Harvey
Una moto negra de gran cilindrada circulaba por la acera. El piloto, embutido en un mono negro y en un casco del mismo color con el frontal de espejo, no prestaba atención a las protestas de los pocos viandantes que charlaban atónitos ante el espectáculo de maderas, herrajes y cuero, esparcidos por el suelo, sin fijarse en el conductor del carro que continuaba apoyado en el muro, tapado por un par de personas que se habían acercado para ayudarle.
No necesitó poner pie alguno en el suelo cuando la detuvo un instante antes de salir a todo gas hacia el cruce, esquivando los restos accidentados y los vehículos detenidos, mientras el pasajero de traje elegante cubría su pelo rubio con un casco idéntico al suyo.
El pensamiento era como una astilla clavada profundamente en su cerebro. Le abordaba una y otra vez mientras pasaban, velozmente, a través de calles y tráfico en dirección a la autovía: Los gitanos.
Estaba acostumbrado a ver familias enteras recibiendo a los que vienen de viaje y los saraos y las riñas que a veces se producen, sobre todo cuando dejan las furgonetas en lugares inadecuados. Todo tan normal.
– ¿Qué se me escapa? El viajero. ¿Cómo? ¿Tienen que ver los gitanos?
“¡Gracias hermoozo!
¡Que tieenes de rubio
lo que tieenes de generoozo!
Y como mi palabra
Ez canela fina
Dame la mano y verás
Que ziempre atina” –
– ¿Y la gitana? –
No es la primera vez que le leen la mano. Con su aspecto extranjero acuden continuamente, como si fuera un imán, para venderle romero o espantarle el mal de ojo o contarle, sobre las líneas de la palma, vaguedades mientras estudian su expresión comprobando si van bien encaminadas. Ninguna, nunca, había acertado. Incluso le era divertido dirigirlas hacia conclusiones extravagantes. Pero hoy el vaticinio se ha cumplido.
– ¿Es posible que la gitana tenga poderes o quizás haya sido la causante de todo? ¿Por qué? ¿Un castigo por no pagarle más? ¿Una simple distracción? ¿Conoce al viajero? ¿Si es así, por qué me avisa? –
Una voz en estéreo sonó dentro del casco, provocando una pequeña distorsión en el minúsculo altavoz de su equipo.
– Ahí están las furgonetas, Harvey. –
Delante de ellos, circulaban las furgonetas. Una tras otra tomaban la curva cerrada de incorporación al carril de aceleración de la autovía.
– Mantén la distancia para que no sepan que les seguimos. ¿Qué tal entra la señal? –
– Alta y clara. –
– Estupendo. Veamos donde van. –
La red de carreteras ha mejorado mucho en los últimos años. Como una autentica araña, que poco a poco hubiese ido tejiendo su tela con los restos de otras ya usadas, permite comunicar las principales ciudades de la Comunidad mediante autovía. Al fin parece que el problema secular del estado, la comunicación entre territorios, empieza a resolverse y, por una vez, los fondos europeos no sólo sirven para enriquecer a unos cuantos. La seguridad también es mayor; ya no hay que preocuparse de tractores o camiones que hagan, de un paseo agradable, un viaje interminable. Bien diferente es la situación en las zonas que han quedado apartadas de estas vías principales, a menudo olvidadas por gobernantes y planes de desarrollo, algunas ya olvidadas en el tiempo de nuestros abuelos, abandonadas por la guerra y el hambre, abandonadas por las reconversiones y el paro, abandonadas a la mano de Dios.
Las rayas de la carretera pasaban monótonamente una tras otra, una tras otra, a una velocidad muy inferior a la que le hubiera gustado. Las furgonetas ya habían dejado de lado la segunda capital de provincia para seguir camino hacia la tercera. No habían parado, ni parecía que fueran a hacerlo. El viaje empezaba a resultar aburrido. Casualidades de la vida, se estaban acercando al centro de operaciones.
