24 febrero 2006

La cofradía (continuación)

La caída
El sueño; los párpados pesados como plomos en caída libre; la fuerza de grúas necesaria para levantarlos. Embotamiento, sopor.
-Veo las cosas como en una nube. Parece que floto. No; la vista me engaña, ahora veo doble. ¿O serán dos coches iguales aparcados en paralelo? ¡Qué divertido! Ni con las peores cogorzas había visto doble nunca. -
Se frota los ojos y se produce el milagro. Los dos vehículos se funden en uno muy, muy despacito.
-Hace calor, sigo sudando como una fuente. De nada ha servido el rato en el bar. Ya no es sudar la gota gorda, esto parece el chorro del elefante; ¡ja, ja, ja! Y sin embargo, tengo escalofríos. Realmente estoy temblando. ¿Tendré fiebre? ¿Y este tic tan tonto que me ha dado? Estoy hecho mierda. Sólo falta que tenga que volver al dispensario. ¡Ah! ¡Joder que calambre! ¡Lo que me faltaba! Algo me ha tenido que sentar mal. O se me ha cortado la digestión porque cada vez tengo el estómago más revuelto. Debo apresurarme en llegar a casa, me fallan las fuerzas. El viajero va a tener razón, mi aspecto debe ser deplorable. ¡Para llorar! ¡Estoy llorando! ¿Qué coño me pasa? Lo mejor será acostarme hasta mañana y descansar. Mañana estaré como nuevo.-
Apoyado, en una señal de tráfico herrumbrosa y torcida, sujetándose la frente con la mano, el gordo intentaba reponerse antes de proseguir su camino. Al cabo de un rato, ligeramente recuperado, continuó cojeando ostensiblemente, al tiempo que las manos le temblaban rápidas e imparables. No parecía darse cuenta.
Ya estaba cerca de casa. Los de la fontanería habían terminado el trajín de tubos pero el camión seguía allí, aparcado en la entrada con la radio encendida a más volumen del necesario para escucharla, y de dentro salía un martilleo con un ritmo constante, casi musical. Los golpes metálicos retumbaban en su cabeza como campanadas llamando a misa, haciéndosela sentir como un globo apunto de estallar.
Era insoportable; cada vez le costaba más todo, hasta respirar le resultaba un suplicio escasamente productivo. Sentía que se ahogaba. De repente, una arcada lanzó a propulsión los restos sin digerir de las consumiciones efectuadas en el bar contra uno de los faros del camión. Aún pudo dar un par de pasos antes de caer redondo delante del vehículo, mientras en sus perniles se formaban dos surcos húmedos que avanzaron rápidamente hasta los zapatos. Algún espasmo sacudía su cuerpo inerte al tiempo que sus manos continuaban su movimiento autónomo, parecieran las manos de un director de orquesta que quisiesen seguir, con poca fortuna, el ritmo constante del martilleo.

