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Madrid, 20 de Septiembre de 2006
Estimado señor o señora:
Debe saber vuestra merced que desde el día de ayer me falta la mitad del juicio, si es cierto que el juicio reside en esas pequeñas piezas que arraigan en la boca y, en mi caso, permanecen ocultas en sus hornacinas óseas asustadas de la suerte corrida, hace ya muchos años, por la única que se atrevió a asomar la cabeza y que fue trágicamente arrancada para el beneficio de sus hermanas. Es posible que desde aquel acontecimiento mi juicio se resintiera y, si es verdad que el juicio reside en su mayor parte en las maxilares, debido a su proximidad al intelecto, es más que probable que me haya abandonado definitivamente junto a ellas como comprobará en el relato de lo acontecido.
No le voy a aburrir hablándole de los precios de la ortodoncia hace treinta años o de los perjuicios del apiñamiento dental, pero si le diré que ciertas molestias al masticar me indujeron a pensar en la conveniencia de visitar a un profesional de la sonrisa cuyo horario resultó ser compatible con el mío. Aunque no me satisfacen las franquicias por su homogeneidad, (todas intentan venderte más de lo que necesitas), en este caso, no creí que fuera un inconveniente, ya que el resultado final siempre depende de la persona encargada, y, no conociendo a ninguno de confianza, la suerte estaba echada.
En mi primera visita el trato fue tan cordial como en cualquier otra parte. Primero me atendió una recepcionista clavada a cualquier otra de cualquier otro lugar, el mismo aspecto empalagosamente dulzón, la misma voz melosa y la misma espera en sillones que invitan a permanecer de pié. Luego un ayudante azul pitúfico me condujo hasta una consulta donde me invitó a ponerme cómodo en un sillón en el que recostar la cabeza suponía torcer la espalda de forma inmisericorde. Todavía estaba buscando la postura cómoda cuando apareció por detrás una doctora en verde quirúrgico preguntándome el motivo de mi presencia. Sin prestar mucha atención, concentrado como estaba en desentrañar el misterio del sillón, le expliqué las molestias de la rama mandibular izquierda. Entonces me pidió que abriera la boca y se situó delante de mí. Desde luego abrí la boca. Abrí la boca más llevado por el asombro que por la petición. Allí firme sobre sus piernas, segura y sin vacilar, una hermosa doctora introducía con soltura una sonda entre mis muelas.
- ¿Dónde? Yo no veo nada.
Tal vez los nervios, tal vez su mirada, hicieron desaparecer todas las molestias de golpe. Ni masticando gasa pude desvelar la molesta sensación y sólo un “por aquí”, sin convicción, fue mi respuesta
- Haremos una radiografía.
No era la primera vez que me enfrentaba a la irradiación, pero sí fue la primera que me explicaban claramente como sujetar la película entre mis dedos y las piezas interesadas antes de salir corriendo como ratas asustadas.
- Nada. Todas están bien. – Me dijo enseñándome el resultado.
- Vamos a hacer una panorámica. Espera un poco en recepción mientras la preparamos.
La espera en recepción no fue muy larga, pero sí lo suficiente como para no poder evitar escuchar las voces que la directora del negocio le profería a uno de sus subordinados, un mocetón alto y rubio chillón que pese a su juventud debía tratarse de uno de los doctores a su servicio. He visto muchas situaciones similares como para sorprenderme de la falta de educación, tacto y miramiento por su negocio que tienen este tipo de personajes, creyéndose unos sursum corda actúan como las personas rastreras que son. No puede extrañar que la rotación del personal en estos sitios sea elevada y que la calidad del servicio se resienta. Parece ser que un mecánico tenía una deuda de siete mil euros por implantes que todavía no se le habían implantado ya que en esa semana no disponían del horario adecuado para ello, no obstante, la dueña iba a dejar su automóvil en el taller para que le hicieran una reparación por el valor de la deuda y...
- ¡Pase por aquí!
Una auxiliar me condujo hasta otra sala casi diáfana. En el centro un aparato, que me recordó los periscopios de las películas de submarinos, parecía colgar del techo. Tras ajustarme un peto y proteger un ojal del aparato con un guante de exploración, me situaron en posición. Tenía que morder el ojal con los incisivos y sujetarme con las manos a las asas laterales del aparato situadas a la altura de los ojos. Para aumentar el efecto periscopio, tuvieron que bajar el aparato hasta una altura en la que, casi de puntillas, casi normal, alcanzaba la postura deseada. Me dejaron solo. Con la boca cerrada, apretando la goma entre los dientes, esperaba el momento de gritar “fuego el uno” cuando se escuchó un ruido mecánico y la máquina comenzó a girar alrededor de mi cabeza. Después de todo, quizás, el efecto iba a ser más parecido a la centrifugadora donde se entrenan los astronautas. No tuve tiempo de marearme. La máquina se paró. Acto seguido entró la auxiliar, me quitó el peto y me hizo pasar a la consulta. Esta vez permanecí de pie. No tardó en aparecer la doctora.
Es la era digital. Ya casi han pasado a la historia los líquidos de revelado y lo largos tiempos de espera, los cuartos oscuros y sus momentos de confidencias bajo la luz roja, las máquinas secadoras y los negatoscopios, ahora solo tienes que seleccionar el archivo para que aparezca en la pantalla del ordenador la imagen obtenida, sin fallos, al primer intento.
- La única explicación que encuentro es que te esté empujando la veintiocho y las molestias procedan del efecto cuña cuando el hueco se llena de comida porque todo lo demás está bien. La cuarenta y ocho también conviene quitarla. Observa que la corona está impactada con las raíces de la cuarenta y siete. Eso perjudica mucho al resto de piezas. La otra, como no molesta, la dejamos de momento. Concreta cita en recepción. Cuanto antes lo hagamos mejor.
Me tendió la mano con seguridad y firmeza al tiempo que con calidez y suavidad femenina, antes de salir con rapidez para continuar con sus obligaciones. Estaba recreando las pequitas de su mejilla y su contoneo en el momento en que apareció la recepcionista para conducirme a otra sala, donde me preparó un presupuesto – y luego dicen que nosotros somos caros – y me proponía descuento pronto pago del tres por ciento o financiación a tres meses – todo facilidades, pensé – con un uno y pico de interés por gastos de tal y cual. Me citó para tres semanas sucesivas y, sorprendentemente, tras la bronca habida, no quiso cobrar la placa en el momento.
Abandoné el lugar con un regusto agridulce. No tenía ninguna pieza afectada pero el momento tantos años pospuesto había llegado. Siempre me quedaba la opción de echarme atrás, tenía una semana para pensármelo, pero no iba a adelantar nada; además la doctora transmitía confianza y saber hacer, lo que no es frecuente de encontrar. Decidí no darle más vueltas al asunto y disfrutar de la hora que me quedaba de esa mañana de Rodríguez.