– Un viaje que debía hacer de todas formas. No le van a gustar las noticias. –
La distorsión del altavoz volvió a zumbar al tiempo que la voz envolvente del casco retumbaba en sus oídos.
– Van a parar en la vía de servicio. ¿Continuo? –
– No. Quiero echar un vistazo de cerca. –
Cogieron el desvío, respetaron la señal de stop aunque la carretera estaba desierta y no venía nadie, continuaron durante un pequeño trayecto hasta alcanzar una explanada en la que se alzaba la gasolinera, el autoservicio y la amplia zona destinada a camiones, bastante concurrida en ese momento.
Las furgonetas ocupaban la totalidad de los surtidores automáticos, mientras una pequeña marea de mujeres salían de su interior para dirigirse al autoservicio; los hombres se entretuvieron un poco para estirar las piernas, encender cigarrillos y fumar, indiferentes a la prohibición, entre charlas animadas esperando a los conductores que repostaban.
Predominaban los modelos antiguos sobre los nuevos, las Mercedes sobre las Vito, también había un par de Vanettes, todas con matriculas de la Comunidad. En conjunto parecían un grupo de feriantes que se dirigieran a las fiestas de algún pueblo.
Mientras el compañero esperaba para repostar, Harvey se dio un paseo sin quitarse el casco. Las furgonetas no tenían más cristales que los delanteros y estaban muy sucias. Sólo una permanecía ocupada por una joven dando de mamar a su churumbel. Todo era tan normal que no entendía su interés por aquella gente. La estación estaba cubierta; si el viajero seguía en Santa Justa, era cuestión de tiempo que le encontraran. Su instinto siempre le había guiado bien y ahora le impelía a mirar en el interior de las furgonetas.
– Si al menos entraran un rato en el autoservicio podría registrarlas. –
Ninguno de los hombres parecía dispuesto a moverse de allí, alguna de las mujeres ya comenzaba a salir con bocadillos y casi todos los conductores estaban en la oficina pagando el combustible. Se fijó en el grupo. Todos eran gitanos. El viajero no estaba allí; no había nadie con su hechura.
Tan rápido como una bandada de pájaros abandona el árbol donde reposa, los gitanos ocuparon sus furgonetas y dejaron la gasolinera en medio de una nube de humo negro espeso y del petardeo de un motor.
Se aproximo a su compañero que se encaminaba a la caja.
– ¿Qué tal es la recepción? –
– Muy buena. –
– Entonces vamos a mirar en los aseos y a tomar algo. No sabemos cuando vamos a parar de nuevo y no quiero adelantarles antes de tiempo. –
Ambos se quitaron el casco, y tras abonar en la caja y aparcar la moto pasaron al autoservicio. Mientras tomaban el tentempié no dejaron de comprobar la recepción de los transmisores, parpadeos continuos en la pantalla del GPS avanzando a lo largo de la autovía sin pausa.
Una tras otra, una tras otra, seguían pasando las rayas de la carretera con su tediosa cadencia. No habían pasado diez minutos desde que dejaron la zona de servicios y se mantenían a cinco de la caravana, que debía estar llegando a la base de operaciones en ese momento, cuando le sobresaltó la distorsión del altavoz.
– Una de las furgonetas está frenando, Harvey. ¡Se detiene! ¡Se están parando! –
– ¡Acelera! –
Sintió un brusco tirón hacia atrás y la moto comenzó a volar sobre el asfalto fundiendo las líneas en una continua. Disfrutaba de la sensación cuando la rueda trasera hizo un extraño violento que gracias a la pericia del piloto no les llevó al suelo.
– ¿Estás bien? –
– Sí. ¿Qué ha pasado? –
– ¡Aceite! Hay aceite en el suelo. –
De repente, la autovía estaba completamente oscurecida por una niebla negra que casi no permitía la visión. Las luces de emergencia de las furgonetas, alineadas en el arcén, empezaban a distinguirse.