Conversaciones
Casi había terminado el chato cuando entró la cerillera. Dejó el tenderete en su rincón, tras la puerta cerrada, y se acercó a la barra, sentándose a su lado.
¿Qué tal el reuma, abuela? – Le preguntó el gordo con amabilidad.
Bien hijo, bien. Gracias. Parece que "la reuma asiática" se ha ido de vacaciones gracias a los "nolocatiles" que me diste. Lo que me molesta a veces es la "biflitis", que parece que me estuvieran matando, y todo por la picadura de un "rábano" volador. A ver si me consigues una caja de "espirinas cerdecentes".
Pero abuela, ya sabe usted que ahora los laboratorios no nos dan medicamentos como antes y que no llevo las aspirinas. Si se pasa por el ambulatorio, el doctor le hará una receta y por muy poco dinero en la farmacia se las darán.
Ya; como la última vez, que me dice el "dotor" que cree que soy "derbética". Y yo digo que por supuesto soy "der Bética de to la vía; manque pierda" y el "malange" por poco se mea de la risa que le dio. Muy mala tengo que estar para volver. – En ese momento se acerca el camarero.
¡Niño! Ponme un "pistilito" de "moño" de ángel y un café con leche.
Temprano merienda usted, abuela;
Mejor ahora porque luego habrá "sobrebuquin" y no me gustan las apreturas.
¿Y el pastel le vendrá bien con la diabetes? ¿Qué le dijo el médico?
¡Qué sabrá ése! Ya sabes que los viejos nos volvemos golosos. ¡Niño! Dame otro cuchillo que éste está "desafinado" y no corta "na". –El camarero con presteza le cambia el cuchillo por uno de sierra, mas propio para un chuletón que para un dulce.
Gracias hermoso, que Dios te lo pague con una buena novia. – Le dice con una sonrisa al tiempo que corta en trocitos pequeños el pastel, que se deshace en migas y relleno. Cuando termina ya tiene el café delante. La leche caliente. Tan caliente que a cualquier otro le abrasaría la boca. Deshace el terroncillo doble de azúcar con la cucharilla, que previamente ha restregado con una servilleta, y lo prueba para comprobar que está como le gusta. Luego, con parsimonia, va recogiendo los trocitos de pastel y relleno ayudándose con el cuchillo de vez en cuando; los introduce un rato en el café para después llevárselos a la boca y saborearlos con auténtico placer.
Mientras la contempla, el gordo termina el vino y el aperitivo sorprendido de la vitalidad de la vieja y de un temblor involuntario en su mano que por poco hace que se le caiga el vaso. Termina con un calambre en el dedo anular doloroso pero breve que, cosas de la mente, le recuerda a su "ex".
Anda hijo, échale un vistazo al puesto que voy al servicio.
Descuide, abuela. Yo se lo vigilo.
En tanto que desaparece por las escaleras, el camarero se acerca con una botella y dos catavinos que pone al lado del gordo, los llena con generosidad y la deja en la barra para servirse cuando les plazca. Coge un cazo con agujeros y de una fuente aparta una ración generosa de aceitunas machás que coloca entrambos.
Con un gesto brinda y da un largo trago a la copa imitado por el gordo.
Como si alguien se atreviera a tocarlo. ¿Te acuerdas del "raspapolvo" que le echó a uno por descolocarle los caramelos? – El gordo y el camarero sonríen evocando la situación el lapso que tarda la vieja en aparecer de nuevo; se acerca a la barra para terminar el último sorbo de café como en un rito, como si fuera a leer el futuro en los posos, pero no, al terminar saca un monedero tan viejo como ella y abona la consumición en monedas pequeñas que cuenta y recuenta antes de dárselas al camarero.
Hasta luego, que trabajemos mucho – Luego coge el tenderete y sale para sentarse en su rincón de la escalera.
El camarero coloca ordenadamente las monedas en la caja antes de regresar con el gordo.
¿Recuerdas cuando no pudo venir porque se levantó con un "clítoris" en la cabeza que no se podía mover? –
¡Claro! ¡Es que hacía mucho que "carecía" de la cabeza! –