Madrid, 20 de Septiembre de 2006
Estimado señor o señora:
Debe saber vuestra merced que desde el día de ayer me falta la mitad del juicio, si es cierto que el juicio reside en esas pequeñas piezas que arraigan en la boca y, en mi caso, permanecen ocultas en sus hornacinas óseas asustadas de la suerte corrida, hace ya muchos años, por la única que se atrevió a asomar la cabeza y que fue trágicamente arrancada para el beneficio de sus hermanas. Es posible que desde aquel acontecimiento mi juicio se resintiera y, si es verdad que el juicio reside en su mayor parte en las maxilares, debido a su proximidad al intelecto, es más que probable que me haya abandonado definitivamente junto a ellas como comprobará en el relato de lo acontecido.
No le voy a aburrir hablándole de los precios de la ortodoncia hace treinta años o de los perjuicios del apiñamiento dental, pero si le diré que ciertas molestias al masticar me indujeron a pensar en la conveniencia de visitar a un profesional de la sonrisa cuyo horario resultó ser compatible con el mío. Aunque no me satisfacen las franquicias por su homogeneidad, (todas intentan venderte más de lo que necesitas), en este caso, no creí que fuera un inconveniente, ya que el resultado final siempre depende de la persona encargada, y, no conociendo a ninguno de confianza, la suerte estaba echada.
En mi primera visita el trato fue tan cordial como en cualquier otra parte. Primero me atendió una recepcionista clavada a cualquier otra de cualquier otro lugar, el mismo aspecto empalagosamente dulzón, la misma voz melosa y la misma espera en sillones que invitan a permanecer de pié. Luego un ayudante azul pitúfico me condujo hasta una consulta donde me invitó a ponerme cómodo en un sillón en el que recostar la cabeza suponía torcer la espalda de forma inmisericorde. Todavía estaba buscando la postura cómoda cuando apareció por detrás una doctora en verde quirúrgico preguntándome el motivo de mi presencia. Sin prestar mucha atención, concentrado como estaba en desentrañar el misterio del sillón, le expliqué las molestias de la rama mandibular izquierda. Entonces me pidió que abriera la boca y se situó delante de mí. Desde luego abrí la boca. Abrí la boca más llevado por el asombro que por la petición. Allí firme sobre sus piernas, segura y sin vacilar, una hermosa doctora introducía con soltura una sonda entre mis muelas.
- ¿Dónde? Yo no veo nada.
Tal vez los nervios, tal vez su mirada, hicieron desaparecer todas las molestias de golpe. Ni masticando gasa pude desvelar la molesta sensación y sólo un “por aquí”, sin convicción, fue mi respuesta
- Haremos una radiografía.
No era la primera vez que me enfrentaba a la irradiación, pero sí fue la primera que me explicaban claramente como sujetar la película entre mis dedos y las piezas interesadas antes de salir corriendo como ratas asustadas.
- Nada. Todas están bien. – Me dijo enseñándome el resultado.
- Vamos a hacer una panorámica. Espera un poco en recepción mientras la preparamos.
La espera en recepción no fue muy larga, pero sí lo suficiente como para no poder evitar escuchar las voces que la directora del negocio le profería a uno de sus subordinados, un mocetón alto y rubio chillón que pese a su juventud debía tratarse de uno de los doctores a su servicio. He visto muchas situaciones similares como para sorprenderme de la falta de educación, tacto y miramiento por su negocio que tienen este tipo de personajes, creyéndose unos sursum corda actúan como las personas rastreras que son. No puede extrañar que la rotación del personal en estos sitios sea elevada y que la calidad del servicio se resienta. Parece ser que un mecánico tenía una deuda de siete mil euros por implantes que todavía no se le habían implantado ya que en esa semana no disponían del horario adecuado para ello, no obstante, la dueña iba a dejar su automóvil en el taller para que le hicieran una reparación por el valor de la deuda y...
- ¡Pase por aquí!
Una auxiliar me condujo hasta otra sala casi diáfana. En el centro un aparato, que me recordó los periscopios de las películas de submarinos, parecía colgar del techo. Tras ajustarme un peto y proteger un ojal del aparato con un guante de exploración, me situaron en posición. Tenía que morder el ojal con los incisivos y sujetarme con las manos a las asas laterales del aparato situadas a la altura de los ojos. Para aumentar el efecto periscopio, tuvieron que bajar el aparato hasta una altura en la que, casi de puntillas, casi normal, alcanzaba la postura deseada. Me dejaron solo. Con la boca cerrada, apretando la goma entre los dientes, esperaba el momento de gritar “fuego el uno” cuando se escuchó un ruido mecánico y la máquina comenzó a girar alrededor de mi cabeza. Después de todo, quizás, el efecto iba a ser más parecido a la centrifugadora donde se entrenan los astronautas. No tuve tiempo de marearme. La máquina se paró. Acto seguido entró la auxiliar, me quitó el peto y me hizo pasar a la consulta. Esta vez permanecí de pie. No tardó en aparecer la doctora.
Es la era digital. Ya casi han pasado a la historia los líquidos de revelado y lo largos tiempos de espera, los cuartos oscuros y sus momentos de confidencias bajo la luz roja, las máquinas secadoras y los negatoscopios, ahora solo tienes que seleccionar el archivo para que aparezca en la pantalla del ordenador la imagen obtenida, sin fallos, al primer intento.
- La única explicación que encuentro es que te esté empujando la veintiocho y las molestias procedan del efecto cuña cuando el hueco se llena de comida porque todo lo demás está bien. La cuarenta y ocho también conviene quitarla. Observa que la corona está impactada con las raíces de la cuarenta y siete. Eso perjudica mucho al resto de piezas. La otra, como no molesta, la dejamos de momento. Concreta cita en recepción. Cuanto antes lo hagamos mejor.
Me tendió la mano con seguridad y firmeza al tiempo que con calidez y suavidad femenina, antes de salir con rapidez para continuar con sus obligaciones. Estaba recreando las pequitas de su mejilla y su contoneo en el momento en que apareció la recepcionista para conducirme a otra sala, donde me preparó un presupuesto – y luego dicen que nosotros somos caros – y me proponía descuento pronto pago del tres por ciento o financiación a tres meses – todo facilidades, pensé – con un uno y pico de interés por gastos de tal y cual. Me citó para tres semanas sucesivas y, sorprendentemente, tras la bronca habida, no quiso cobrar la placa en el momento.
Abandoné el lugar con un regusto agridulce. No tenía ninguna pieza afectada pero el momento tantos años pospuesto había llegado. Siempre me quedaba la opción de echarme atrás, tenía una semana para pensármelo, pero no iba a adelantar nada; además la doctora transmitía confianza y saber hacer, lo que no es frecuente de encontrar. Decidí no darle más vueltas al asunto y disfrutar de la hora que me quedaba de esa mañana de Rodríguez.
Llegado este punto, debo decir a vuestra merced que me encontraba cansado.
La fiesta patronal me dejó el día libre pero con todas las obligaciones de un día corriente. Me había levantado a la hora de siempre, tras la ducha había preparado el desayuno, levantado a los niños, preparado su bocadillo, aseado, azuzado y conducido al colegio. Hasta la hora de la cita no tenía otra cosa que hacer, así que decidí darme un gustazo visitando una tienda especializada ubicada en Manuel Becerra. Serían las nueve y cuarto. La mañana acompañaba por lo que me dispuse a subir Doctor Esquerdo por la acera de los pares sin prisas para, según mis cálculos, llegar cuando ya estuviera abierta.