– Ve despacio. –
Los gitanos estaban apiñados alrededor de la furgoneta que petardeaba. Tenía el motor descubierto y por el tubo de escape no dejaba de toser un humo cada vez más negro y más denso. El resto de furgonetas estaban paradas mas adelante casi llegando hasta la salida hacia el pueblo, hacia el centro de operaciones.
– Parece que está quemando aceite. –
– Sí. –
– ¿Les ofrecemos ayuda, Harvey? –
– No. Coge el desvío y busca un lugar donde podamos observar sin ser vistos. –
– Ok. –
Todo iba según lo planeado, salvo el pequeño inconveniente de la cremallera reventada. Con las prisas y la estrechez del baúl no pudo evitarlo. Afortunadamente, contaba con los imperdibles. ¡Qué gran invento! ¡Cuántas aplicaciones podían tener! Siempre viajaba con ellos y siempre les encontraba utilidad, aunque fuera como ahora, para poder cerrar la mochila.
La parte más difícil había pasado. Había conseguido salir indemne de Santa Justa y únicamente le perseguían en una moto dos individuos. El trajeado debía sentirse muy seguro para pasearse tan ricamente por la gasolinera. Seguramente habrían colocado localizadores en las furgonetas.
– No importa. No saben dónde estoy o ya hubieran actuado. –
Ahora estaba en casa, en su terreno, no debería tener demasiados problemas en darles esquinazo. Contaba con dos minutos, tres en el mejor de los casos. No podía esperar que la mancha de aceite hiciera su cometido, y, si lo hacía, mejor.
– ¡Prepárate! –
– ¡Estoy listo! –
– ¡Ahora! ¡Zuerte! –
La puerta lateral se abrió, deslizándose con suavidad, antes de que se parara la furgoneta. Cuando se detuvo, el viajero saltó al campo y empezó a correr, agradeciendo que el aire le fuera favorable y le permitiera respirar a la vez que el humo, extendiéndose como un manto espeso sobre la carretera, le ocultaba.
Enseguida llegó a lo que parecía una acequia. De un salto se introdujo en el cauce seco y siguió corriendo sobre el cemento cuarteado como si la mochila fuera parte de su cuerpo. Apenas sobresalían los hombros y la cabeza del conducto, el humo formaba una barrera protectora pero, aún así, su velocidad aumento, ayudado por la precaria regularidad de suelo. Debía quedar poco tiempo. La acequia atravesaba la carretera que se desviaba, empinada, hacia el pueblo formando el ojo de un pequeño puente. Tuvo que agacharse cuando entró. Avanzó con lentitud hasta el centro, tanteando la pared derecha hasta dar con una pequeña brecha que continuaba el recorrido de la carretera. El viajero se quitó la mochila; comprobó con alivio que entraba por la estrecha abertura.
– Y ahora a hacer el egipcio. – Pensó.
Sin dudarlo, introdujo primero el hombro y luego el resto del cuerpo. Mientras avanzaba por la angostura, con la cabeza de lado, una mano delante con un bolígrafo parkermadeuk iluminando la oscuridad y la otra detrás sujetando la mochila, escuchó el sonido de una moto tronando sobre él. Algo más tranquilo, siguió caminando rompiendo telarañas oscuras que poco a poco iban engrosando la punta del bolígrafo dándole el aspecto de algodón de azúcar negro y requemado. Súbitamente, notó algo deslizarse rápidamente entre sus tobillos. Al alumbrarlos, vio una culebra que se esforzaba por hacer desaparecer rápidamente su metro y medio en un agujero.