¡Y todo por una hernia "fiscal"! –
Las risas de ambos se dejaron oír en el bar. Mientras el gordo se desternilla y se limpia con un pañuelo las lágrimas que se insinuaban en sus ojos, entra una chica rubia, muy pintada, con dos maletas; se queda en el centro de la barra y le hace un gesto al camarero que acude solícito. Le prepara un té y se lo sirve con unas pastas y un "after eight". Cuando vuelve, el gordo continúa la conversación.
Una hernia que le diagnosticaron después de hacerle una "foto" en "decúbito pito". Ya verás la cara del médico cuando descubra que no es "derbética", que sus problemas de "hermanas" no son debidos a la "ursulina" y que se corrigen con ayuno antes del análisis.
Desde que le pusieron la "próstata dental" está recuperando el tiempo perdido.
¿Dónde echará los que come? ¡Envidia me da! Pero te digo una cosa: Ésta nos entierra a todos. – Entre risas se come una aceituna, echa el hueso en la papelera y da un trago al vino.
El camarero está rellenando las copas en el momento que se abre la puerta con violencia y deja paso a un borracho que no se cae porque le sujeta el picaporte; rápidamente se endereza y se dirige al lado de la rubia que no puede disimular un mohín.
¿Lo de siempre? – Ante el gesto afirmativo, el camarero saca de la cámara una cerveza y se la pone delante sin vaso.
Un día te vas a matar con los escalones, ten más cuidado. ¿Quieres algo de comer? – Le dice mientras abre la botella.
No, gracias. Vengo seco y tengo que refrescar el tragadero.
Como quieras. – El camarero vuelve con el gordo tras poner en funcionamiento el lavavasos.
El borracho se ha sentado en una silla coja. Tiene un mirar profundo, destelleante, que nubla su aspecto desaliñado. Sin ningún pudor mira a la rubia y sus maletas. Echa mano al bolsillo de su camisa y saca una cajetilla de rubio, le da un par de golpecitos con el dedo hasta que asoman un par de pitillos.
¿Quieres? – Le ofrece.
No. – Responde la rubia casi con asco.
El borracho se encoge de hombros y saca un "zipo" del bolsillo trasero del pantalón. Con chulería golpea la tapa y frota el chisquero contra el vaquero. Como un acto mecánico repetido cientos de veces, enciende el cigarrillo ladeando un poco el mechero y lo apaga con un sonoro movimiento. Da una calada profunda y mantiene el humo en los pulmones un rato, luego lo exhala y contempla como la nube formada se va diluyendo poco a poco. Coge la botella por el cuello con los dedos índice y corazón y da unos tragos que interrumpe para ver quien entra.
Son dos parejas endomingadas que se sientan en la mesa libre. Un olor a perfume caro invade todo el local haciendo la atmósfera irrespirable por momentos. No disimulan el desprecio que sienten por el borracho y el fastidio que les produce su presencia.
El borracho se gira, quizás para mirar por el ventanal, quizás encarando a los recién llegados que se sienten incómodos ante la situación. Parece que se relajan cuando el camarero se interpone para tomar nota de la comanda. El borracho da otro trago antes de volverse a girar para dejar la botella en la barra. Da una calada y comienza a hablar con la rubia, aunque esta no parece prestarle atención.
Las parejas todavía hacen algún comentario desagradable hasta que el camarero, bandeja en mano, les sirve la merienda. En ese momento, parecen olvidarse de todo salvo de mover los carrillos y criticar a los organizadores del evento que les ha reunido. Una de las mujeres come pastas a dos manos; si la derecha está camino de la boca, la izquierda se dirige al plato para inmediatamente ascender a la boca mientras la derecha regresa al plato. Parece un autómata. ¿Cómo puede hablar al mismo tiempo? De repente, vacila y se detiene. Se apretuja contra su compañero para evitar que la rocen; como si el contacto con el desconocido fuera a ser el de un virus letal.
Ha entrado el viajero.