Soplaba un airecillo fresco muy agradable que, después de un rato caminando, se agradecía mucho. Era ese momento ideal en el que el denso tráfico de la mañana desaparece y asombrosamente el perpetuo atasco no existe. La ciudad estaba en calma; los niños en el cole, el personal en sus puestos. Los conserjes, antes llamados porteros, se afanaban limpiando la acera de su portal o terminaban de recoger los cubos de basura, o rajaban entre sí poniendo verde a Mengano y Fulano sin olvidar a Zutano ni a Perengano, embutidos en sus monos azules. Por la calle poca gente, igualdad de sexos, no había mas mujeres que hombres ni al revés, pero todos, desde el oficinista que iba a desayunar, la chica que hacía footing, el comerciante dispuesto a abrir el tenderete, el comercial en ruta, la anciana que entraba en el banco, incluso los jóvenes que repartían periódicos gratuitos, todos, estaban unidos por un elemento común: el celular. Algunos aferrados a él como a una tabla de salvación, otros ostentosos, otros a la moda pero todos con el aparato pegado a la oreja, como si les transmitiera un mensaje secreto del que dependiera sus vidas.
La subida de la cuesta se hizo más llevadera tras un momento de sorpresa cuando, en un tramo de la calle, el pasado saltó a mi encuentro: Una fontanería. La puerta de la calle abierta dejaba ver el cuartito minúsculo y un mostrador de madera detrás del cual una señora atendía un teléfono de los antiguos, de esos negros, de pasta dura y pesada, sujetándolo con el hombro mientras tecleaba en una enorme máquina de escribir Olivetti. A continuación una ferretería, que bien podría haber sido chamarilería, con el escaparate lleno de flexos vetustos y artefactos de todo tipo y uso que parecían cubiertos por una capa gris de tiempo. Más allá, el pasillito de una droguería con aroma de perfumes y desinfectante y, las paredes, con estanterías hasta el techo repletas de todo tipo de botes y cajas. Luego, otro escaparate de ferretería tan herrumbroso como el anterior y una pescadería presentando su mercancía, fresquísima, en cajas con hielo picado que parecían escalar una pendiente y después... Un bazar chino que rompió el encanto.
El paseo me llevó hasta la fábrica de moneda y timbre donde el guardia civil de servicio en la puerta parecía saludarme con alegría antes de encaminarse hacia mí. Los esfuerzos que hice por reconocerle fueron inútiles así que esperé que la conversación me permitiera recordarle. Ya estaba a mi altura y me tendía la mano con un saludo. Iba a corresponderle cuando, desde detrás de mí, a la izquierda, surgió un individuo que se la estrechó con alborozo. Sentí alivio: es natural que no recuerde a quien no conozco. Continué y pasé deprisa por delante del hospital y sus bares periféricos tan atiborrados como siempre del dolor, cansancio y esfuerzo de las personas que los frecuentan. Con una ligera quemazón deseé que pasara mucho tiempo antes de ser uno de ellos y avivé el paso. Ya estaba muy cerca.
Llegué a mi destino a las diez; aún quedaba media hora para que abrieran por lo que me fui a desayunar después de dar una vuelta por las calles adyacentes, de cambiar de acera por el tufo que se desprendía a través del pórtico abierto de un bar de alterne, de curiosear el escaparate de una librería tradicional y tener que resistirme para no entrar. Terminé en un bar escondido entre andamiajes, enfrente de una pastelería de la calle Alcalá. Un bar a la antigua, con camareros vestidos como tales y ambiente elegante. El camarero que me atendió tenía el ojo izquierdo morado. Cuando le preguntaban respondía: “me he caído” o “ya está mejor” o “la mujer que me maltrata”. Recordé a los legionarios que se caían de la camareta o se tropezaban con la taquilla y nunca reconocían la evidencia del culatazo. Me sirvió el café con leche mientras preparaba la barrita de pan en la plancha, aplastándola con una pila de platos que iban disminuyendo a medida que despachaba consumiciones; cuando sólo quedaba uno la barrita estuvo terminada, blanda y crujiente; con el aceite de oliva y un ligero toque de sal estaba exquisita.
Terminado el desayuno me dirigí a la tienda que ya debería estar abierta. De camino entré en una papelería, que por el aspecto parecía especializada en artículos de bellas artes, para comprar lápices de los que me gustan, de mina blandísima, que gasto como si fueran pipas haciendo los bocetos de los que vuestra merced tanto se place. Lo que no tenía de fondo el local lo tenía de ancho y respondió a las expectativas: Conseguí los lápices sin dificultad y continué mi andanza. Me alegró comprobar que aún existen aquellos bares que en mi juventud llenaron muchas tardes de farra; apenas noté cambios en ellos, el mayor en los carteles: los precios módicos en pesetas se han transformado en económicos euros; las ofertas se mantienen y si no las aproveché fue porque me encontraba tan gratamente satisfecho con el desayuno que no quise estropearlo con un perrito amostazado.
Por fin llegué a mi destino. Ya estaba abierto y, aún siendo día laboral, con bastantes clientes dentro. Su disposición me trajo a la memoria cuando rastreaba ofertas de discos haciendo la ruta desde Tony Martin, pasando por los bajos de la Gran Vía, hasta Princesa. De hecho, la organización de los facsímiles, libros y álbumes era idéntica a la de los discos en aquellos comercios: Organizados por orden alfabético y editorial, los más delicados enfundados en sus preservativos de plástico transparente, la búsqueda del experto pasándolos rápidamente con los dedos hasta encontrar el deseado y su cara de satisfacción al conseguirlo. Es cierto que la tienda no tiene nada que ver con aquel paraíso de las antigüedades en Lavapies, del que ya le hablé en su día, y que la parte destinada a tienda de muñecos y ropa parece desgajarse del microclima inicial del local pese a la continuidad de la decoración, pero, en conjunto, la impresión fue positiva y me sumergí con placer en el manoseo de los ejemplares. Una vez que me di por satisfecho con la selección y tras consultar si funcionaban como un autoservicio realicé una buena carga y regresé a casa.
Disponía de tiempo, el camino era cuesta abajo y lucía el Sol. Desanduve lo andado, eso sí, acompañado de toda la intensidad del tráfico que había cesado su tregua y ya resultaba muy molesto. La cuesta, el peso y las ganas de hojear con tranquilidad el pequeño tesoro que llevaba bajo el brazo se aliaron para conseguir que el regreso fuera rápido. Una vez en casa, aún pude ordenar y clasificar los ejemplares y empezar a desentrañar los misterios ocultos en el primero de ellos, antes de iniciar una nueva caminata ascendente hacia el origen de este relato.