– ¡ Vaya! Una coronela. –
A medida que avanzaba la anchura empezaba a ser mayor y pronto el viajero se vio en un pasillo, todavía estrecho, que le permitía caminar normalmente. Al cabo de un rato, tras un recodo, pudo ver la claridad que indicaba el final del recorrido. Apagó el bolígrafo y lo limpió con la hoja ancha de una planta que crecía enraizada en una grieta de la pared, antes de guardarlo en el bolsillo. Siguió caminando hacia la luz para llegar a una especie de sala abovedada, en cuya parte más oscura descansaba una familia de murciélagos aferrada al techo y envueltos en sus alas. Se acercó a la claridad, un rectángulo estrecho, cruzado por multitud de tallos y hojas que no impedían una visión panorámica de la carretera donde los gitanos se afanaban en reparar la furgoneta humeante. Un grupo de avispas, que habían decidido hacer su panal entre los tallos y la esquina superior del rectángulo, zumbaron amenazadoras aunque el viajero no les prestó atención.
Estaba en el interior de lo que parecía un nido de ametralladoras olvidado incluso por la guerra, que, afortunadamente, pasó de largo, haciéndolo inservible. El tiempo le había confeccionado un camuflaje indetectable; la vegetación cubría el hueco permitiendo la entrada de luz y ocultándolo a las miradas de los viandantes que sólo veían la continuación de la pendiente.
Lo descubrió siendo un chaval, de casualidad, cuando perseguía un gazapo despistado. Era la época en que se pasaba el día cogiendo lagartijas mientras se calentaban al sol con un lazo corredizo, cuando sacaba a los lagartos de sus cuevas con un palo que mordían sin soltar, a los grillos metiendo una pajita en su agujero o inundándoselo, cuando perseguía a la perdiz con sus perdigones maravillado por su capacidad para desaparecer delante de sus narices, enmascarados con el entorno, mientras la madre se esforzaba por llamar su atención. Era un crío y esa fue su primera cueva del tesoro, su gran secreto. Nunca se lo había contando a nadie. En ella pasaba horas y horas jugando él solo. No se aburría, tal vez la ausencia de sus hermanos le había obligado a buscar entretenimientos individuales. Todavía recuerda cuando espantó a los murciélagos con una pelota descontrolada y salieron en grupo, con pequeños grititos por la rendija; aún no habían regresado la última vez que visitó el lugar y ahora estaban de nuevo allí.
– Hace ya tanto que ellos también lo habrán olvidado. –
Sin embargo, lo mejor era la trinchera, totalmente cubierta, que ascendía a un pequeño observatorio desde el que se dominaba toda la carretera y sus alrededores y se continuaba hasta una salida escarpada, no muy alejada del pueblo, absolutamente imperceptible sino se estaba sobre aviso de su existencia y aún así se tenía que prestar mucha atención para no pasarla por alto.
Las obras de reforma de la carretera del pueblo para adaptarla a la ampliación de la autovía habían destruido, sin que nadie reparara en ello, la rama de la trinchera ahora transformada en acequia. La fortuna, ayudada por los materiales de construcción y las vibraciones habían formado la grieta por la que se había introducido y que descubrió en su último viaje cuando, movido por la curiosidad y la añoranza, volvió a visitar su particular cueva de Alí-Babá.
Una escalera clavada a la pared, con cardenillo en vez de peldaños, desaparecía en el techo, próxima a los murciélagos.
El viajero se acercó, cogió un palo del suelo que aferró a la mochila y comprobó la solidez de los pasamanos antes de empezar a trepar por ella a pulso, apenas ayudado por los píes que también se apoyaban en las barras evitando los peldaños. Algunos murciélagos removieron sus alas disconformes cuando alcanzó el nivel superior pero no levantaron el vuelo. Continuó por el pasillo la ascensión hacia el observatorio provocando la huida de varios ratones. El corredor estaba tenuemente iluminado por pequeños orificios estratégicamente dispuestos que hacían innecesario el uso de la linterna. No había cambiado mucho de cómo lo recordaba; las telarañas, el polvo, el olor...