Historias de borracho
Así debe ser... y es. En la vida todo va al revés. – Dice el borracho mientras se le escapa el humo por la boca. Parece que estuviera hablando con la rubia aunque ésta no se de por enterada y siga con su té como si tal cosa.
Ahora estoy como ves, pero no te engañes. Nací en una familia bien, acomodada y burguesa; tuve una infancia de recuerdo feliz. Mi madre: Gran cocinera. Mi padre: Hombre de negocios. Un buen día su negociado le llevó a fugarse con una bailarina y nunca más supimos de él. Mi madre, que no tiene un pelo de tonta, se quedó con su fortuna. Con gracia comentaba: "Yo hice a mi marido millonario" y si algún desprevenido le preguntaba "¿Cómo?" Ella respondía: "Antes era multimillonario". – Le dio un tiento a la cerveza y continuó su perorata.
Se esmeraron en mi educación, me llevaron al mejor colegio pero en la vida todo va al revés y de poco me sirvió. Empecé a estar más interesado en las clases de anatomía que me enseñaba la doncella de casa. ¡Qué ironía! ¡La "doncella"! – Un silencio evocador y nostálgico acompañó un par de caladas y una sonrisa amarga.
Pero un mal día nos sorprendieron en pleno lance amoroso y fue el nuevo escándalo familiar. Mi madre, estupefacta, despidió a la pobre doncella y a mí me obligó a alistarme.
Aficionado a la navegación me enrolé en la marina. Llegué a ocupar el cargo de cabo amarillo pero llegó un punto en el que la disciplina no la pude digerir y la jerarquía me expulsó. ¡Mierda de alférez! Aprovechando conocidos y convalidaciones, estuve un tiempo en la universidad pero tuve que dejarlo y me marché de casa. Y es que en la vida todo va al revés.
Empecé a probar de todos los oficios que uno pueda pensar pero en lo único que prosperé y llegué a sentar cátedra fue en el vicio. En un año me jugué y perdí mi fortuna. ¡Maldito trío de ases! – La rubia comía una pasta indiferente, como si estuviera en otro lugar a mucha distancia de allí, mientras el borracho bebía, fumaba, y continuaba su monserga.
Así que, para rehacerme, estuve viviendo durante un año con una. Pero se cansó de mi actitud, me llamó parásito y me echó. ¡La muy ingrata!
Después me enamoré de una rica heredera, que se casó con otro cuando la envidiosa le contó quién era. No le importó nada tratarme así. ¡Míralas tan amigas! No he tenido nunca suerte. Si es que en la vida todo va al revés.
Afortunadamente, mi amiga no falla – Dice acariciando la botella. – Me ayudó a olvidarla rápidamente. Y hasta hoy. Me caigo, me levanto... otros se suicidan. Yo sé seguir y esperar y si lo pienso tampoco me va tan mal. – Silencio. Parece que un pensamiento lejano se lo ha llevado consigo. Mira por la boca de la botella casi exhausta; el pitillo hace tiempo que lo aplastó en el cenicero. Se da la vuelta, tambaleante, en la silla coja. Apoyado en la barra nos contempla uno por uno durante un rato, luego termina la botella, saca unas monedas del bolsillo y las deja encima del mostrador. Hace ademán de irse pero el camarero le pone otra botella, esta vez con aperitivo. Se lo agradece con un gesto y de manera mecánica enciende otro cigarrillo rubio. La chica rubia ha terminado el "after eight" y mira el reloj.
En la vida todo va al revés: Cuando puedes no tienes y cuando tienes no puedes. Así debe ser. Perdona si te he molestado con mi rollo, es que tengo mucho morro. – Le dice el borracho a la rubia.
Ya se ve que te pareces a los pimientos. – Contesta ella.
¿A los pimientos?
A los pimientos, que son morrones y se repiten. ¡La cuenta, por favor! – La rubia paga la consumición sin dar opción a réplica. Coge sus dos maletas y abandona el local. Antes de desaparecer de nuestra vista, se detiene un rato con la cerillera, que parece indicarle una dirección con el brazo. El borracho suspira y echa otro trago hundiéndose en sus pensamientos de los que apenas emerge cuando el gordo, sin querer, le empuja al salir.
Este bebe más que yo. Pero yo soy siempre el chivo expiatorio y es que en la vida todo va al revés – Piensa.