Entenderá vuestra merced que estuviera cansado por tanto paseo y la falta de costumbre que se empezaba a reflejar en unas suaves agujetas, por lo que decidí regresar a casa. No le diré que el resto del día careciera de interés, todo lo contrario, fue un día muy especial. La comida la tenía organizada pero, animado por la tostada matinal, decidí preparar una bandeja de tostas variadas: jamón con tomate, cabrales con un toque de vino, queso con membrillo, salmón con un toque especial y otras varias que tuvieron gran éxito; más tarde imbuido del espíritu carpe diem llevé a toda la familia al cine pero eso nos aleja del tema que nos ocupa y me preocupa, y que paso a exponerle a continuación:
Con cierta aprensión llegué a mi cita quirúrgica un poco antes de la hora. Los caprichos del tráfico nunca te permiten asegurar el tiempo que vas a tardar en hacer el recorrido de todos los días, pero tuve suerte y no encontré grandes retenciones. Dejé el coche en casa y me encaminé con tranquilidad hasta la clínica. No me apetecía facilitar mucho las cosas. Mi mujer me había telefoneado porque había recibido una llamada, esa tarde, para confirmar la cita y si era posible adelantarla media hora. Vuestra merced pensará que me paso de listo siendo tan mal pensando al creer que el motivo real era comprobar la asistencia y el pago del servicio no realizado aún; puede que tenga razón, pero esa fue la impresión que tuve tras la charla telefónica con la empalagosa voz de la recepcionista a la que le tuve que explicar, desde el principio y con mucha paciencia, el porqué estaba citado a esa hora y por qué no podía ser otra.
Cuando me dirigí al mostrador comprendí el motivo de la ignorancia de la recepcionista. Era una persona diferente. Por teléfono su voz era similar a la primera que me atendió – debía ser del turno de mañana – y, a primera vista, incluso podría pasar por ella: las mismas proporciones, la misma altura, el mismo tono de ojos y de color de pelo, el mismo maquillaje. En el segundo vistazo podría pasar por su hermana: el corte de pelo ligeramente distinto, los mismos gestos. Pero un examen más detenido confirmaría que son personas totalmente diferentes. Me hubiera impresionado que la homogeneidad de la franquicia fuera tan grande como para incluir a la selección del personal si no me preocupara más el rato que iba a pasar en breve.
Tras una corta espera, me pasaron al cuartito donde me dieron el presupuesto para proceder al pago del servicio, lo que realicé en metálico, ante la aparente sorpresa de la jefa que no pudo ocultar una sonrisa de oreja a oreja mientras se guardaba con avidez los billetes en el bolso.
Volví fuera; otro rato de espera, y una ayudante que me pasa a la consulta, y me reencuentro con el sillón, y la ayudante intentando ser simpática, y “lo has pensado bien”, y “ya sabes lo que te espera”, y...
– Perdona, pero como sigas por ese camino vas a conseguir que salga corriendo.
Un momento de silencio antes de “ya no te puedes volver atrás”, y “te ato con cuerdas” y...
Bien, pues allí estaba sentado en el sillón, que más que sillón es potro por su función y su comodidad, aguantando el charloteo de la ayudante, cuando entró la doctora, joven, atractiva, de ojos azules y cabello rubio, labios rosas encendidos, voz dulce y boca perfecta con dientes blanquísimos perfectamente alineados, que me enseñó intentando venderme una ortodoncia – ella también la tuvo, dijo – y que cerró antes de que me la pudiera comer arrastrado por una extraña atracción que desapareció al darse la vuelta. Cuando se giró, jeringa en ristre, procedió a anestesiarme como si fuera a intervenir las dos piezas en el mismo día. – ¡Maravilloso! ¡Qué intrepidez! – No pude menos que pensar.
Me condujeron de vuelta a la sala de espera hasta que hiciera efecto la anestesia, “diez minutos mientras atendemos a otro paciente”. En ese momento pensé que los nervios de la situación me habían afectado, ayudado, quizás, por un grado elevado de empatía con la doctora, estimulado por la ayudante petarda. Debía relajarme, en situaciones de estrés siempre la realidad se aprecia de forma diferente.
Aunque no uso reloj puedo asegurar a vuestra merced que el plazo cumplió con creces, lo que permitió que la zona quedara medianamente anestesiada y mi espíritu, ayudado por la respiración, más en calma. Salió el caballero atendido y apareció la doctora que, simpatiquísima, me condujo nuevamente al potro. La auxiliar me vistió para la ocasión con un delantal de plástico desechable y una gorguera como si de una peluquería se tratara, no en balde esta era una de las actividades de los barberos en la antigüedad. Entonces resurgió la doctora también vestida para la faena: gorro para el pelo, guantes para las manos, máscara para su boca. Tras un rápido chequeo, comprobó mi apreciación: la anestesia en la mandíbula no era suficiente así que...
– "¡Vamos a empezar por la fácil!"
No podía ser de otra forma, primero la que no era el motivo de la consulta, claro que parecía dispuesta a terminar rápidamente con ella y empezar con la otra, en fin, decisión no le faltaba y era sensato empezar por la maxilar. El maxilar es un hueso del cráneo, por eso se puede aplicar más fuerza que en la mandíbula que es un hueso plano y se parte con facilidad si no se tiene cuidado. Un dentista negará tajantemente que para sacar una pieza haya que hacer fuerza; es casi cierto, se rompen los ligamentos periféricos, y salen solas, o se parten tras exponer una raíz, pero no es el caso de las que me interesan. Además la maxilar asomaba una puntita; la mayor complicación debía ser su proximidad con la raíz de la anterior, con lo que, deduje, la partirían y la sacarían a trozos.
Primero me había anestesiado el hueso, ahora le tocaba a la encía, me informó encantadora, la doctora. Otra serie de pinchazos con la boca no muy abierta en la parte superior y ”abierta grande” en la inferior. Sin dilación echó mano al bisturí y sajó la encía para descubrir el hueso; luego, no vi si fue con la fresa o el disco de diamante, partió el maxilar para hacer una ventana desde donde abordar la pieza. La explicación no sé si es de mi cosecha o me la fue dando a medida que iba procediendo ya que, con el ruido del aspirador y de las máquinas, poco menos que estaba sordo. Lo siguiente fue el empleo de todos los botadores habidos y traídos de otras consultas, sin resultado; luego usó fórceps variados y yo que sé cuantas cosas más hasta conseguir sacar un trozo de muela.
Hasta aquí mis sensaciones eran contrapuestas. No tenía dolor, salvo las molestias en la mejilla por el separador, la sensación de que te están perforando y rompiendo los huesos, el metal resbalando en tu boca, la boca que “abre más, ahora menos, ahora más, no, perdona, me he equivocado, abre menos”, que se compensaban con “mira hacia mí” y veía sus cejas rubias y, más abajo, sus ojos azules concentrados en como sus manos me iban destrozando el hueso sin piedad, mientras me hablaba dulcemente y mi mejilla derecha reposaba con firmeza sobre su seno izquierdo, tan próximo a mi boca abierta, y otro giro del alicate, y otro trozo de hueso chafado con un chasquido, y otra maldición si no fuera tan educada que hasta sus lindezas – muy finas – iban acompañadas de excusas, como una prolongación de una disculpa más prolongada por la crueldad que estaba perpetrando en mi boca, y yo que volvía a la gloria de su seno y al “abre grande, cierra un poco, abre, no perdona cierra, mira hacia mí” y veía la máscara que cubría su deliciosa boca y sus ojos azules y sus cejas rubias y su rostro con salpicaduras de mi sangre, como minúsculas pecas puntiformes, y “qué no sale”, y “que yo sigo”, y “ahí no se va a quedar”, y “¡ahora vengo!”, y se marchó...
