rehecho el jergón con apatía. Me he mojado la cara en el bebedero y me he asomado al barranco.
El cielo azul ante mí, envolviéndome con los apretados nudos del sol, atando mi cuerpo, sujetándome ante el vacío abierto a mis pies.
Lejos, en el fondo, un río azul de piedras erizadas; entre ellas, un suelo líquido que me debe reflejar como ese espejo me refleja a mí sentado en el bar. Jugando a ser otro, mirándome a mí mismo y a los demás. Observando sus –mis- gestos, mi –su- forma de actuar. Contemplándolo todo al revés. Sintiéndolo todo al revés, imaginándolo todo al revés.

– Esperpento: ¿Qué haces ahí? ¿Eres tú mi imagen? ¿Soy yo tu imagen? ¿Somos el uno para el otro o somos la misma cosa?

El recuerdo de Withman golpea mi cabeza mientras me agito en la cama:

“Esa sombra, mi imagen, que va de un lado a otro para buscarse el sustento, que charla, que regatea. Cuantas veces no me sorprendo mirándola en sus idas y venidas. Cuantas veces no me pregunto si esa sombra seré realmente yo; Más en medio de mis amantes, y cantando estos poemas, Oh, nunca dudo que esa sombra sea yo.”

Un sonido ronco me sobresalta. El gigante toca su cuerno y con la espada señala una muralla. Se oye un grito, como un trueno retumbante repetido por millares de voces:

– “¡Dios le wet!”

Despierto de un brinco, estoy empapado en sudor, mi corazón acelerado es lo único que puedo escuchar en el silencio de la habitación. Miro el despertador. Las seis menos cinco. Mi respiración sigue agitada. Un mal sueño, eso es todo. No consigo tranquilizarme. Me levanto. Sigue oscuro hay fuera. Preparo una infusión de tila con rooibos y frambuesa. Mientras se calienta el agua en la tetera muerdo una manzana y comienzo la tabla de ejercicios matinales.

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Sentada en una mesa alargada, delante de la caseta, mordía un pero verde sin pelar, similar a los que llenaban, de forma generosa, el cesto de mimbre que reposaba a su lado, cuando la ruidosa patulea de chavales alcanzó la calle principal de Aldeavieja.

– ¡Buenos días, Claudia! ¡Cómo madrugas!
– Sois vosotros los que os levantáis cada vez más tarde.
– ¡Y que lo digas! ¡Cada vez cuesta más que salgan de los sacos! ¡Si no fuera porque no se pierden un desayuno! – Contestó la mujer enjuta de pelo claro.
– Pues aquí tenemos el complemento perfecto para terminar de despertarse. Recién cogidos. Un poco ácidos todavía, pero me gustan así. ¡Cógelo, Sacha! – Comenzó a lanzar peros del cesto hacia los recién llegados para que los cogieran al vuelo.
– ¡Ay! – El quejido de Sacha les hizo volver la cabeza a todos. La manzana rodaba por el suelo y un gesto de dolor se reflejaba en su cara mientras se cogía la mano que la había detenido.
– ¿Qué te pasa? – Se acercó Claudia mientras los demás las rodeaban con preocupación.
– No es nada. Anoche me debió picar algo.
– Déjame ver.

Sacha extendió la mano. En la palma se podía observar un pequeño arañazo de bordes violáceos en medio de una elevación de la piel enrojecida.

– ¿Vistes qué fue?
– No.
– Lástima. No parece de escorpión. Quizás haya sido una araña pero tampoco es la típica. ¿Te has puesto algo?
– Pomada antihistamínica.
– Bien, pero no tiene buena pinta. Si no mejora nos acercamos al pueblo ¿Tenías puesto el tétanos, verdad?
– Sí mujer, siempre tan exagerada, que esto no es nada. Mañana estaré bien. ¡Y vosotros a trabajar! ¡Que para algo estáis aquí y ya sabéis lo que tenéis que hacer!

El grupo, comiendo en silencio, siguió camino arriba con desgana, hacia donde se veían unos sacos, picos y palas y una carretilla, dejando de lado lo que parecía la excavación arqueológica de una antigua iglesia, mientras las mujeres se sentaban en la mesa dejando el cesto entre ellas.

– ¡Animo, que ya queda poco! – Les gritó Sacha. – Más nos vale que terminen antes de que vengan los de la Comunidad. – Añadió en voz baja.
– En un par de días tenemos la alberca terminada. No te preocupes.
– ¿Y qué tal anoche?
– ¿Anoche? – Una sonrisa iluminó la cara de Claudia.

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La cara de Juliana resplandecía con un mohín risueño. Sin abrir los ojos, tanteó con la mano el espacio libre de la cama sin resultado. Se repanchigó a lo ancho abrazando la almohada vacía, olores propios y extraños le recordaron la noche pasada mientras, poco a poco, un penetrante olor a café despejaba su duermevela. El ruido de una puerta al cerrarse terminó por despertarla. Siguió abrazada a la almohada. Nada había salido como tenía pensado. ¿O tal vez sí? Un sutil aroma a dulces empezaba a tentarla. ¿Por qué sino había ido hasta ese rincón remoto? ¿Por qué estaba allí? El olor del pan tostado venció su resistencia. Apartó la sábana y se levantó, rebuscó en una maleta medio deshecha para sacar un quimono de seda negra con bordados de colores y unas chancletas a juego, cogió algo de ropa de un cajón y se dirigió al cuarto de baño. Entró en la bañera y abrió el grifo del agua caliente.
Un grito sorprendió a Miguel que echó a correr hacia el baño, golpeándose con la puerta cerrada.

– ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
– ¡No! ¡El agua sale helada!

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El agua estaba helada. No podía ser de otro modo en aquella pensión de mala muerte en la que Harvey había tenido que pasar la noche. ¡Y qué noche! El final perfecto de un día horrible. Si no hubiera sido por el reventón del viejo cuatro latas estaría durmiendo en la capital, en la confortable habitación de un hotel, y no en ese camastro lleno de chinches que hacían cola, esperando turno en las patas metálicas, para alimentarse de su persona, provocándole, en los brazos y las piernas, una urticaria insufrible. El agua fría calmaba el picor pero su golpeteo gélido en la piel le irritaba. Le irritaba tener que esperar hasta que abriese el taller para cambiar la rueda de una tartana. Le irritaba tener que desayunar polaramines en un inmundo bar de carretera al lado de un crápula baboso y de una meretriz cincuentona y desdentada. Y sobre todo le irritaba – aunque el nunca lo reconocería porque no cree en esas cosas – la posibilidad de que la gitana realmente le hubiera aojado.

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– ¡Ni que nos hubiera mirado un tuerto!

Harvey tirado en la carretera. ¡Increíble! Toda la fortuna que les había sonreído hasta el momento parecía haberse esfumado de sopetón. Acababan de amargarle el par de huevos fritos con chorizo. Después de una noche toledana esperaba animarse con el desayuno y olvidar el reconcome que le invadía. Pero nada, no había forma. Se levantó de la mesa y se sirvió una generosa copa de D’armañac. Con ella en la mano salió del comedor con paso cansino. En la sala levantó la copa como si brindara con el caballero del cuadro que la presidía.

– ¡Por la excavación! – Le dijo antes de paladear un sorbo.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Too much drugs...