Acampada

–...Se ven las caras, se ven las caras... pero nunca el corazón... –

El sueño se había apoderado de casi todos, tal vez producto de un día de trabajo físico, tal vez por el ambiente "relajado" y la música. Empezaba a refrescar y varias chicas dieron las buenas noches antes de encaminarse a sus tiendas situadas en la parte de atrás de la masía, cerca del huerto y de una letrina hecha con maderos para la ocasión aunque apenas utilizada. – El campo es muy grande. – Se excusaban.
¿Has traído tienda? – Preguntó el hombre de la linterna.
Sí – Respondió el viajero.
No tenemos cama para ofrecerte pero si quieres dormir dentro de la casa, sitio hay. –
Gracias, pero prefiero dormir al aire libre. Mañana partiré en cuanto amanezca. No quiero molestaros. –
Como quieras. Ven, te enseñaré donde puedes plantarla. – Los dos hombres se levantaron; el viajero cogió la mochila y se la colgó del hombro; mientras, el otro le daba la guitarra al de la voz fina. – ¿Qué tal Pedro Navaja? –
Se alejaron del grupo dando la vuelta a la ruina. Dejaron a un lado el huerto y las tiendas de los jovencitos. El hombre encendió la linterna para alumbrar un sendero de piedras que ascendía suavemente.
Aquí tendrás más intimidad. Los chavales se pasan media noche de juerga y la otra media cambiándose de tienda. –
Caras nuevas por estos pagos. – Susurró el viajero en un tono que lo mismo era una pregunta que una afirmación.
Se necesita juventud para repoblar esto. – Contestó el hombre de la linterna como el que cambia de conversación para evitar un tema delicado. El viajero no dijo nada y siguió detrás del de la linterna que se había desviado del sendero caminando a través del campo un trecho. Enseguida alcanzaron un promontorio desde el que se dominaba el campamento y las ruinas, lo suficientemente grande como para la tienda, lo suficientemente pequeño y aislado como para impedir que las visitas pudieran llegar sin ser notadas.
¡Magnífica vista! Me gusta mucho. Es un sitio fantástico. – El viajero perdió su vista en el firmamento estrellado siguiendo la estela de la vía láctea hasta un grupo compacto de nubes que la ocultaban en la distancia. La luna llena iluminaba con suavidad el lugar.
Te ayudo con la tienda. –
Gracias. –
El viajero sacó un pequeño bulto de la mochila, después de desabrochar, con cuidado para no extraviarlos, unos imperdibles.
– Percances del viaje. – Comentó.
Rápidamente una pequeña tienda tomó forma. Mientras aseguraban los vuelos aprovecharon para mantener una conversación rápida en voz tan baja que sólo ellos podían oír.
Supongo que tu visita es por un motivo grave. Ya te has dado cuenta de que han llegado hasta aquí pero están en una vía muerta y ahí deben seguir. –
No es por ellos. Debo ver al eremita. –
¿Tan grave es? –
Sí. –
Ya sabes como encontrarle. No te fíes de nadie. –
Descuida. –
Ella vendrá luego pero estate atento. Tu llegada les ha llamado la atención y debemos mantener las costumbres... –
¿El sorteo?
Ahora estarán en ello, pero no te preocupes ella siempre gana cuando le interesa y no va a dejar que ninguna de las dos le robe su triunfo. –
¿Las dos? –
Mal vas si no te has dado cuenta. –
Sí; él de la voz fina que se arrima tanto a la de mal carácter. ¿Y el resto de nuestra gente? –
Parte donde siempre, parte distribuidos estratégicamente. –
¿Qué saben éstos del eremita? –
Lo que todo el mundo por aquí: Un loco solitario que vive aislado en el monte buscando la santidad. Un reclamo publicitario más, como la frase de todos los folletos turísticos: "La vida es cambio, aventura. La rutina es lo más cercano a la muerte. ¡Ven a conocernos! " –
Bien. Tened cuidado. Hasta ahora he conseguido despistarles pero soy lo único tangible que tienen. No abandonarán. –
Estamos preparados. –
La tienda estaba lista. El viajero dejó la mochila dentro tras dedicar un instante a cerrarla con los imperdibles, aunque finalmente le sobraban dos. Uno lo clavó abierto asomando la punta, casi imperceptible, en el hueco más grande que quedaba por la cremallera rota. El otro lo puso encima de la mochila sin ninguna sujeción.
Emprendieron el camino de vuelta en silencio, iluminados por la luna y acariciados por una brisa fresca que se estaba levantando. Al pasar por las tiendas escucharon las risas y comentarios de las chicas en el interior de la más grande; uno de los chicos les daba las buenas noches al tiempo que se subía la cremallera del pantalón y se metía en otra tienda; no pareció verles.

...Al que nació para martillo, del cielo le caen los clavos...

– Terminaban la canción en ese momento. El grupo se había reducido significativamente, sólo quedaban dos de los chicos terminando cada uno un cigarrillo y las dos mujeres dando palmas mientras los hombres tocaban las guitarras.
¡Ya estáis aquí! – Dijo la mujer de pelo claro. – En correspondencia a la hospitalidad recibida, nuestro huésped nos va a deleitar con una canción. – Y se puso a aplaudir mientras el resto la imitaba y emitían silbidos de aprobación. El viajero se quedó atónito por un momento pero enseguida recuperó la compostura y le pidió la guitarra al hombre de la voz fina.
Os advierto que canto muy mal y que hace años que no cojo una guitarra. Si me permitís que ensaye un poco... – Según hablaba empezó a rasgar unos acordes con dificultad, poco a poco fueron sonando nítidos y, ante la sorpresa de todos, empezó a puntear notas como si de una vieja canción country se tratara.
¡Esa la conozco! – El de las gafas, sonriendo, empezó a tocar la suya y en un instante tuvo lugar un fabuloso duelo de guitarras al más puro estilo blue grass que poco a poco fue derivando hacia una melodía, también rápida pero más cercana, seguida por la potente voz del remedo de Lennon.

– "La gallineta ha dit que prou
ja no vull pondre cap més ou,
a fer punyetes aquest sou
que fa tantas anys m’esclavitza..."