...Y allí me quedé yo, con un aspirador obstruido dentro de la boca sangrante y su pecho impreso en mi mejilla derecha.
Pude descansar cinco minutos hasta que solucionaron el problema, antes de iniciar otros veinte de repetición del proceso. Otra vez sensaciones contrapuestas y dolor cuando tocaba el paladar, y sus disculpas, y otra vez el abordaje de la zona lateral, y otra vez mi mejilla en su pecho, y su calor en mi oreja, y su pezón haciéndome cosquillas en la nariz. No miento a vuestra merced si le digo que maldije por no poder apreciar más olor que el de mi sangre succionada y más tacto que el del separador quebrándome la mejilla, y el de los alicates pellizcando los labios, y “¡ahora vengo!”, y se volvió a marchar.
Y ahí estaba yo, acompañado por el ruido de los aspiradores y la petarda de la ayudante que no deja de preguntarme si los quitaba o no.
– ¡Cómo si tuviera forma y ganas de hablar! ¡Tu sabrás lo que tienes que hacer! ¡Déjame en paz!
Pensaba en tropel mientras los aparatos se movían debajo de la lengua. Y allá permanecía yo, tumbado en el potro, esperando que terminaran de una vez, o que por lo menos volviera pronto la doctora para darme la ternura de la que carecía el sillón y que impedía que el sueño me alcanzara y que olvidara, mientras dormía, la espalda torcida y el rato que faltaba antes de acabar.
Pero no venía y la ayudante preguntándome “¿cómo estás?” y “¿estás bien?” ¡Cómo querrá que esté! Le hubiera contestado que estaría mucho mejor si me dejaba tranquilo, pero ni los tubos, ni la anestesia, ni la educación me lo permitieron, y finalmente me quitó una aspirador y se fue, y al rato volvió erre que erre “¿estás bien? y ¿cómo estás?“ y me quitó el otro aspirador, y pasó el tiempo, y siguió pasando, y no sé cuanto más pasó, una eternidad sin duda, y regresó la doctora.
Su compañera había tenido un percance: se le había partido la muela que estaba trabajando y mi cirujana acudió rauda, como el séptimo de caballería, a salvarle el culo, que no la muela, y relajarse un poco.
Y volvió. Y volvimos a empezar casi con desesperación. De suerte que el tejemaneje de aparatos entrando y saliendo con profusión de mi boca aumentó considerablemente, con más fuerza y coraje, igual que su voz con más ternura y cariño decía “abre la boca”, y “ciérrala un poco”, “abre grande” y “ahora cierra un poco”, y con mucha delicadeza: “¡No me muerdas!” Con su seno en la mejilla y sin poder moverme ¡ya me hubiera gustado! Y ella que exclama con alegría “se ha movido” y “¿notas presión? Eso es bueno” Y la notaba, pero no donde ella se refería, y con pena decía “¡se ha ido!” y pensé que quería decir “¡no la veo!” hasta que noté algo dándose un paseo por el cielo del paladar atragantándome cerca de la glotis, antes de retornar y “perdona, no es nada personal, pero me está empezando a caer mal tu muela”, y ahora esto y lo otro y “era la fácil”, y “es que nunca se puede decir nada”. “¡Seca!” le decía a la ayudante y la ayudante secaba y “¿dónde está?” “¡Aquí está!” y vuelta a empezar.
– "¡Esto te dolerá!" –
Me dijo cuando decidió intentar el abordaje medial, y un pinchazo en el paladar me hizo saltar una lágrima.
– “¡Qué bueno es! ¡Con lo que duele!” –
Comentó en voz alta al tiempo que me seguía metiendo anestesia antes de empezar a hurgar por aquí y por allá. Mientras yo miraba sus ojos azules y sus cejas resplandecientes bajo la luz halógena y su cara con goterones de mi sangre, y la oía decir “aquí no se queda” “¡vamos, que buena soy yo!” hasta que el fórceps pellizcó medio labio y la pieza que se movió, y desapareció, y volvió a aparecer, y “¡ya no se escapa!”, y resbalón del alicate, y un poco menos de hueso que le quedó a la muela para ocultarse, y la volvió a atrapar, y yo que noté que ahora la tracción era la adecuada, y noté como la muela se aferraba desesperadamente en un postrer esfuerzo de permanencia.
Finalmente salió, y yo aplaudí, y la doctora me enseñó la muela que tenía una raíz que semejaba un colmillo de elefante en miniatura, y luego suturó la herida, y me pinchó el labio –un accidente– y yo necesitaba ese pinchazo para comprobar que realmente sentía y que eran mis labios los que reposaban sobre su pecho. Y terminó. Y tuve que mascar gasa después de que me lavaran con agua oxigenada las heridas de los labios. Y volvió la doctora, armada de jeringa, para inocular antibióticos y antiinflamatorios en la encía “para no hacerlo en el culete o en el brazo” y me dio un par de pastillas para el dolor.
Mientras me incorporaba la oí a mis espaldas comentar con la ayudante:
– “Estoy llena de su sangre. Ya compartimos fluidos y microbios. Ya somos uno”.
Y desapareció.
– “Fulanita, te dará las instrucciones que debes seguir”. – Me dijo la ayudante.
Fulanita era la jefa. Me entregó un papel para que lo leyera y una bolsa de frío para la mejilla. Cotilleó sobre mi profesión, imagino que con las mismas intenciones que tenía con el mecánico, y me insistió en que llegara antes el próximo día. Comprenderá vuestra merced que los intereses del negocio de esa señora no se antepongan a los míos.
– ¡Pues no! No puedo venir antes. Ya tengo hora para las nueve ¿Y que hago con el AINE? ¿Me lo tomo o no?
La fiesta patronal me dejó el día libre pero con todas las obligaciones de un día corriente. Me había levantado a la hora de siempre, tras la ducha había preparado el desayuno, levantado a los niños, preparado su bocadillo, aseado, azuzado y conducido al colegio. Hasta la hora de la cita no tenía otra cosa que hacer, así que decidí darme un gustazo visitando una tienda especializada ubicada en Manuel Becerra. Serían las nueve y cuarto. La mañana acompañaba por lo que me dispuse a subir Doctor Esquerdo por la acera de los pares sin prisas para, según mis cálculos, llegar cuando ya estuviera abierta.