Después de un rato, que se le antojó largo, llegó al observatorio. Una estructura circular, apenas más ancha que el pasillo, quebrada a la altura de los ojos por una franja estrecha de pedruscos entre los que se colaban raíces de plantas y rayos de sol. Cuando lo abandonaron habían tenido la precaución de tapiarlo para hacerlo completamente invisible desde el exterior y él lo dejó así. El primer día ya descubrió que retirando unas piedras podía contemplar todo lo que le rodeaba perfectamente. Estaba situado en un altozano desde el que dominaba todos los alrededores; no sólo la carretera y sus inmediaciones que se veían allá abajo, también las estribaciones de los montes y, quizás lo más importante, la salida de la construcción y sus proximidades.
Con precaución extrajo un pedrusco rectangular de la base de una de las pilas de piedras sin que ésta pareciera alterarse. Un amplio ventanal de luz se reflejó en el suelo y una escolopendra, sorprendida por el repentino cambio, desapareció rápidamente.
El viajero observó a los gitanos afanándose con el motor. Uno de ellos había sacado una caja de herramientas y estaba debajo de la furgoneta mientras otros dos permanecían agachados mirando el motor ya parado. El humo era menos denso y se había alejado; el aíre lo desgarraba en jirones que poco a poco iban desapareciendo en la lontananza.
Un poco más allá del puente, tras unos matorrales, casi encima del nido, estaban los motoristas. El trajeado se había quitado el casco y lo había dejado en el asiento de la moto. Su pelo rubio destacaba frente a la negrura del traje de su compañero que permanecía con la cabeza cubierta. Miraba a través de unos prismáticos la caravana de gitanos, dispuesta en el arcén. Casi todos permanecían en el interior de los vehículos, unos cuantos fumaban y un chaval aprovechaba para orinar presumiendo de chorrillo.
El mecánico salió de debajo del coche para perderse un rato en la parte trasera de una furgoneta; finalmente apareció con un lata de aceite en la mano y un embudo en la otra. Rellenó el depósito, comprobó la varilla un par de veces limpiándola en un trapo, enroscó el tapón y, tras hablar con sus compañeros, uno devolvió la lata y el embudo a su sitio y el otro se metió en la furgoneta, arrancándola después de varios intentos. Al principio, el motor petardeaba y tosía, el humo negro volvió a esparcirse, sobre todo cuando el mecánico aceleraba el motor. Poco a poco, el ruido del motor empezó a suavizarse y la humareda negra se transformó en el resultado de una combustión casi normal. El mecánico se limpió las manos en el trapo y echó otro vistazo en los bajos del vehículo antes de cerrar el capó; le hizo un gesto con la mano al conductor y se dirigió a su furgoneta mientras la caravana empezaba a circular.
Los motoristas parecían no tener prisa en abandonar su mirador. Ambos seguían mirando detenidamente las cercanías de la carretera con sus prismáticos, luego ampliaron la zona de búsqueda y comenzaron un reconocimiento en 360º. El viajero no pudo evitar un estremecimiento cuando el piloto le dijo algo al rubio y señaló en su dirección. El rubio ojeó hacia el lugar pero negó con la cabeza y señaló un punto más alejado. Aunque era imposible que repararan en el pequeño orificio desde el que les observaba, el viajero sintió alivio cuando continuaron su parsimoniosa vigilancia.
– Todo limpio, Harvey. –
– Sí. Parece que lo único sucio es el aceite de la carretera. Echemos otro vistazo y me dejas en la central. –
– Margen de veinte minutos. –
– ¿Recepción? –
– Excelente. –
– Cinco minutos y nos vamos. –
– ¿No teníamos una antena allí, Harvey? – Dijo el piloto mientras señalaba un altozano. Harvey se volvió en dirección del brazo. –
– No. Estaba en aquel cerro pero la retiramos. El cuartelillo está demasiado cerca y empezó a ser sospechosa. Nada. Ni una liebre. ¿Ves algo? –
– Negativo. –
– Pues vámonos. –
La moto arrancó con suavidad y aceleró con alegre musicalidad cuando alcanzó el asfalto que encaminaba hasta el pueblo.