Cuando terminaron hubo un momento de silencio, como si los presentes todavía estuvieran asimilando lo que acababan de presenciar, antes de que empezaran a aplaudir y vitorear.
¡Menos mal que hace tiempo que no tocas! – Decía, más parecido a Lennon que nunca, mientras se acercaba al viajero para estrecharle la mano. - ¡Enhorabuena!
Gracias, eres muy amable, pero el mérito es tuyo, mi parte era la más sencilla.
No seas modesto.
¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! – Gritaban los chicos.
Es tarde y estoy cansado así que después de esta me voy a dormir. –Comprobó la afinación de la guitarra y empezó unos acordes que motivaron un gesto afirmativo con la cabeza del otro guitarrista que empezó a acompañarle.
Un clásico... os he dicho que canto mal... pero vosotros lo habéis querido. – Y se puso a cantar:

"Me pongo a pintarte y no lo consigo
Después de estudiarte lentamente termino pensando
Que faltan sobre mi paleta colores intensos
Que reflejen tu rara belleza.
No puedo captar tu sonrisa, plasmar tu mirada
Pero poco a poco
Sólo pienso en ti..."

"Sólo pienso en ti". – Terminaron todos a la vez y aplaudieron. – Lo dicho, que pasen ustedes buenas noches y gracias por su acogida. – Mientras se levantaba el viajero le entregó la guitarra al hombre de la linterna.
Ha sido un placer. – Contestó –¡Chicos, apagad bien los cigarros! ¡Hasta mañana! –Todos se levantaron. Los aludidos escupieron en una piedra y apagaron la colilla en la saliva, con mucho cuidado de no dejar ninguna chispa encendida. Luego le dieron la vuelta a la piedra aplastando los restos. El hombre de la linterna y su pareja se encaminaron hacia la ruina que compartían, el calvo y el guitarrista hacia la otra. El viajero se unió a los chicos camino de su tienda.
La suerte que tenéis de estar tan bien acompañados. ¿A cuántas chicas tocáis? ¿Dos o tres por cabeza?
Tocar, tocar a ninguna. No veas como se protegen.
Además son tantas que es muy difícil estar un rato a solas con alguna. – Se rieron.
Pero estas oportunidades no se pueden dejar escapar. Es muy difícil que tengáis otra.
¿Ya se ha levantado el campamento? – La mujer de pelo claro surgió de repente; parecía venir de la letrina; calzaba unas sandalias de suela fina con un par de tiras delgadas que se perdían entre los dedos y que debían ser muy inadecuadas para el terreno que pisaba. Con la mano izquierda sujetaba su mano derecha, tapándola.
Sí. Es hora de descansar, que mañana hay que trabajar. –Contestó uno de los chicos como si fuera una tonada televisiva.
Me lo decía mi abuelita, me lo decía mi mamá... – Continuó el otro.
¡Bueno, menos fiesta y procurad no hacer mucho ruido que hoy tenemos visita!
Seremos buenos chicos, ya que no nos dejan ser malos. – Rieron todos.
¡Hasta mañana y buen viaje!
Gracias por todo, buenas noches. – Respondió el viajero con cortesía. La mujer continuó su camino y los chicos se dirigieron a las tiendas.
A la luz de la luna el viajero siguió el sendero y encontró sin dificultad el camino hacia la tienda plantada en el promontorio. Volvió a admirar el paisaje, sorprendiéndose de la claridad con la que podía escuchar, pese a la distancia, la conversación de los chicos y algún que otro ronquido. Sin duda era el sitio perfecto para acampar sin sorpresas. Bostezó y se estiró cuan largo era mirando con cierta preocupación el avance de las nubes.