Soplaba un airecillo fresco muy agradable que, después de un rato caminando, se agradecía mucho. Era ese momento ideal en el que el denso tráfico de la mañana desaparece y asombrosamente el perpetuo atasco no existe. La ciudad estaba en calma; los niños en el cole, el personal en sus puestos. Los conserjes, antes llamados porteros, se afanaban limpiando la acera de su portal o terminaban de recoger los cubos de basura, o rajaban entre sí poniendo verde a Mengano y Fulano sin olvidar a Zutano ni a Perengano, embutidos en sus monos azules. Por la calle poca gente, igualdad de sexos, no había mas mujeres que hombres ni al revés, pero todos, desde el oficinista que iba a desayunar, la chica que hacía footing, el comerciante dispuesto a abrir el tenderete, el comercial en ruta, la anciana que entraba en el banco, incluso los jóvenes que repartían periódicos gratuitos, todos, estaban unidos por un elemento común: el celular. Algunos aferrados a él como a una tabla de salvación, otros ostentosos, otros a la moda pero todos con el aparato pegado a la oreja, como si les transmitiera un mensaje secreto del que dependiera sus vidas.
La subida de la cuesta se hizo más llevadera tras un momento de sorpresa cuando, en un tramo de la calle, el pasado saltó a mi encuentro: Una fontanería. La puerta de la calle abierta dejaba ver el cuartito minúsculo y un mostrador de madera detrás del cual una señora atendía un teléfono de los antiguos, de esos negros, de pasta dura y pesada, sujetándolo con el hombro mientras tecleaba en una enorme máquina de escribir Olivetti. A continuación una ferretería, que bien podría haber sido chamarilería, con el escaparate lleno de flexos vetustos y artefactos de todo tipo y uso que parecían cubiertos por una capa gris de tiempo. Más allá, el pasillito de una droguería con aroma de perfumes y desinfectante y, las paredes, con estanterías hasta el techo repletas de todo tipo de botes y cajas. Luego, otro escaparate de ferretería tan herrumbroso como el anterior y una pescadería presentando su mercancía, fresquísima, en cajas con hielo picado que parecían escalar una pendiente y después... Un bazar chino que rompió el encanto.
El paseo me llevó hasta la fábrica de moneda y timbre donde el guardia civil de servicio en la puerta parecía saludarme con alegría antes de encaminarse hacia mí. Los esfuerzos que hice por reconocerle fueron inútiles así que esperé que la conversación me permitiera recordarle. Ya estaba a mi altura y me tendía la mano con un saludo. Iba a corresponderle cuando, desde detrás de mí, a la izquierda, surgió un individuo que se la estrechó con alborozo. Sentí alivio: es natural que no recuerde a quien no conozco. Continué y pasé deprisa por delante del hospital y sus bares periféricos tan atiborrados como siempre del dolor, cansancio y esfuerzo de las personas que los frecuentan. Con una ligera quemazón deseé que pasara mucho tiempo antes de ser uno de ellos y avivé el paso. Ya estaba muy cerca.
Llegué a mi destino a las diez; aún quedaba media hora para que abrieran por lo que me fui a desayunar después de dar una vuelta por las calles adyacentes, de cambiar de acera por el tufo que se desprendía a través del pórtico abierto de un bar de alterne, de curiosear el escaparate de una librería tradicional y tener que resistirme para no entrar. Terminé en un bar escondido entre andamiajes, enfrente de una pastelería de la calle Alcalá. Un bar a la antigua, con camareros vestidos como tales y ambiente elegante. El camarero que me atendió tenía el ojo izquierdo morado. Cuando le preguntaban respondía: “me he caído” o “ya está mejor” o “la mujer que me maltrata”. Recordé a los legionarios que se caían de la camareta o se tropezaban con la taquilla y nunca reconocían la evidencia del culatazo. Me sirvió el café con leche mientras preparaba la barrita de pan en la plancha, aplastándola con una pila de platos que iban disminuyendo a medida que despachaba consumiciones; cuando sólo quedaba uno la barrita estuvo terminada, blanda y crujiente; con el aceite de oliva y un ligero toque de sal estaba exquisita.
Terminado el desayuno me dirigí a la tienda que ya debería estar abierta. De camino entré en una papelería, que por el aspecto parecía especializada en artículos de bellas artes, para comprar lápices de los que me gustan, de mina blandísima, que gasto como si fueran pipas haciendo los bocetos de los que vuestra merced tanto se place. Lo que no tenía de fondo el local lo tenía de ancho y respondió a las expectativas: Conseguí los lápices sin dificultad y continué mi andanza. Me alegró comprobar que aún existen aquellos bares que en mi juventud llenaron muchas tardes de farra; apenas noté cambios en ellos, el mayor en los carteles: los precios módicos en pesetas se han transformado en económicos euros; las ofertas se mantienen y si no las aproveché fue porque me encontraba tan gratamente satisfecho con el desayuno que no quise estropearlo con un perrito amostazado.
Por fin llegué a mi destino. Ya estaba abierto y, aún siendo día laboral, con bastantes clientes dentro. Su disposición me trajo a la memoria cuando rastreaba ofertas de discos haciendo la ruta desde Tony Martin, pasando por los bajos de la Gran Vía, hasta Princesa. De hecho, la organización de los facsímiles, libros y álbumes era idéntica a la de los discos en aquellos comercios: Organizados por orden alfabético y editorial, los más delicados enfundados en sus preservativos de plástico transparente, la búsqueda del experto pasándolos rápidamente con los dedos hasta encontrar el deseado y su cara de satisfacción al conseguirlo. Es cierto que la tienda no tiene nada que ver con aquel paraíso de las antigüedades en Lavapies, del que ya le hablé en su día, y que la parte destinada a tienda de muñecos y ropa parece desgajarse del microclima inicial del local pese a la continuidad de la decoración, pero, en conjunto, la impresión fue positiva y me sumergí con placer en el manoseo de los ejemplares. Una vez que me di por satisfecho con la selección y tras consultar si funcionaban como un autoservicio realicé una buena carga y regresé a casa.
Disponía de tiempo, el camino era cuesta abajo y lucía el Sol. Desanduve lo andado, eso sí, acompañado de toda la intensidad del tráfico que había cesado su tregua y ya resultaba muy molesto. La cuesta, el peso y las ganas de hojear con tranquilidad el pequeño tesoro que llevaba bajo el brazo se aliaron para conseguir que el regreso fuera rápido. Una vez en casa, aún pude ordenar y clasificar los ejemplares y empezar a desentrañar los misterios ocultos en el primero de ellos, antes de iniciar una nueva caminata ascendente hacia el origen de este relato.
Entenderá vuestra merced que estuviera cansado por tanto paseo y la falta de costumbre que se empezaba a reflejar en unas suaves agujetas, por lo que decidí regresar a casa. No le diré que el resto del día careciera de interés, todo lo contrario, fue un día muy especial. La comida la tenía organizada pero, animado por la tostada matinal, decidí preparar una bandeja de tostas variadas: jamón con tomate, cabrales con un toque de vino, queso con membrillo, salmón con un toque especial y otras varias que tuvieron gran éxito; más tarde imbuido del espíritu carpe diem llevé a toda la familia al cine pero eso nos aleja del tema que nos ocupa y me preocupa, y que paso a exponerle a continuación:
Con cierta aprensión llegué a mi cita quirúrgica un poco antes de la hora. Los caprichos del tráfico nunca te permiten asegurar el tiempo que vas a tardar en hacer el recorrido de todos los días, pero tuve suerte y no encontré grandes retenciones. Dejé el coche en casa y me encaminé con tranquilidad hasta la clínica. No me apetecía facilitar mucho las cosas. Mi mujer me había telefoneado porque había recibido una llamada, esa tarde, para confirmar la cita y si era posible adelantarla media hora. Vuestra merced pensará que me paso de listo siendo tan mal pensando al creer que el motivo real era comprobar la asistencia y el pago del servicio no realizado aún; puede que tenga razón, pero esa fue la impresión que tuve tras la charla telefónica con la empalagosa voz de la recepcionista a la que le tuve que explicar, desde el principio y con mucha paciencia, el porqué estaba citado a esa hora y por qué no podía ser otra.
Cuando me dirigí al mostrador comprendí el motivo de la ignorancia de la recepcionista. Era una persona diferente. Por teléfono su voz era similar a la primera que me atendió – debía ser del turno de mañana – y, a primera vista, incluso podría pasar por ella: las mismas proporciones, la misma altura, el mismo tono de ojos y de color de pelo, el mismo maquillaje. En el segundo vistazo podría pasar por su hermana: el corte de pelo ligeramente distinto, los mismos gestos. Pero un examen más detenido confirmaría que son personas totalmente diferentes. Me hubiera impresionado que la homogeneidad de la franquicia fuera tan grande como para incluir a la selección del personal si no me preocupara más el rato que iba a pasar en breve.
Tras una corta espera, me pasaron al cuartito donde me dieron el presupuesto para proceder al pago del servicio, lo que realicé en metálico, ante la aparente sorpresa de la jefa que no pudo ocultar una sonrisa de oreja a oreja mientras se guardaba con avidez los billetes en el bolso.
Volví fuera; otro rato de espera, y una ayudante que me pasa a la consulta, y me reencuentro con el sillón, y la ayudante intentando ser simpática, y “lo has pensado bien”, y “ya sabes lo que te espera”, y...
– Perdona, pero como sigas por ese camino vas a conseguir que salga corriendo.
Un momento de silencio antes de “ya no te puedes volver atrás”, y “te ato con cuerdas” y...
Bien, pues allí estaba sentado en el sillón, que más que sillón es potro por su función y su comodidad, aguantando el charloteo de la ayudante, cuando entró la doctora, joven, atractiva, de ojos azules y cabello rubio, labios rosas encendidos, voz dulce y boca perfecta con dientes blanquísimos perfectamente alineados, que me enseñó intentando venderme una ortodoncia – ella también la tuvo, dijo – y que cerró antes de que me la pudiera comer arrastrado por una extraña atracción que desapareció al darse la vuelta. Cuando se giró, jeringa en ristre, procedió a anestesiarme como si fuera a intervenir las dos piezas en el mismo día. – ¡Maravilloso! ¡Qué intrepidez! – No pude menos que pensar.
Me condujeron de vuelta a la sala de espera hasta que hiciera efecto la anestesia, “diez minutos mientras atendemos a otro paciente”. En ese momento pensé que los nervios de la situación me habían afectado, ayudado, quizás, por un grado elevado de empatía con la doctora, estimulado por la ayudante petarda. Debía relajarme, en situaciones de estrés siempre la realidad se aprecia de forma diferente.
Aunque no uso reloj puedo asegurar a vuestra merced que el plazo cumplió con creces, lo que permitió que la zona quedara medianamente anestesiada y mi espíritu, ayudado por la respiración, más en calma. Salió el caballero atendido y apareció la doctora que, simpatiquísima, me condujo nuevamente al potro. La auxiliar me vistió para la ocasión con un delantal de plástico desechable y una gorguera como si de una peluquería se tratara, no en balde esta era una de las actividades de los barberos en la antigüedad. Entonces resurgió la doctora también vestida para la faena: gorro para el pelo, guantes para las manos, máscara para su boca. Tras un rápido chequeo, comprobó mi apreciación: la anestesia en la mandíbula no era suficiente así que...
– "¡Vamos a empezar por la fácil!"
No podía ser de otra forma, primero la que no era el motivo de la consulta, claro que parecía dispuesta a terminar rápidamente con ella y empezar con la otra, en fin, decisión no le faltaba y era sensato empezar por la maxilar. El maxilar es un hueso del cráneo, por eso se puede aplicar más fuerza que en la mandíbula que es un hueso plano y se parte con facilidad si no se tiene cuidado. Un dentista negará tajantemente que para sacar una pieza haya que hacer fuerza; es casi cierto, se rompen los ligamentos periféricos, y salen solas, o se parten tras exponer una raíz, pero no es el caso de las que me interesan. Además la maxilar asomaba una puntita; la mayor complicación debía ser su proximidad con la raíz de la anterior, con lo que, deduje, la partirían y la sacarían a trozos.
Primero me había anestesiado el hueso, ahora le tocaba a la encía, me informó encantadora, la doctora. Otra serie de pinchazos con la boca no muy abierta en la parte superior y ”abierta grande” en la inferior. Sin dilación echó mano al bisturí y sajó la encía para descubrir el hueso; luego, no vi si fue con la fresa o el disco de diamante, partió el maxilar para hacer una ventana desde donde abordar la pieza. La explicación no sé si es de mi cosecha o me la fue dando a medida que iba procediendo ya que, con el ruido del aspirador y de las máquinas, poco menos que estaba sordo. Lo siguiente fue el empleo de todos los botadores habidos y traídos de otras consultas, sin resultado; luego usó fórceps variados y yo que sé cuantas cosas más hasta conseguir sacar un trozo de muela.
Hasta aquí mis sensaciones eran contrapuestas. No tenía dolor, salvo las molestias en la mejilla por el separador, la sensación de que te están perforando y rompiendo los huesos, el metal resbalando en tu boca, la boca que “abre más, ahora menos, ahora más, no, perdona, me he equivocado, abre menos”, que se compensaban con “mira hacia mí” y veía sus cejas rubias y, más abajo, sus ojos azules concentrados en como sus manos me iban destrozando el hueso sin piedad, mientras me hablaba dulcemente y mi mejilla derecha reposaba con firmeza sobre su seno izquierdo, tan próximo a mi boca abierta, y otro giro del alicate, y otro trozo de hueso chafado con un chasquido, y otra maldición si no fuera tan educada que hasta sus lindezas – muy finas – iban acompañadas de excusas, como una prolongación de una disculpa más prolongada por la crueldad que estaba perpetrando en mi boca, y yo que volvía a la gloria de su seno y al “abre grande, cierra un poco, abre, no perdona cierra, mira hacia mí” y veía la máscara que cubría su deliciosa boca y sus ojos azules y sus cejas rubias y su rostro con salpicaduras de mi sangre, como minúsculas pecas puntiformes, y “qué no sale”, y “que yo sigo”, y “ahí no se va a quedar”, y “¡ahora vengo!”, y se marchó...
...Y allí me quedé yo, con un aspirador obstruido dentro de la boca sangrante y su pecho impreso en mi mejilla derecha.
Pude descansar cinco minutos hasta que solucionaron el problema, antes de iniciar otros veinte de repetición del proceso. Otra vez sensaciones contrapuestas y dolor cuando tocaba el paladar, y sus disculpas, y otra vez el abordaje de la zona lateral, y otra vez mi mejilla en su pecho, y su calor en mi oreja, y su pezón haciéndome cosquillas en la nariz. No miento a vuestra merced si le digo que maldije por no poder apreciar más olor que el de mi sangre succionada y más tacto que el del separador quebrándome la mejilla, y el de los alicates pellizcando los labios, y “¡ahora vengo!”, y se volvió a marchar.
Y ahí estaba yo, acompañado por el ruido de los aspiradores y la petarda de la ayudante que no deja de preguntarme si los quitaba o no.
– ¡Cómo si tuviera forma y ganas de hablar! ¡Tu sabrás lo que tienes que hacer! ¡Déjame en paz!
Pensaba en tropel mientras los aparatos se movían debajo de la lengua. Y allá permanecía yo, tumbado en el potro, esperando que terminaran de una vez, o que por lo menos volviera pronto la doctora para darme la ternura de la que carecía el sillón y que impedía que el sueño me alcanzara y que olvidara, mientras dormía, la espalda torcida y el rato que faltaba antes de acabar.
Pero no venía y la ayudante preguntándome “¿cómo estás?” y “¿estás bien?” ¡Cómo querrá que esté! Le hubiera contestado que estaría mucho mejor si me dejaba tranquilo, pero ni los tubos, ni la anestesia, ni la educación me lo permitieron, y finalmente me quitó una aspirador y se fue, y al rato volvió erre que erre “¿estás bien? y ¿cómo estás?“ y me quitó el otro aspirador, y pasó el tiempo, y siguió pasando, y no sé cuanto más pasó, una eternidad sin duda, y regresó la doctora.
Su compañera había tenido un percance: se le había partido la muela que estaba trabajando y mi cirujana acudió rauda, como el séptimo de caballería, a salvarle el culo, que no la muela, y relajarse un poco.
Y volvió. Y volvimos a empezar casi con desesperación. De suerte que el tejemaneje de aparatos entrando y saliendo con profusión de mi boca aumentó considerablemente, con más fuerza y coraje, igual que su voz con más ternura y cariño decía “abre la boca”, y “ciérrala un poco”, “abre grande” y “ahora cierra un poco”, y con mucha delicadeza: “¡No me muerdas!” Con su seno en la mejilla y sin poder moverme ¡ya me hubiera gustado! Y ella que exclama con alegría “se ha movido” y “¿notas presión? Eso es bueno” Y la notaba, pero no donde ella se refería, y con pena decía “¡se ha ido!” y pensé que quería decir “¡no la veo!” hasta que noté algo dándose un paseo por el cielo del paladar atragantándome cerca de la glotis, antes de retornar y “perdona, no es nada personal, pero me está empezando a caer mal tu muela”, y ahora esto y lo otro y “era la fácil”, y “es que nunca se puede decir nada”. “¡Seca!” le decía a la ayudante y la ayudante secaba y “¿dónde está?” “¡Aquí está!” y vuelta a empezar.
– "¡Esto te dolerá!" –
Me dijo cuando decidió intentar el abordaje medial, y un pinchazo en el paladar me hizo saltar una lágrima.
– “¡Qué bueno es! ¡Con lo que duele!” –
Comentó en voz alta al tiempo que me seguía metiendo anestesia antes de empezar a hurgar por aquí y por allá. Mientras yo miraba sus ojos azules y sus cejas resplandecientes bajo la luz halógena y su cara con goterones de mi sangre, y la oía decir “aquí no se queda” “¡vamos, que buena soy yo!” hasta que el fórceps pellizcó medio labio y la pieza que se movió, y desapareció, y volvió a aparecer, y “¡ya no se escapa!”, y resbalón del alicate, y un poco menos de hueso que le quedó a la muela para ocultarse, y la volvió a atrapar, y yo que noté que ahora la tracción era la adecuada, y noté como la muela se aferraba desesperadamente en un postrer esfuerzo de permanencia.
Finalmente salió, y yo aplaudí, y la doctora me enseñó la muela que tenía una raíz que semejaba un colmillo de elefante en miniatura, y luego suturó la herida, y me pinchó el labio –un accidente– y yo necesitaba ese pinchazo para comprobar que realmente sentía y que eran mis labios los que reposaban sobre su pecho. Y terminó. Y tuve que mascar gasa después de que me lavaran con agua oxigenada las heridas de los labios. Y volvió la doctora, armada de jeringa, para inocular antibióticos y antiinflamatorios en la encía “para no hacerlo en el culete o en el brazo” y me dio un par de pastillas para el dolor.
Mientras me incorporaba la oí a mis espaldas comentar con la ayudante:
– “Estoy llena de su sangre. Ya compartimos fluidos y microbios. Ya somos uno”.
Y desapareció.
– “Fulanita, te dará las instrucciones que debes seguir”. – Me dijo la ayudante.
Fulanita era la jefa. Me entregó un papel para que lo leyera y una bolsa de frío para la mejilla. Cotilleó sobre mi profesión, imagino que con las mismas intenciones que tenía con el mecánico, y me insistió en que llegara antes el próximo día. Comprenderá vuestra merced que los intereses del negocio de esa señora no se antepongan a los míos.
– ¡Pues no! No puedo venir antes. Ya tengo hora para las nueve ¿Y que hago con el AINE? ¿Me lo tomo o no?
Una sonrisa contradecía el respeto con el que se dirigió a la doctora rompemuelas, que tenía una cara de muy pocos amigos sentada en la sala de espera, esperando yo que sé, y la rompemuelas me dijo lo que ya sabía y no me aclaró lo que ignoraba, así que me disponía a salir cuando apareció mi doctora vestida de calle y con una sonrisa de anuncio.
Y salimos juntos.
– Deberías utilizar uno de esos cascos de cristal para evitar las salpicaduras. –
Y charlamos, que si esto, que si aquello, que si sólo coma helado, que si te invito a uno, que no puedo, que ya he retrasado la cena dos veces porque había quedado a las diez y ya eran más de las once, que tenía el coche aparcado en la puerta y que se encontró una multa sujeta por el limpiaparabrisas, y que si me acercaba a casa, y que si me dolía mucho me tomara nolotil y dos no se qué quinientos, y que muchas gracias, y que mañana te llamo para ver como estás y hasta la semana que viene.
Bajé la calle con una compresa de hielo en la cara. Realmente tuve serías dificultades para decidir en cual de las dos mejillas aplicarla y opté por la traumatizada, lo que consideré más útil ya que la otra mejilla me había pellizcado el alma y el hielo no la iba a aliviar. Y con la poca fuerza que me quedaba me fui tarareando calle abajo “y yo con mi canción como un gilipollas, madre...” Por que así me sentía en aquel momento, bajo los efectos de la anestesia, a la que responsabilizaba de la situación. Pero hoy, tras recibir su llamada, ya no sé que pensar.
Perdonará vuestra merced mi atrevimiento si le pido consejo en esta lid, dada su gran experiencia en este tipo de situaciones, de las que siempre ha salido triunfante, y en honor a la vieja amistad que nos une espero con afán su justo parecer y una pronta respuesta a mi inquietud.
Suyo atentamente, Ramiro
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