El viajero se volvió y retiró un pedrusco similar al anterior de la pared opuesta. Al poco, pudo ver que la moto abandonaba la carretera y se perdía por un camino de grava y arena delimitado inicialmente por sauces y eucaliptos. Avanzó unos pasos y repitió la operación en la pared que tenía enfrente. Una extensión agraz de campo aparecía ante sus ojos. Una urraca cazaba una lagartija ignorante de que la estaban contemplando. Contempló las rocas y el soto alto y, más allá, el tejado de la primera casa del pueblo.
Esperó. Los tres rectángulos de luz se cruzaban en el suelo recordándole la teoría de los conjuntos y las intersecciones que estudió en el colegio. Enfrascado en el pensamiento, tardó en oír el ruido de la moto que salía del camino para volver a la carretera. No iba el rubio trajeado, sólo el piloto, una pieza más de la máquina. En seguida alcanzó el carril de incorporación a la autovía y se perdió a toda velocidad tras la estela zíngara.
Esperó otro rato. Nada interrumpía la tranquilidad del lugar. La circulación por la autovía era escasa, en la carretera inexistente y en el campo la vida continuaba sin señal humana. Tras una última mirada, repuso las piedras en su lugar. Avanzó por el corredor hasta llegar a una escalinata labrada en la piedra. Cogió el palo que llevaba en la mochila y subió un par de escalones. Con el bolígrafo alumbró un pequeño alféizar que se abría a su izquierda. Horadados en la piedra se disponían cinco cilindros horizontales. Si no hubiera sido por su afición a cazar lagartos, nunca habría sospechado su función. Introdujo el palo en el tercer orificio, presionando cuando tocó el fondo. Repitió la operación en el quinto, en el cuarto y en el primer agujero, tras lo cual se oyó un pequeño crujido sobre su cabeza y una pequeña línea luminosa asomó en el último escalón. Revivió la emoción del primer día, cómo le sorprendió que cediera el fondo de los cilindros, el desesperante tiempo que tardó en dar con la combinación correcta para abrir lo que resultó ser una trampilla y la emoción al salir. Tiró el palo hacia el corredor y terminó de subir las escaleras. No tuvo que hacer fuerza para desplazar el techo hacia un lateral y desde el último escalón alcanzó el exterior sin dificultades. La salida estaba perfectamente camuflada entre los matorrales como uno de tantos salientes rocosos. La piedra resbalaba sobre otra mediante un mecanismo que nunca había comprendido. Con un pequeño empujón, recuperaba la posición original sin que se pudiera notar nada que indicara que allí había un agujero. Además, el soto, especialmente cerrado en esa zona, protegía su utilización. El viajero estaba seguro que únicamente los constructores y él conocían la manera de entrar por allí y de los primeros nunca había tenido evidencia de su existencia.
Echó un vistazo a su alrededor y, satisfecho, emprendió el camino, tantas veces andado, hacia el pueblo.
El camino polvoriento empezaba a cubrir sus zapatos con una capa fina de color blancuzco. Los guijarros saltaban impelidos por los neumáticos de una moto diseñada para grandes pistas asfaltadas. Siempre ascendiendo, habían dejado atrás el puente sobre el río y el pequeño pinar, la alberca y el pozo, el melonar y los melocotoneros. Pronto terminarían los almendros y comenzaría el mar verdeazulado de olivos que se pierden en el horizonte con infinita regularidad. Más allá, divisarían los cipreses que, como una barrera, protegen la hacienda y le dan, junto a dos pequeñas torrecillas de tejados empinados y a las pitas que estiran sus flores al cielo, un aire tétrico. Quizás de ahí le venga el apelativo con el que es conocida en la zona. Los viejos todavía recuerdan la historia. Una historia clásica de herencias y peleas familiares. Todas las tierras de la zona pertenecían a un duque que, al morir, legó los cortijos con los terrenos correspondientes a sus hijos, en un reparto que no les pareció justo a ninguno y les llevó a litigar hasta llevarles a la ruina mutua. Mientras el dueño llamaba a la heredad de la hermana “el cortijo de la vieja bruja”, ésta le correspondía refiriéndose al suyo como “la mansión del conde Drácula”. Los motes sobrevivieron a sus autores y persistieron con los diversos propietarios que han tenido las fincas.
Superada la última curva, dejaron atrás los cipreses y se detuvieron en la entrada principal que estaba franqueada por unas piedras de molino y un estanque con forma de barco y peces de colores.
El cortijo inicialmente era una construcción rectangular de dos alturas, con torreones en cada esquina y un gran patio central. Posteriormente, se añadió en un lateral las viviendas destinadas a la servidumbre que, por si solas, constituían otra hacienda más grande que la anterior ya que incorporaban las cuadras, los graneros, una pequeña capilla cuya campana informaba a los trabajadores cuando estaban en el campo de horas y sucesos, el patio donde los hombres pasaban los ratos de esparcimiento jugando a las cartas y las mujeres haciendo punto, otro patio aún mayor de acceso a las cocheras donde se guardaban tractores y remolques, motos, coches y bicicletas, comunicado con una nave que hacía las veces de taller mecánico, donde no faltaba un gran yunque, un macho y el resto de herramientas del herrero, y un palomar en su parte superior lleno de palomas que entraban y salían por un ventanuco en el tejado. Más allá se disponían en paralelo una serie de naves: el almacén de piensos, de abono, las zahúrdas, el gallinero. Acá, en el suelo cementado, se disponían bocoyes llenos de aceitunas en salmuera, y el salero cercano, lleno de sal gorda endurecida como piedra en bloques blancos. Dominándolo todo una torre rectangular de cinco pisos, rematada con un pararrayos, que albergaba los restos de un antiguo molino de aceite y el depósito de agua a los que se accedía por una escalera fragmentada con un pasamano de metal desmoronado en casi todo su recorrido.
Las cámaras de seguridad se movieron para mejorar el enfoque de los visitantes. Sólo uno se apeó de la moto y, tras afianzar el casco en el asiento, se dirigió a la puerta mientras el motorista desaparecía por donde había venido.
– Señor. Ya está aquí Harvey.–
– Háganle pasar. –
El rubio trajeado se acercó a la mirilla del portón. Un haz de luz barrió su pupila y la puerta se abrió automáticamente. Harvey pasó al patio emparrado y se dirigió con seguridad hacia el hombre casi calvo de barba oscura que le esperaba, mientras el portón se cerraba como movido por una mano fantasma.
– ¿Qué tal Harvey?¿Has tenido un buen viaje? –
– Sí, señor. Gracias. –
– Me alegro. Ven. Pasa. –
Entraron en la casa, cruzaron una sala, elegantemente austera, dominada por el cuadro de un caballero medieval cuyo rostro le pareció a Harvey que guardaba un sorprendente parecido con su anfitrión. Quizás fuera la barba o, tal vez, el juego de luces del cuadro y la penumbra de la habitación; sin embargo, no tuvo tiempo de pensar en ello, atravesaban el comedor cuando el calvo se paró.
– ¿Has comido? –
– Sí. Aprovechamos una parada en el camino. –
– Bien, bien, entonces podemos hablar enseguida. ¿Te apetece un refresco o una copa? ¿Tankeray?–
– Aguardiente, gracias. –
– Pero ponte cómodo, hombre. – Mientras el rubio se quitaba la chaqueta y la ponía con cuidado en el respaldo de una silla junto con un bulto oscuro, se aflojaba la corbata y se remangaba, el calvo preparaba dos generosas copas de licor.
– Empieza a hacer calor. Este verano va a ser duro. –
– Esas son las previsiones. Afortunadamente aquí no hay problemas con el agua. –
– Es verdad. Poca o mucha, pero nunca falta. –
– Vamos al jardín que te quiero enseñar los nuevos plantones mientras me das las novedades. –
El calvo abrió un ventanal y, con la copa en la mano, se perdieron dentro de un pequeño universo verde de flores y plantas.
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