Cuando entró en la tienda una sonrisa amarga se dibujó en su cara. El imperdible suelto ya no estaba. Sacó de su bolsillo el bolígrafo parkermadeuk, giró el cabezal y una pequeña luz alumbró el interior. Nada parecía fuera de su sitio. Los imperdibles estaban cerrados en su posición correcta pero en el imperdible abierto observó una pequeña excrecencia rojiza. El otro imperdible estaba a un lado, en el suelo. Con cuidado quitó el imperdible abierto y lo cerró, dejándolo apartado. Desabrochó el resto y los colocó junto al caído. Abrió la mochila y miró el interior alumbrándose con la linterna. Extrajo un saco de dormir finamente plegado y comprobó que la muda y la ropa seguían en su sitio. Después comprobó los departamentos de la mochila. Todo estaba en orden; en realidad no había nada que pudiera llamar la atención, era el equipamiento de cualquier senderista, si bien incorporaba un pequeño botiquín, una cuerda y unos resortes sueltos para facilitar la sujeción de la cuerda sin necesidad de nudos. Un senderista avezado, pensarían. Abrió el botiquín. No habían tocado nada. Cogió el esparadrapo y retiró una especie de tapa que ocultaba el hueco del cilindro. En su interior había una docena de imperdibles perfectamente alineados. Cogió uno y lo sustituyó por el que tenía apartado. Lo introdujo en el hueco, al revés que los demás e hizo un poco de fuerza para embutirlo en la sustancia que los mantenía en su posición. Después cerró la tapa y volvió a colocar el esparadrapo en su sitio, guardándose el imperdible nuevo en el bolsillo del pantalón. Apagó el bolígrafo parkermadeuk y salió con el saco de dormir cerrando la tienda. No anduvo mucho, sólo unos metros, apostándose a un lado de la tienda, en una posición donde podía observar si alguien se acercaba pero que impediría al intruso descubrirle.
Puede ser una precaución excesiva, han perdido el rastro y difícilmente me descubrirían aquí. No obstante, a la suerte hay que ayudarla y ninguna precaución es poca. Tengo el sueño ligero y estoy acostumbrado a dormir al raso. – Con estos pensamientos, el viajero cerró los ojos aunque el resto de sus sentidos seguían despiertos.
Pasaba el tiempo y el viajero parecía dormir profundamente. Las nubes cubrieron el cielo y al poco empezó a llover, no en balde ésta es una de las zonas en las que más llueve de todo el país, pese a estar en el Sur. El viajero no se movió ni cuando la lluvia se transformó de chirimiri en aguacero. Cuando abrió los ojos bruscamente ya no llovía. Estaba cubierto por el saco empapado y el agua chorreaba por su cara y resbalaba hasta sus brazos. El cielo, lejos de despejarse había adquirido una tonalidad gris plomiza, pero una luminosidad concentrada mejoraba la visibilidad de unas horas atrás. No había ruido. ¿Eso le despertó? Con sigilo salió del saco y permaneció agazapado, esperando como un felino. Alguien se acercaba. Podía oír sus pasos suaves y firmes. Sonrió. Sin ruido dobló el saco, escurriendo como pudo el agua y se aproximó a la tienda, ocultándose entre los matojos. Al poco tiempo apareció la mujer morena con una manta en los brazos. Llegó hasta la tienda y se arrodilló delante de la puerta cerrada. Pareció dudar entre llamar o entrar.
Has tardado mucho. – Le susurró. La mujer dio un respingo.
¡Qué susto! ¡Casi me da algo! ¡Y yo que no te quería despertar! – Habló en voz baja, azogada por un segundo y abrazada a la manta. – Pensé que tendrías frío después de la lluvia.
Pensaste bien. Pasa, estaremos mejor dentro. – La mujer se volvió a agachar; mientras gateaba por la puerta, el viajero aprovechó para agarrarle la nalga.
¡Oye! – Exclamó, a la vez que le daba un manotazo; sin embargo no parecía enfadada. Estiró el saco que le pasó el viajero, todavía húmedo y lo abrió poniendo la manta dentro.
¡Estás tan buena como siempre! – Le dijo mientras asomaba la cabeza por la puerta. La respuesta fue un puñetazo sordo en la mandíbula.
¡Eso por irte sin despedir y esto por el halago! – Todavía estaba con la boca abierta por la sorpresa del golpe cuando la mujer sujetándole la cara con las manos hundía su lengua en la comisura, haciéndole cosquillas en el paladar. Como pudo, terminó de entrar en la tienda lo que implicó situarse encima de la mujer mientras se seguían comiendo a besos poseídos de cierto furor salvaje.

En próximos episodios...
Conoceremos al eremita, podemos tener historias de amor y sexo, paisajes
y travesías,
grutas,
tesoros perdidos,
fervor,
dolor
y fiesta

No hay comentarios: